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Mi DON ES TUYO (FanFic Mi Feliz Matrimonio) Capítulos 18~22 (Final) Epílogo.

  • Foto del escritor: Anita Pizarro
    Anita Pizarro
  • 1 sept 2025
  • 39 min de lectura

Capítulo 18: Estoy enamorada…


El amanecer no fue tibio. Fue gris. Silencioso. Y lleno de miradas que no sabían si aún eran cómplices… o solo contenidas por respeto.

Any despertó antes que Kiyoka. El calor de su cuerpo aún la rodeaba. Su respiración, tranquila. Su brazo, firme sobre su cintura. Y sin embargo… ella sentía un nudo en la garganta que no podía tragar. “No puedo estar sin él,” pensó, con una mezcla de dulzura y temor. “Y si alguien se da cuenta de eso… podrán usarlo contra mí.”

Deslizó sus dedos por su pecho desnudo, y cerró los ojos. Recordó sus labios en el agua. Sus manos en su piel. Su nombre dicho entre jadeos, y  algo dentro de ella se encogió. No por arrepentimiento. Sino por amor. Por tanto amor… que ya dolía.

El desayuno fue distinto esa mañana. Zuhaki hablaba poco. Corwin no estaba en la sala. Y los informes del día eran entregados por soldados que no solían estar en ese edificio.

Kiyoka leyó uno con el ceño fruncido.


—¿Quién firmó esto?

—Dice ser del Comando Norte —respondió Zuhaki—. Pero el sello está fuera de lugar. Es raro.

Any lo tomó. Pasó sus dedos por el papel. Una energía vieja, fría. Algo en ese documento no era verdadero. Y entonces, entró. Un hombre de cabello blanco, traje azul oscuro, insignias bordadas en hilo plateado. Llevaba un bastón ceremonial. Y una sonrisa educada… de esas que cortan como cuchillos.


—Teniente Comandante Kudou. Señorita Anastasia. Un gusto conocerlos formalmente. Mi nombre es Shojiro Kanzaki. Designado por el Ministerio Espiritual como observador externo del comportamiento interno del escuadrón.


Kiyoka se puso de pie. Any lo imitó, rígida.


—¿Observador? ¿Por qué?

—Oh, ya lo saben —dijo él, con calma casi teatral—. Hay preocupaciones crecientes sobre la integridad de sus operaciones… y sobre la influencia que ciertos elementos externos pueden tener en sus decisiones.


Sus ojos se clavaron en Any.


—Por eso, hasta que el informe se cierre, la señorita quedará suspendida de operaciones en campo. Temporalmente, por supuesto.


El silencio fue brutal. Zuhaki miró a Kiyoka. Kiyoka miró a Kanzaki. Any no parpadeó.


—Eso es injustificado —dijo Kiyoka, con frialdad.

—No es una acusación —respondió Kanzaki—. Es solo… precaución.


Any habló entonces. Baja. Lenta.


—¿Precaución de qué?


Kanzaki sonrió.


—De que alguien con tanto poder… y una historia tan ambigua… pueda estar siendo manipulada sin saberlo.


Any bajó la mirada. No por vergüenza. Sino para no mostrar la furia que la quemaba.

“Soy peligrosa,” pensó. “Pero no por lo que ellos creen… sino porque elijo a quién amo. Y eso… me hace insoportable para ellos.”


Esa tarde, hubo un brote espiritual en la aldea cercana. No grotescos. Esta vez… algo más viejo. Un espíritu atado. Un sello que alguien deliberadamente había roto. Una trampa. Kiyoka no quería dejarla sola. Pero no podía exponerla.


—Quédate —dijo, tomándola del brazo—. Por favor.


Ella solo asintió. Y cuando se quedó sola en el patio… lloró. No de miedo. No de ira. De impotencia. Porque por primera vez en mucho tiempo, sentía que todo lo que había construido, todo lo que había ganado… podía perderlo solo por amar. Y ella no estaba lista para ver a Kiyoka herido por su culpa. Ni para dejar de amarlo.


El clima había cambiado. No solo en el aire. Las miradas en el cuartel ya no eran neutrales. No eran hostiles. Pero tampoco amigas. Any lo notaba en los saludos secos, en las conversaciones que morían al entrar, en los rostros que no sabían cómo sostenerle la mirada. No se lo decía a Kiyoka. Porque ahora lo cuidaba también a él.

Pero esa noche, cuando todo estaba más quieto, Kiyoka había vuelto sano y salvo al Cuartel y había estado llenando informes en su oficina, Any ni siquiera pudo correr a abrazarlo cuando llegó y algo en ella la hacía dar sus pasos con cautela. Cuando ya no quedaban papeles en su mesa, él la miró con algo distinto en los ojos, estaba de pié en el umbral de su puerta.


—Any… He estado pensando en marcharme del cuartel.


Ella parpadeó.


—¿Qué…?

—No de inmediato —se corrigió con calma—. Pero hace meses adquirí una propiedad al sur del distrito imperial. Una mansión tradicional. Rodeada de jardines, muy alejada de las rutas oficiales. Silenciosa.


Ella lo miraba sin interrumpir. Sin parpadear.


—¿Y… por qué nunca me lo dijiste?


Kiyoka bajó un poco la voz.


—Porque no estaba lista. Porque yo… no estaba listo.


Se levantó del escritorio. Fue hacia la ventana, donde la noche se reflejaba como tinta.


—Yurie va a ir conmigo. Aceptó dejar la ciudad cuando la casa esté habitable. Va a ayudarme a organizarla.


Any sintió una punzada extraña. No de celos. De algo más profundo. De nostalgia. De anhelo.


—¿Yurie?

—Descuida, esa anciana es como una madre para mí, lo ha sido desde que nací.

—ya veo, ¿La casa es solo para ti? —preguntó, sin querer sonar vulnerable.


Él se volvió.


—La compré pensando en estar solo. Pero ahora…


Hizo una pausa.


—Ahora ya no puedo imaginar vivir lejos de ti.


Silencio puro, tenso y hermoso.

Any bajó la mirada. Jugó con la manga de su uniforme.


—No sé si estoy lista... En mis hombros hay un peso que debo cargar y…

—No te lo estoy pidiendo ahora. Solo quería que lo supieras. Que… si alguna vez te cansas de las murmuraciones, del frío, del deber constante…


Se acercó. La tocó en el mentón. Levantó su rostro.


—…yo ya estaré allí. Esperando.


Ella sintió un nudo en la garganta. Y, por primera vez, no supo si el temblor en su pecho era miedo… o esperanza.

Esa noche, durmieron abrazados. Pero el corazón de Any no descansó. Porque ahora, la pregunta era otra: “¿Puedo amar así… sin entregarme del todo a ese futuro?”


Y mientras dormían… en otra ala del cuartel, una carta se deslizaba bajo una puerta sellada.

“Ella ya duda. Será fácil quebrarla. Pero si él cae primero… la casa se derrumba sola.”


La mañana comenzó como una más. Café caliente, informes sobre la mesa, y esa calma que parecía descanso… pero siempre era la antesala de algo peor.

Any entró en la oficina de Kiyoka con pasos suaves. Llevaba el cabello suelto, una carpeta en las manos y la voz guardada para después. Él la miró desde su escritorio.Y le sonrió con los ojos, no con la boca.


—¿Puedo quedarme un rato?

—Siempre.


Ella dejó la carpeta a un lado. Se sentó frente a él. No dijo nada. Solo lo miró trabajar, como si ese silencio bastara para recordarle que, aunque el mundo fuera pesado, él no lo cargaba solo.


Más tarde, en la sala de reunión, un nuevo informe fue entregado.

“Actividad espiritual anómala en la zona este. Sellos antiguos violados. Presencia de manipulación interna sugerida. Solicitamos control de identidad a todos los miembros en activo.”


Kiyoka frunció el ceño. Zuhaki no disimuló la molestia.


—¿Otra inspección?

—No quieren controlar espíritus —murmuró Corwin, desde una esquina—. Quieren controlar corazones.


Any mantuvo la vista fija en el papel. Sabía que era por ella. Sabía que alguien, en algún lugar, quería quebrarla. Y por eso… no se quebraría.

Al mediodía, Kiyoka la alcanzó en el pasillo.


—¿Estás bien?

—Sí —respondió ella, bajito.


Él bajó la voz.


—Sé que no lo parece… pero todo esto pasará.

—¿De verdad lo crees?


Kiyoka dudó. Pero asintió.


—Tengo que creerlo. Porque si no lo hago… no sabría cómo proteger esto.


La palabra quedó suspendida entre ellos. Esto. Ellos. Nosotros.


Esa noche, tras el entrenamiento, Kiyoka la tomó de la mano. No hubo palabras. La llevó a uno de los patios traseros, oculto por glicinas y luces tenues.

Y allí, bajo un árbol viejo, le dijo:


—El lugar que compré… No es una huida. Es solo un pedazo de tierra donde poder amarte sin pedir permiso. Any lo miró, con los ojos muy abiertos.


—¿Crees que eso sea posible?

—No lo sé. Pero si tú alguna vez quisieras descansar… yo quiero que ese descanso tenga tu olor.


Ella tembló. No por frío. Sino por ese deseo suave, firme, tan poco habitual…de imaginarse en un lugar donde nadie tuviera que mirarlos con juicio. No respondió.Solo apoyó la frente en su pecho. Y en ese abrazo, sin palabras, empezó a soñar algo que no había soñado en años: un lugar donde pudiera ser feliz sin tener que luchar.


Pero mientras tanto… en los pasillos del ala norte, Shojiro Kanzaki deslizaba un nuevo informe sobre la mesa del Ministro Espiritual:

“Kudou es su punto débil. Separarlos no será con violencia… será con deber. Y lo haré desde adentro.”

 

Capítulo 19: No dijeron que me odiaban.

Any sabía que algo había cambiado. Y no por lo que decían. Sino por lo que ya no decían. La sala de entrenamiento, que antes era un lugar de ritmo y voces, ahora parecía un teatro donde todos habían olvidado sus líneas.

Zuhaki le sonreía. Corwin hacía bromas como siempre. Pero los otros… Los otros evitaban su mirada. No por desprecio. Sino por temor a quedar del lado equivocado.

Kanzaki no la enfrentó. No la interrogó. Solo la llenó de tareas inútiles. Turnos vacíos. Informes sin propósito. Un aislamiento disfrazado de “precaución”. Kiyoka lo notó.

Y no necesitó pruebas para saber que detrás de esa estrategia había un solo nombre: Shojiro Kanzaki.

Lo enfrentó en el pasillo principal. Sin escándalo. Sin gritos.

—Si tiene una acusación real, hágala. Pero si está jugando con la moral de mi escuadrón, entonces esto ya no es una inspección. Es sabotaje.


Kanzaki sonrió.


—Yo no acuso. Yo observo. Y si las grietas aparecen solas… es porque ya estaban allí.


Kiyoka no respondió. Pero sus ojos… dejaron claro que lo estaba midiendo. Y Kanzaki lo supo.


—Dígame, Kudou —añadió con voz baja—. ¿Alguna vez consideró… que amar a alguien no significa salvarla? A veces… significa saber cuándo dejarla caer.


Kiyoka apretó los dientes. Pero no respondió. Porque sabía que si contestaba ahora… perdería algo más valioso que el respeto: el control.



Esa noche, Any llegó tarde al cuarto de él. No por tareas. Por orgullo herido. Se sentó en silencio junto a la cama. No se desvistió. No lloró.

Solo dijo:

—Me están vaciando de a poco. Y tú… no puedes protegerme de eso.


Kiyoka la miró.


—¿Crees que me quedo quieto?

—No. Pero no puedes hablar por mí. Y si lo haces… quitarás lo único que todavía me queda: mi voz.


Silencio. Él bajó la cabeza.


—Tienes razón. Y aún así… si pudiera ponerme entre tú y todo esto, lo haría.


Any cerró los ojos. Y entonces se recostó sobre su pecho. No para olvidarlo todo. Sino para resistirlo mejor.


“Que el mundo me aísle. Pero que su respiración… siga siendo mi abrigo.”


Mientras tanto, Kanzaki escribía su informe.


“Kudou sigue bajo control emocional. La sujeta, aunque fuerte, muestra señales de desgaste. La separación será cuestión de estrategia. No será necesario romperla. Basta con que empiece a pensar… que él merece a alguien que no lo arrastre consigo.”



Any pensaba “Estoy cayendo en el vacío de no saber si soy la que lo protege… o la que lo pone en peligro.”


Esa mañana, no hubo advertencia. Solo una orden sellada, entregada con el té de la mañana:


“Reincorporación provisional de la espiritista Any en operativo Clase B. Participación sujeta a revisión de conducta y monitoreo evaluativo interno. Firma: Shojiro Kanzaki.”


Kiyoka lo leyó con el ceño fruncido. Any, en cambio, lo leyó sin expresión.

El informe era claro: una falla en los sellos de contención espiritual en una aldea de frontera. Actividad anómala sin registro de grotescos. Población evacuada.

Solo un detalle llamaba la atención: el mismo espíritu marcado que había sido sellado hacía años… y que había sido sellado por la familia de Any y por eso debía ir.


—Es una trampa —murmuró Zuhaki—. Quieren probar algo.

—Quieren romperla —dijo Corwin.


Kiyoka no dijo nada. Solo miró el mapa. Y su mano, tembló por primera vez en mucho tiempo.

La noche antes de partir, Any se quedó despierta. Miraba la pared. Escuchaba su propia respiración. Y en su pecho… el amor ardía como una promesa que no podía cumplir. Kiyoka dormía. No profundamente. Pero con el cuerpo agotado.

Ella giró lentamente, lo observó. Y por primera vez, pensó:

“¿Soy su fuerza… o su punto ciego?”

Se preguntó si el hecho de que él la amara lo hacía vulnerable. Si su cercanía estaba debilitando su juicio. Si él, por protegerla, se exponía más de lo que debía. Y en el silencio de su corazón, la duda dolió más que cualquier herida.

El operativo comenzó al día siguiente. Pequeño grupo. Solo lo esencial. Any caminaba entre ellos con la cabeza alta, pero los ojos cansados.

Kanzaki no estaba presente. Pero su sombra sí. Y lo peor… es que Any lo sabía.

“Si fallo, seré el ejemplo. Si tengo éxito, dirán que fue por él. Si me rompo, lo perderé. Y si no… quizá también.”


Al llegar al punto de ruptura, el espíritu ya se había manifestado. Era un ser de fuego antiguo.  No grotesco. Sino herencia mal sellada. Un eco del pasado que había esperado demasiado.


El viento ardía. La tierra temblaba. Y el sello palpitaba con energía que reconocía su sangre. Any se adelantó.


—Yo puedo hablar con él.

—No te arriesgues —dijo Kiyoka, con un paso adelante.


Ella lo miró. Y por un momento, el mundo desapareció.


—Tienes que dejarme hacer esto —susurró—. O jamás volveré a caminar contigo de verdad.


Kiyoka asintió. Lento, dolido y la dejó avanzar.

El espíritu se manifestó como una figura de humo y luz. No tenía forma.Pero tenía voz.


—¿Por qué vienes con la sangre que me encerró?

—Porque no soy ellos —dijo ella—. Y porque vengo a reparar lo que dejaron roto.

—¿Me liberarás?

—No. Te comprenderé. Y te sellaré de nuevo. Pero esta vez… con mi nombre, no con el de ellos.


El espíritu rugió. El fuego creció. La tierra se abrió. Y Any se mantuvo firme. Recitó el sello. No uno aprendido. Uno creado, uno suyo.

Cuando todo acabó, cayó de rodillas. Kiyoka corrió hacia ella. La tomó en brazos. Ella no hablaba. Solo respiraba. Temblando.


—Estoy bien —murmuró—. Pero me duele… el alma.


Él la abrazó. No la cargó. La sostuvo. Porque supo, sin que ella lo dijera, que la herida no era del cuerpo. Era del miedo. De amar tanto… que ya no saber si puede con eso.


Y mientras regresaban, una copia del sello usado por Any llegaba al despacho de Kanzaki. Lo miró. Y sonrió.

“La grieta no será espiritual. Será en el corazón.”



El sol no quemaba ese día. Solo acariciaba.  Como si incluso el cielo supiera que, por una vez, el alma merecía descanso.

Kiyoka no explicó demasiado. Solo le pidió que se vistiera con ropa cómoda,y que no preguntara a dónde iban.


—¿Es una misión?

—Sí —respondió con media sonrisa—. La de encontrar un lugar donde nada duela.


Any lo miró con ojos entrecerrados. Pero asintió, no por obediencia. por deseo. El carruaje tomó dirección al este. Y poco a poco, los campos comenzaron a reemplazar los caminos de piedra. El aire se volvió más limpio. Las montañas, más lejanas. Y al fondo… una casa, grande, sencilla, antigua, pero firme. Rodeada de árboles que ya parecían cuidarla.


—¿Esta es la mansión?


Kiyoka asintió.


—No está terminada. Pero ya es mía. Y espero que, algún día… pueda ser nuestra.


Any no dijo nada. El pecho le dolía como cuando el cuerpo quiere llorar, pero el alma se le adelanta.


—Bienvenida, señorita Any y querido señorito Kudou.

Ella parpadeó y Kiyoka se ruborizo un poco al notar que a Any le había parecido gracioso lo de “Señorito Kudou”, es que Any veía a Kiyoka como su enamorado, un soldado igual que ella, pero había olvidado que también era el líder de una familia muy respetada, adinerada y prodigiosos de Dones.


—¿Yurie?


La mujer sonrió. No con formalidad. Con dulzura.


—He esperado mucho para verla en un lugar donde pueda respirar.


Any sintió un nudo en la garganta. Y no supo si abrazarla, o esconderse. Yurie la tomó de la mano.


—Pase. Hay té. Y hay silencio. Aquí, nada ni nadie viene a juzgarla.


El interior olía a madera nueva. A flores secas. Y a tiempo detenido. Había rincones aún sin amoblar. Ventanas sin cortinas. Y una habitación al fondo…vacía, pero abierta.


—Ese sería tu cuarto —dijo Kiyoka—. Si algún día quisieras tener uno aquí.


Ella giró el rostro.


—¿Y si no quisiera tener uno propio?


Él la miró, sin parpadear.


—Entonces el mío tiene espacio.


Se sentaron en el porche al atardecer. No hablaron al principio. Any respiraba el aire, como si aún no creyera que pudiera hacerlo sin miedo. Y entonces, él habló.


—Tu silencio me preocupa más que tus heridas.


Ella bajó la mirada.


—Tengo miedo.

—¿De qué?

—De que este lugar sea tan perfecto… que empiece a necesitarlo. Y no sepa cómo volver a mi vida de antes.


Kiyoka suspiró.


—Any… yo no quiero salvarte. No quiero ser tu descanso temporal.


Se giró.


—Quiero que me dejes ser parte del mundo que construyas… aunque no siempre lo entiendas. Aunque a veces duela. Aunque tengamos que seguir peleando.


Ella lo miró. Y por primera vez en semanas, lloró sin miedo. No por debilidad. Sino porque ese lugar… ya empezaba a sentirse como casa.


Esa noche, antes de irse, Any volvió a mirar la puerta de la habitación vacía. Se acercó. Y con los dedos, rozó el marco de madera tallada.

“Aún no puedo quedarme…” pensó.

“Pero ahora sé que existe un lugar… donde no tendría que irme.”

 


Capítulo 20: Ya no somos dos que se encuentran.

El carruaje regresaba al cuartel. Pero no era el mismo camino de ida. Any descansaba con la cabeza en el hombro de Kiyoka, los ojos entrecerrados, la mano enredada con la suya. Él miraba por la ventana, pero no veía los árboles. Solo sentía la presión de su cuerpo junto al suyo… y la certeza de que si el mundo caía, ya no sabría cómo estar de pie sin ella.

Pero apenas cruzaron los portones, la paz se quebró. Soldados corriendo. Sellos encendidos. Órdenes gritadas desde todos los pasillos.

Zuhaki los interceptó antes de que descendieran.


—Hay un brote al sur. No grotescos. Espíritus de alto nivel. Pero no es solo eso…


Miró a Any.


—El brote se originó cerca del archivo sellado que guarda información sobre tu linaje.


Kiyoka bajó la cabeza, como si ya lo hubiera presentido. Any apretó los dientes.


—Nos están provocando.


Zuhaki asintió.


—Y no creo que quieran respuestas. Quieren ver qué estás dispuesta a perder.

 

El operativo fue inmediato. No hubo tiempo para ropa formal ni rituales extensos.

Solo se miraron. Y fueron. Any caminaba junto a Kiyoka como si ya no necesitaran coordinar. Se movían con la misma respiración. La misma tensión. El campo del sur ardía. Espíritus manifestados como columnas flotantes, girando alrededor de un punto de energía rasgada.

Era un grito. Un eco. Un llamado dirigido a ella.


—No respondas —le dijo Kiyoka al oído—.Quieren quebrarte.

—No lo harán —respondió ella—. Porque esta vez… te tengo a ti.


El sello que Any liberó fue distinto a todos. No lo gritó. No lo conjuró. Lo susurró. Y fue suficiente. El espíritu retrocedió. El aire se quebró. Y la grieta se cerró.

Pero cuando todo terminó, Any cayó de rodillas, una ve más. No por debilidad.Por agotamiento de alma. Kiyoka corrió. La levantó entre sus brazos.Y esta vez, no dijo nada. Solo la sostuvo.

Esa noche, en su habitación, Any se hundió en el pecho de él. Con el cuerpo temblando. La respiración cortada.


—No me sueltes —le dijo.

—Nunca —susurró él.


Ella lo miró.


—No hablo de esta noche. Hablo del mundo.


Él no respondió. Solo la besó. Y fue un beso distinto. Con más desesperación que deseo. Con más ternura que control. Y cuando la amó esa noche, no fue como antes. Fue con el cuerpo completamente entregado. Como si ya no existieran límites. Como si cada latido dijera:

“Ya no hay otra forma. Ya no hay regreso. Somos uno. Y si caemos, caeremos así… fundidos.”


Al amanecer, Any despertó y lo vio aún dormido. Lo abrazó por la espalda. Le acarició la nuca. Y en silencio, se prometió:

“Si un día debo morir… quiero hacerlo habiendo amado así. Así. Justo así.”


El sol entraba filtrado por las cortinas de lino. Había olor a té,a madera tibia, y al cuerpo de Kiyoka, que dormía aún con la respiración tranquila,la boca apenas entreabierta y una mano descansando sobre la cintura de Any. Ella ya estaba despierta. No por ansiedad. Ni por dolor. Solo porque ese momento… era demasiado hermoso para dormirlo y era adictivo para ella ¿Cuántas veces más tendría la dicha de despertar a su lado?. Lo miró en silencio. Lo acarició en la mejilla con la yema de los dedos. Y por primera vez, no pensó en lo que vendría. Solo en lo que ya estaba.

El amor, él, ella. Así.

Cuando Kiyoka despertó, lo primero que hizo fue abrazarla con más fuerza.Como si inconscientemente temiera que no estuviera allí. Ella rió, despacio.


—¿Me soñabas?

—Te sentí moverte.

—Estaba viéndote dormir.

—¿Y qué viste?

—Mi lugar.


Él abrió los ojos. Y la besó en la frente.


—Entonces no te vayas nunca.

—No planeo hacerlo.


El desayuno fue sencillo. Arroz tibio, sopa clara, encurtidos. Pero comieron juntos. Sentados frente a frente, descalzos, en silencio a veces, con palabras suaves otras.


—Pensé que las mañanas eran siempre apresuradas —dijo Any.

—Las que valen la pena, no.


Ella sonrió. Y Kiyoka la miró con una ternura que solo se le ve a quien ha aprendido a amar con cuidado.


—Quiero construir días así contigo —murmuró.

—¿Y si no tenemos muchos?

—Entonces los que tengamos… serán invencibles.


Pero la calma no dura. Y mientras regresaban al edificio principal, un sobre esperaba sobre el escritorio de Kiyoka. Sin sello. Sin firma.

Solo una frase:


“Decisión estratégica. Aprobación directa del Ministerio.”

Él lo abrió. Y leyó en silencio. Any lo miró, sin saber por qué el pulso le dolía.


—¿Qué es?


Kiyoka tardó en responder. Cuando lo hizo… su voz no tembló. Pero sus manos, sí.


—Me están solicitando para liderar una operación externa… en la frontera norte.

—¿Cuándo?

—Mañana al alba.


Silencio.


—¿Y…?

—Y el escuadrón… no puede acompañarme. Incluyéndote.


Any bajó la mirada. Sintió que algo suave se le rasgaba por dentro. “¿Separación táctica? ¿O una trampa disfrazada de deber?”


No discutieron. Porque el amor no siempre necesita alzar la voz. A veces solo duele, y el dolor quedó.



Esa noche, no hicieron el amor. Solo se abrazaron más fuerte. Más callados. Any con el rostro escondido en su cuello. Kiyoka con la mano sobre su cintura, como si pudiera evitar que el amanecer llegara.

“Solo la muerte podría separarlos,” ella pensó.

“Pero el deber… puede intentarlo antes.”


El cielo aún estaba oscuro cuando Any se despertó. Pero no fue el ruido lo que la sacó del sueño. Fue el vacío. El calor de Kiyoka junto a ella ya no estaba. Solo el lugar donde había dormido, aún tibio. Aún suyo.

Se levantó sin hablar. Sin encender la luz. Solo se puso una bata, y salió en silencio.

Lo encontró en el patio trasero. Estaba de pie, con el uniforme negro, las botas alineadas, y la mirada fija en el cielo que aún no amanecía. Any no dijo nada. Solo caminó hasta él. Y se detuvo a su lado.

Kiyoka la miró. Y por un momento, pareció que su expresión iba a romperse. Pero no lo hizo. Solo alzó la mano, y la apoyó en su mejilla.

—Quería irme sin despertarte.

—Lo sé —respondió ella, sin moverse—. Pero no me duermo más si no te veo partir.


No hubo beso, Solo un abrazo. De esos donde el cuerpo entero se curva para caber en el del otro. De esos donde los dedos no tocan… sostienen.


—Prométeme que volverás —dijo ella, bajito.

—Prométeme que estarás bien cuando lo haga.


Ella no contestó. Porque no podía prometer algo que no sabía cómo cumplir. Kiyoka bajó la cabeza. Apoyó su frente contra la de ella. Cerró los ojos y por un instante,todo fue silencio. El tipo de silencio que se parece al final del mundo.

Cuando él se fue, ella no lloró. Volvió a su habitación. Se sentó en la cama. Y se quedó quieta. Hasta que la luz empezó a llenar el cielo. Entonces el llanto le cayó de a poco. Como si las lágrimas no supieran si tenían permiso. No gritó. No se sacudió. Solo sintió el hueco. Y supo que su cuerpo aún estaba lleno de amor… Pero más lleno de miedo.


Ese día, Any no salió de su cuarto. No habló. No comió. Pero escribió. En una libreta sin nombre.

Una sola frase:

“Estoy amándolo con tanta fuerza… que si muere, no sé qué parte de mí va a sobrevivir.”


El segundo día sin Kiyoka fue peor que el primero. Porque ahora el cuerpo ya sabía que no iba a volver pronto. Y la cama, el olor de su cuello en las sábanas, el hueco en la taza al otro lado de la mesa… todo empezaba a doler más de lo que ayudaba.


De pronto alguien golpeó su puerta, un ritmo de toque suave que no reconoció, abrió la puerta encontrándose con Yurie.


—Me dijeron que comiste muy poco. Tu energía se va a agotar antes que tu pena.


       Los ojos de Any se llenaron de lágrimas.

Any estaba sentada frente a la ventana, con una manta encima, y la libreta abierta sobre las piernas. La misma que ayer solo tenía una frase. Hoy tenía muchas más. Todas sin firmar. Todas para él.


—No puedo fingir fuerza cuando no lo siento —murmuró.

—No te estoy pidiendo que finjas. Te estoy pidiendo que te levantes con lo que tengas. Aunque solo sea rabia.


Any levantó la vista. Y por primera vez en mucho tiempo, la miró sintiéndose como una niña. Buscando consuelo. Sin orgullo.


—¿Crees que va a volver?


Yurie se acercó. Le tomó la mano. Y la sostuvo como antes.


—No sé. Pero sé que va a pelear para hacerlo.


Zuhaki llegó por la tarde. Llevaba un informe. Uno breve. Demasiado breve.


—Solo esto mandaron desde la frontera.


Any leyó las tres líneas. Una confirmación de llegada. Nada más.


—¿Es normal?

—No. No para misiones clase A.


Any cerró el papel. La voz se le quebró.


—¿Está solo?

—No debería. Pero hay cosas que no me cuadran.


Zuhaki miró alrededor. Y bajó la voz.


—Kanzaki ha estado moviéndose más de lo necesario. Y el comandante del ala norte fue visto hablando con él ayer. A escondidas junto a un hombre extranjero. Un hombre de cabello rojo.


Any sintió algo frío recorriéndole la espalda. Acaso sería el…


—¿Crees que fue enviado a propósito?

—Creo que… no quieren que regrese con fuerza.


Esa noche, Any fue al patio donde lo había despedido. Se sentó en el mismo lugar.Y miró al cielo. Ya no lloraba. Ya no temblaba. Ahora… esperaba. Y en esa espera, empezó a murmurar su nombre. Como un hechizo. Como un llamado. Como si con solo decirlo… él pudiera volver.



Any despertó de golpe. No por un ruido. No por una pesadilla. Sino por una punzada. En el pecho. Aguda. Silenciosa. Se sentó en la cama. Sudaba. El aire le dolía al respirar.

Y supo, sin tener cómo explicarlo:

“Algo está mal. Muy mal.”

Corrió al pasillo. La luz del amanecer aún no entraba. Y sin embargo, su cuerpo se movía como si respondiera a una orden que no venía del mundo… Sino de su alma.

Zuhaki la encontró en el vestíbulo.

—¿Qué pasó?

—Kiyoka… —Su voz se quebró—. Siento que está herido.


Zuhaki la tomó de los hombros.


—No tenemos noticias aún. No hay señales claras.

—No necesito señales —respondió ella—.Lo sentí.


Zuhaki dudó. Pero no dijo que no le creía. Solo apretó la mandíbula.


—Voy a buscar si hay actualizaciones.


Las horas fueron un castigo, Any volvió a su habitación. Pero no se recostó. Solo se sentó con las piernas cruzadas sobre el futón, las manos abiertas sobre las rodillas,los ojos cerrados. Y comenzó a buscarlo, no con el pensamiento.Con el vínculo. “Si estás vivo… si me escuchas… dame una señal.”


El aire se volvió más frío. La luz se opacó detrás de las nubes y por un segundo… una imagen cruzó su mente, nítida, Dolorosa. Kiyoka, arrodillado en tierra húmeda,la mano sobre una herida en el abdomen. Respirando con dificultad,Solo. Any gritó. Pero fue dentro de sí. Y cuando abrió los ojos… estaban húmedos.

Y su voz, temblando.


—Él está vivo… pero está luchando por no dejar de estarlo.


Corwin llegó al cuartel al anochecer. Cansado. Con el uniforme sucio.Y la cara más seria de lo habitual.


—Estuve en el punto medio. La zona está bloqueada. No dejan pasar comunicación a menos que esté cifrada por alto mando.


—¿Por qué? —preguntó Zuhaki.

—Dicen que hay peligro espiritual masivo. Pero creo que están ocultando algo. Y no… no he podido confirmar si Kiyoka está entre los heridos.


Any no habló. Solo se giró. Y salió de la sala.

Corwin la llamó.


—¿A dónde vas?

—A donde sea que pueda encontrarlo.


Esa noche, mientras el mundo dormía, Any volvió al mismo patio donde lo había despedido. Se arrodilló. Cerró los ojos y dejó que su alma hablara.

“Si me necesitas… no me llames con palabras. Solo… ámame tan fuerte que yo no pueda ignorarlo.”


Y en la distancia, aunque él no podía responder… algo en su pecho ardió. Como si una luz se hubiera encendido en la oscuridad.

 

Capítulo 21: Me crearon como arma.

El cuartel aún dormía. Las sombras seguían echadas sobre los pasillos, y los informes del día aún no habían despertado sobre los escritorios. Pero Any ya lo había decidido. Vestía su uniforme. Impecable. Por última vez.

En su mano, su placa. El metal pesaba como una promesa vieja. Como una prisión disfrazada de deber. La colocó sobre el escritorio de Zuhaki,que aún no estaba en su oficina. No dejó nota. Solo la placa. Y una pluma negra sobre ella.


“Mi alma no se reporta hoy. Se marcha a cumplir algo más grande.”


Y entonces partió.


Una hora después, Corwin llegó con los ojos inyectados, el abrigo aún húmedo por el viaje. Entró en la sala común sin pedir permiso. Zuhaki lo vió.Y supo de inmediato que traía fuego en la voz.


—Necesito hablar. Con todos.


El personal se reunió. Algunos desconfiados. Otros curiosos. Corwin no alzó la voz. No hacía falta.


—Ya basta de susurros. De rumores. De esa cobardía disfrazada de protocolo.


Se giró, mirando a cada uno.


—Any no traicionó a nadie. Fueron ustedes quienes permitieron que la traicionaran.


Un murmullo se alzó. Zuhaki no lo detuvo.


—¿Quieren saber por qué ella es diferente? ¿Por qué reacciona distinto? ¿Por qué parece no tener miedo? Hizo una pausa. —Porque no la criaron como persona. La criaron como herramienta. Como un arma sagrada para una guerra que nadie se atrevía a enfrentar.

Los rostros se tensaron. Algunos bajaron la vista. —Desde que era niña, cada vez que su don se manifestaba, recibía castigos. Entrenamientos. Encierro. Dolor.


Algunos miraron a Zuhaki. Él no negó nada.


—La chica del consejo, su compañera de infancia entregó su lealtad al enemigo. ¿Por qué? Porque descubrió la verdad: El consejo familiar planeaba utilizar a Any en una guerra espiritual global. La presión, los sellos, las visiones… todo fue inducido. Provocado para forzarla a desbloquear lo que ni sus ancestros pudieron, el consejo espiritual se tentó a tener ese poder en sus manos en una guerra interna entre la milicia Japonesa y la Británica, con la Familia Wetherby detonando los sellos para aumentar el poder de Any como arma.

Corwin alzó el puño. —¿Y aún así? Ella eligió protegerlos. Elegir amar. Elegir tener un nombre, un cuerpo, un deseo.


Zuhaki frunció el ceño.


—¿Dónde está ahora?


Corwin bajó la voz.


—Se fué.


Silencio absoluto.


—Entregó su placa. Y partió en busca de Kiyoka. No como soldado. No como espíritu sellado, como mujer, como fuerza libre. Como alma enamorada.


Zuhaki cerró los ojos. Y supo que ya nada de lo que hicieran… podría alcanzarla.


Any corría. Cambiaba de tren, de ruta, de sendero. Un uniforme sin placa ni conde raciones, Sin permiso y sin miedo. Solo con la voz de Kiyoka grabada en su corazón.Solo con el lazo que la guiaba a través del mundo.


“Aguanta, Kiyoka… tu arma ya no responde a nadie más. Voy a encontrarte.Y te voy a traer de vuelta.”


Any llegó a la aldea cercana al punto de la misión al atardecer. El cielo era rojo. Pero no por belleza. Por humo. El suelo estaba cubierto de ceniza. Las casas, abiertas como cuerpos rotos. Y el aire… sabía a derrota.

Se arrodilló en medio del camino principal. Colocó una mano en el suelo. Frío.Pero no vacío.

“Kiyoka estuvo aquí. Su energía aún vive en la tierra.”


Caminó entre los escombros. Encontró restos de uniformes. Sangre seca. Fragmentos de sellos arrancados por la fuerza. Y entonces, entre todo… una hoja de papel, empapada, con apenas una palabra escrita:


“Resistimos.”


Sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no cayeron. No aún.

Siguió caminando. No sabía hacia dónde. Pero su alma la guiaba. Hasta que lo sintió. Algo, alguien, no querían que siguiera avanzando. Un aura cortante se alzó frente a ella. No grotescos. No espíritu salvaje. Un hombre, de uniforme oscuro,rostro sin emoción, y ojos con el sello del Ministerio Imperial.


—No puedes pasar —dijo.

—¿Quién te envía?, No importa. Solo retrocede. No tienes permiso para ingresar a la zona restringida.

—No necesito permiso.


El hombre tensó los hombros.


—Has abandonado tu rango. No tienes protección legal. Ni respaldo militar. Eres una civil.

—No —dijo ella. Y alzó la cabeza—. Soy la razón por la que aún tienen un escuadrón al que pertenecer.


El aire estalló. Una oleada de energía brotó de su cuerpo. Lenta, pero imparable. Sus ojos brillaron con una luz rojiza. Los sellos invisibles bajo su piel… se encendieron. “No más límites. No más cadenas.”

El hombre intentó activarse. Pero ella ya se había movido. Sin tocarlo, lo lanzó varios metros hacia atrás. El suelo tembló.

Y su voz retumbó en el aire:


—No voy a retroceder. No voy a detenerme. Y si se atreven a poner un dedo entre él y yo… desataré todo lo que quisieron contenerme por años.


El hombre, herido, no volvió a pararse. Solo la vio seguir caminando, con los pasos encendidos. Con el alma desnuda. Y en el aire, a lo lejos, el nombre que no dijo… ardía en su pecho: Kiyoka.



El bosque era espeso. Las hojas parecían tragar los sonidos. Y cada paso que daba era como hundirse en una memoria vieja… dolorosa… todavía tibia de tanto guardarla. Any caminaba con el pulso contenido, pero el alma despierta. Sabía que lo que venía… no sería físico. Sería un golpe a todo lo que había construido. Y entonces lo sintió. Antes que verlo. Antes que escucharlo, lo sintió como se siente un trauma. Y cuando alzó la vista, él ya estaba allí. Al borde del sendero. De pie. Con la misma postura arrogante de siempre.


"Sabía que vendrías"


La voz la paralizó. El tono, exacto. Como si el tiempo no hubiera hecho nada.


—Akihito —susurró.


Él sonrió, con lentitud.


—Me sorprende que aún recuerdes mi nombre.

—¿Cómo olvidar al primero que quiso romperme? —respondió ella, sin pestañear.


Akihito fue uno de los instructores encargados de su “formación” espiritual cuando apenas era una niña. Él era un extranjero Japonés en su país, el primero en gritarle que no era persona, sino arma. El primero en castigarla por llorar.  Por resistirse. Por amar.


—Has crecido —dijo él—. Aunque, sinceramente, esperaba menos.

—¿Esperabas que me quebrara?

—Esperaba que no quedara nada de ti. Y mira… aún sangras.


Any apretó los dientes.


—¿Qué haces aquí?

—Cumpliendo el ciclo —respondió—.Fui parte de tu nacimiento como arma…y lo seré de tu destrucción si no colaboras.


Ella sonrió.


—Entonces muérete esperando.


El aire se tensó. Akihito dio un paso al frente.


—¿Sabes por qué tu familia te encerró? Porque incluso ellos temían lo que podrías llegar a ser. Y ahora vas a desatarlo todo por un hombre. Ese sello que pusieron en tu corazón esa bomba que clavaron en tu pecho y disfrazaron de enfermedad es tu perdición. No eres humana.


Any lo miró. Y esta vez, no solo con rabia. Con compasión.


—No lo entiendes, ¿verdad? No soy peligrosa porque tenga poder. Soy peligrosa porque me amaron. Y yo aprendí a amar. A pesar de ustedes.


Su voz se quebró. Pero no cayó.


—Kiyoka me dio nombre. Me dio hogar. Me dio alma. Y si tengo que quemar el mundo para volver a tenerlo cerca… entonces que vengan los fuegos.


Akihito desenfundó su arma espiritual.


—Entonces que empiece el incendio.


Any no se movió. Solo extendió la mano. El sello brilló. Y dijo una sola palabra.

—Recuerda.


Y Akihito… vio.

Vio sus ojos de niña. Vio las cadenas. Vio el llanto que ignoró. Vio su rostro ensangrentado mientras gritaba que quería vivir. Y por primera vez… cayó de rodillas. Porque la verdadera fuerza no era el poder. Era la memoria que ella había sobrevivido.


Any caminó hacia él.


—Tú no eres mi enemigo. Tú eres solo un cadáver de lo que fui obligada a temer.


Lo dejó allí. Temblando. Roto. Y siguió caminando, aún quedaba un amor por rescatar y un infierno por atravesar.

El sendero se volvió más estrecho. La tierra, más húmeda. Y el cielo… ya no parecía distante, sino aplastante. Any avanzaba con los músculos tensos, la piel ardiendo bajo los sellos, y el corazón latiendo con una frecuencia que no era suya.

“Kiyoka…”

Lo sentía. Cada vez más cerca. Su energía era tenue, fracturada, pero viva. Y no estaba sola. Él estaba resistiendo.

“Espérame. Ya casi llego…”

La vegetación se abrió de golpe. Y allí, entre rocas ennegrecidas por antiguas batallas, una cabaña derruida marcaba el borde del silencio.

Any cayó de rodillas al llegar al umbral. No por dolor. Por certeza.

“Aquí.”

No había cuerpos. No había sangre fresca. Pero sí, sobre la madera rota, una insignia: la de su escuadrón. Y a su lado… una pequeña grabadora de comunicación rota hecha de Shikigami, aún titilando en rojo. La tocó, rezó y la activó. La voz salió entrecortada, apenas reconocible.


—“…si este mensaje llega… no se acerquen… no es seguro…”

Una pausa. Respiración difícil. Y entonces, con un susurro rasgado:

—“…Any… si estás viva… no vengas… por favor… no mueras por mí…”


La grabación se apagó. Pero no hizo falta más. Any cerró los ojos. Y las lágrimas, por fin, cayeron.

“Siempre… siempre cuidándome tú.”

Se levantó. No lentamente, no tambaleando, de un salto firme. La energía a su alrededor cambió. Ya no era solo fuego. Era determinación total.


—Ahora sí —susurró—. Ahora no solo peleo por amor… peleo por el final correcto.


El cielo tronó. Los sellos se abrieron. Y una luz que llevaba toda una vida guardada empezó a rodearla.

“Voy a llegar a ti, Kiyoka. Y si esta es mi última guerra… entonces la ganaré de pie.”

 


Capítulo 22: Que el fuego me consuma, si es por no heredar tu sombra.


El valle era un pozo de ecos y ceniza. No quedaban árboles en pie, ni rastro de vida. Pero ella lo sintió. A él. A Kiyoka. Su energía era un hilo delgado entre escombros. Siguió ese hilo con el alma en llamas… y lo encontró.


Tendido sobre la piedra rota de un altar caído. El cuerpo cubierto de heridas,el rostro descompuesto, la sangre seca en los bordes de su boca. Pero vivo. Any se dejó caer de rodillas.


—Kiyoka… Él abrió los ojos. La vio. Y algo, solo algo, brilló en su expresión.

—Sabía… que vendrías…


Ella tocó su rostro. Sintió el calor débil de su piel. Y supo que no tenía tiempo. Giró y lo vio. La infame figura de Kansaki y a todos ellos, figuras de su pasado. Tíos. Primos. Rostros conocidos. Rostros que le sonrieron en la infancia y luego la miraron desde las rendijas de una celda, Rodeaban el círculo ritual como jueces. Y al centro… él. Su padre. De pie, imponente, intacto. La túnica ceremonial manchada por la guerra. Pero los ojos… igual de fríos que cuando la dejó encerrada por primera vez. Con su cabello moviéndose con el viento, rojo como el fuego igual al de ella.


—Llegaste, hija —dijo, sin afecto—. Has crecido bien. El molde no te rompió.

—No fue el molde —respondió ella—.Fuiste tú quien no supo cómo doblarme.


Una sonrisa torcida.


—Y sin embargo, aún cargas mi sangre. La misma que hará que esto funcione.


El círculo de sellos comenzó a brillar. Any se puso de pie.


—¿Esto es lo que querías?

—No yo. El legado. El futuro. Un recipiente capaz de contener el poder absoluto. Tú no lo eres. Pero yo sí.


Ella dio un paso al frente. El aire cambió. Ya no era conversación. Era condena.


—Has liberado cinco de los seis sellos —dijo él—.Sabes cuál falta.


Any apretó los puños.


—El de la transmutación.

—Exacto. Y es hermoso. Porque no se activa con palabras. Ni con voluntad. Sino con sangre… y con rendición.


Ella sintió el escalofrío. La certeza.


—Planeas tomar mi poder.

—Planeo recibir lo que tú no eres digna de controlar es un poder que yo hice cultivar en tí.


La batalla empezó sin anuncio. Una ráfaga espiritual le cortó el flanco izquierdo. Any rodó por el suelo. Saltó. Y lanzó un sello de contención que su padre deshizo con un solo gesto.

—¿Ves? No somos iguales. Yo aprendí a usar el dolor como canal. Tú sigues creyendo que el amor puede salvarte.


Ella retrocedió. Activó sus sellos del pecho. Una oleada de fuego recorrió el campo. Algunos observadores cayeron. Otros se apartaron, pero su padre no. Resistía, con frialdad, con control, con años de experiencia cruel. La atacó de nuevo. Y de nuevo. Any esquivaba. Contraatacaba. Pero el terreno se le iba quitando bajo los pies.


Sus piernas ya dolían. Su respiración era espesa. Y en cada momento, Kiyoka la miraba. Inmóvil, luchando por levantarse, pero sin fuerzas. Solo podía murmurar su nombre. Solo podía sangrar al verla caer y levantarse de nuevo.


La batalla continuó. Fuego. Sellos. Rituales desatados. Fragmentos del terreno flotando por la presión del poder acumulado. Y entonces… un golpe la hizo volar varios metros. Any cayó con el hombro dislocado. El brazo izquierdo, inservible. Y su padre caminó hacia ella.


—Ahora, hija… vas a darme lo que ocultaste.

—Nunca —escupió ella, temblando.

—Ya no puedes luchar. Y él… —miró a Kiyoka— tampoco puede ayudarte.


Any cerró los ojos.


“Si este es el final… que al menos lo vea.”


Y en el centro del campo, ella se puso de pie. El cuerpo temblando. El brazo colgando. Los labios rotos. Pero de pie.


—Si vas a matarme… hazlo con respeto. No como padre. ¡¡Hazlo como el tirano que fuiste siempre. !!

             

  Un ataque inesperado a su padre la hizo volar por los cielos y cayó tratando de caer de manera segura, pero su cuerpo revotó en el suelo quitándole la sonrisa de seguridad que tenía, y por primera vez… dudó. Porque ella ya no era una niña. Ya no era sujeta. Ya no era suya. Era fuego. Y lo miraba con la furia de todas las veces que no pudo gritar.


El campo de batalla se había convertido en ruinas flotantes. Sellos deshechos, fuego sin control, el cielo abierto como si el mundo entero estuviera a punto de tragarlos. Y en medio de esa grieta, Any. Con un brazo inútil. la ropa quemada, los labios rotos. y las piernas tambaleantes. Pero aún de pie. Aún luchando.

Su padre jadeaba frente a ella. Herido. Rasgado por su resistencia.

—No sabes cuándo rendirte —escupió él.

—Tú no sabes qué es amar —respondió ella.


Y a su espalda, Kiyoka. Inmóvil. Pero vivo. Con los párpados apenas abiertos. La sangre saliéndole por la boca. Y el alma desgarrándose al verla así. Any lo sabía. Lo sentía. Cada vez que su padre dirigía una ráfaga hacia Kiyoka, ella lo bloqueaba. Aunque su cuerpo crujiera. Aunque sus huesos se partieran. Porque no iba a dejar que él también muriera por lo que ella era.

En un momento decisivo, Any lo logró. Entre el caos, entre la rabia, el dolor, la memoria… Despertó el sello del corazón. No la transmutación. Sino el verdadero centro de su poder: la voluntad. Y su padre cayó de rodillas. Por primera vez…derrotado.


Ella lo apuntó con su palma. Una esfera incandescente crecía lentamente entre sus dedos. Una mezcla de fuego, alma y juicio.


—Tú sellaste mi infancia. Mi cuerpo. Mi voz. Y aun así… no lograste sellar esto.


El poder tembló.


—Mi amor. Por él. Por mí. Por todo lo que no fuiste capaz de tocar.


Y entonces, iba a liberar el golpe final. Cuando lo sintió. Una vibración en el aire. Un zumbido. Una advertencia que llegó un segundo tarde. Y entonces… la flecha.

Una ráfaga de fuego puro, afilada, exacta, brutal, le atravesó la espalda. El mundo pareció congelarse. Any jadeó. Cayó de rodillas. La energía se dispersó en el aire.Y el color desapareció de su rostro. A lo lejos, una risa. Una risa conocida. Kiyoka gritó. Y se arrastró. Sus uñas rompían la tierra. Sus músculos quemaban. Pero se movía.


—¡Any!


Ella se volteó con dificultad. Su cabello cubría parte del rostro. Su cuerpo… temblaba. Pero sus ojos aún lo buscaban a él. Y entonces lo vieron. A él. De pie. Saliendo de las sombras. Su antiguo maestro. El mismo al que había perdonado. El mismo que dijo que ya no representaba amenaza.


—No me miren así —dijo con una sonrisa ladeada—. Ustedes me hicieron así. Ella… me humilló.


Any intentó hablar. Pero no tenía voz.

Kiyoka, llorando, llegó hasta ella. La tomó entre sus brazos. Sus manos temblaban. Su respiración era un susurro agónico.


—No… no, por favor…


Ella lo miraba. Pero no lloraba. Porque ya no tenía lágrimas. Solo presencia. Y mientras el maestro caminaba hacia ellos, el campo entero parecía contener la respiración…

La sangre de Any se esparcía como tinta rota en el altar. Su cuerpo ya no respondía. La flecha ardía clavada en su abdomen. Y aun así… la mantenían consciente. El maestro fue el primero en moverse. Apareció entre la bruma con el mismo rostro de siempre: tranquilo. Impasible. Cruel.


—¿Sabes qué es lo que te destruyó, Any? —dijo mientras la observaba en el suelo, temblando—. Tu maldita compasión.


La voz le rasgaba los oídos. Pero ella no parpadeaba. No mostraba miedo. Solo respiraba con dificultad… aún consciente de que Kiyoka seguía allí. Y que su mirada la buscaba.


—Tu debilidad no fue tu infancia, ni los sellos —continuó el maestro—.Fuiste tú. Quisiste amar. Y ahora vas a pagar por eso.

Se giró hacia su padre.


—Levántate.


El patriarca, aún tambaleante por los últimos golpes de Any, fue sostenido por el maestro hasta quedar de pie. Luego, ambos se acercaron a ella, que yacía boca arriba, tosiendo sangre.

Empujó a Kiyoka con el mínimo de esfuerzo a un lado, este no pudo reincorporarse, el maestro se agachó. Y sin advertencia, colocó el pie con fuerza sobre la flecha que aún le atravesaba el abdomen. El grito que brotó de Any fue salvaje. Animal. Desgarrador. Kiyoka, lo sintió como un cuchillo directo al pecho. Intentó emitir una ráfaga, un sello, una chispa siquiera… pero nada. Nada respondía.

Solo podía gritar:


—¡Déjenla en paz! ¡Basta!


El maestro lo miró de reojo. Sin quitar el pie.


—Tú… eres el origen. La grieta en su fortaleza. Ella te eligió. Y por eso perdió.


Any convulsionaba. La sangre empapaba el altar. Pero no soltaba palabra. Solo su respiración agónica. El padre se colocó sobre ella. Sus manos rodearon el rostro de su hija.


—Vas a darme lo que escondiste, aquí y ahora. Tu fuego. Tu alma.Tu herencia.


El ritual comenzó. Sellos se activaron alrededor de su cuerpo. El aire se volvió púrpura. Los cantos empezaron.

Kiyoka gritó su nombre.


—¡Any!


Otro gemido de dolor. Y un nuevo sello se abrió bajo su columna. Su cuerpo tembló completo. Fue entonces cuando algo se quebró en él. Kiyoka apretó los dientes. Y con un esfuerzo nacido de pura desesperación, logró ponerse de pie. temblando. Sangrando. Dio un paso. Luego otro. Y llegó hasta ella. Cubriéndola. Protegiéndola. Las manos se le abrían con torpeza. Pero logró crear un campo débil. Una esfera tenue de contención espiritual que envolvió sus cuerpos. El maestro rió.


—¿Un campo? ¿Eso es todo?

—Eso… —jadeó Kiyoka— es todo lo que me queda. Y aún así… es más de lo que ustedes merecen.


Any, entre delirios, alzó la mirada. Lo vio. De pie. Frente a ella. Cubierto de sangre. Y lloró. Lágrimas rojas. Silenciosas.


—Kiyoka…


Él cayó de rodillas. La tomó entre sus brazos. La sangre de sus heridas cayó sobre el rostro de ella. La conexión se encendió. Una chispa. El vínculo. Y Kiyoka supo. Supo que tal vez… esa sería la última vez que hablarían.


El campo de contención temblaba. Los sellos se apagaban. El mundo afuera rugía, pero dentro de esa esfera débil… solo estaban ellos. Any, temblando, con el abdomen abierto y la sangre corriendo. Kiyoka, arrodillado, apretándola contra sí,con los ojos llenos de algo que no tenía nombre. Ella alzó el rostro. Apenas. Entre jadeos, entre lágrimas espesas, rojas, como vino que caía desde el alma rota.


—Kiyo… ka…


Su voz no salía. Era apenas aliento. Apenas hilo. Pero suficiente.


—Perdóname… no podré volver contigo a la mansión…


Kiyoka la abrazó más fuerte. Negaba con la cabeza. Como un niño. Como un hombre que ya no podía soportar el peso del universo que caía sobre su pecho.


—No digas eso —susurró—. Por favor… No…


Ella le acarició el rostro. Sus dedos temblaban. Apenas podía tocarlo.


—Cada día contigo… fue todo lo que pedí. Todo lo que soñé. Tú me diste nombre. Me diste hogar… y amor… y alma.


Kiyoka cerró los ojos.


—No me dejes…

—No puedo quedarme… —susurró ella—. Pero puedo darte algo…para que nunca estés solo.

Sus dedos mojados de sangre se deslizaron hasta su propio pecho herido.

—No puedo pasarte mi don… porque no eres de mi linaje. No puedes invocar mis sellos…


La sangre brotaba con cada palabra. Kiyoka intentó detenerla. Pero ella lo miró con ternura.


—…pero sí puedo darte… mi fuego natural. El que nació del amor. De ti.


Y entonces… colocó su mano ensangrentada sobre su herida abierta de Kiyoka.Y susurró un sello sin sonido. El último. El sexto. El de la transmutación.

Una luz blanca —no roja, no azul— brotó entre ellos. no ardía, pero quemaba, no cegaba, pero lloraba. Kiyoka sintió que su cuerpo se abría por dentro. El calor lo invadió.Las heridas se cerraban, pero su alma se desgarraba.


—¡No! —gimió él—. ¡Detente! ¡No más!

—Déjame… —dijo ella— Déjame darte esto…


Y entonces, con lo último que le quedaba, lo miró. Sus ojos suaves. Húmedos. Brillando.

—Solo… solo… bésame…

Kiyoka la sostuvo. Tembloroso. Roto. La acercó a su pecho. A su corazón, que  palpitaba como si quisiera morir con ella. Y la besó. Un beso sin fuerza.Sin prisa. Solo verdad.

Ella cerró los ojos. Su cuerpo se relajó. Su respiración se hizo leve. Y mientras él aún sentía sus labios… sintió que ya no respondían. La abrazó más fuerte.


—No… no, por favor…


Tocó su pecho. Nada, miró su rostro, Paz. Como si ya no doliera. Como si ya estuviera libre. Kiyoka cayó sobre ella. El campo se deshizo. Y el mundo volvió a rugir afuera. Pero él ya no escuchaba nada, solo su nombre, solo su olor, solo la última llama… que se le escapaba de los brazos.

El mundo se detuvo. El viento ya no se movía. Las hojas flotaban, inmóviles, como si el universo supiera que algo imposible estaba por ocurrir. Kiyoka se inclinó sobre el cuerpo de Any. Ya no sentía su respiración. Solo el calor que aún palpitaba en su piel… residuo del fuego que ella le había transmutado. La abrazó. Y por primera vez, no fue el comandante. Ni el heredero Kudou. Ni el soldado. Fue solo un hombre. Un hombre que amaba. Y que lo había perdido todo.

Sus labios temblaron. No por miedo. Sino porque lo que ardía dentro de él… ya no tenía espacio en su cuerpo.


—No pude protegerte —murmuró, apenas audible—. Pero voy a hacer que el mundo te recuerde.


Se levantó con ella en brazos. Como si no pesara. Como si el dolor lo hiciera flotar. Su cabello ondeaba con un aura blanca y roja, mezcla de escarcha y llama. Los sellos que alguna vez fueron suyos y los de Any se fusionaban en su espalda, formando un patrón nuevo. Una criatura nunca vista, Fuego y hielo. Amor y pérdida. La creación de lo imposible.

El Padre de Anastasia lo vió avanzar, aún intentando absorber el poder de la transmutación.


—¡Detente! ¡Ese poder no te pertenece!


Kiyoka no contestó. Sus ojos brillaban de un tono que no existía en ningún plano espiritual. Caminó hasta el altar. Y dejó el cuerpo de Any con delicadeza, como si aún pudiera oírla. Y entonces habló.


—Ella me dió lo que ustedes jamás entendieron. No me dio poder, me dió propósito.


Abrió las palmas. De una, brotó escarcha pura. De la otra, fuego líquido. Los lanzó al cielo. Y el campo entero estalló.

La familia que aún estaba de pie corrió. Gritaron órdenes, invocaron sellos. Nada sirvió. Kiyoka no peleaba con táctica, no gritaba. Solo caminaba. Y donde caminaba,todo caía. El suelo se partía bajo su furia. Las montañas se agrietaban. El aire ardía…y luego se congelaba.

Una ráfaga de fuego cortó el pecho del  padre de Any. Una lanza de hielo le quebró las piernas al maestro. Y Kiyoka ni siquiera los miró, Solo alzó la voz una vez:


—Por ella.


Y el cielo se abrió. Llovía ceniza. Las runas ancestrales ardían como piel castigada. Los enemigos caían uno a uno: por fuego, por hielo, por terror. El campo de batalla se convirtió en ruina espiritual. Nada quedó sin tocar. Y cuando todo acabó…cuando el último eco se perdió en el aire… Kiyoka cayó de rodillas junto a ella.


Pensó en morir. Pensó en dejarse ir. Pero entonces… una brisa lo acarició, sin viento, sin poder. Una voz, una melodía. Ella. Su alma. Pasando como perfume por su cuello.

“No me sigas aún… no hasta que vivas lo suficiente para amar por los dos.”

Y entonces lloró. Con los ojos cerrados. Mientras todo lo demás… ardía.


Pasaron horas. Quizás días. Kiyoka no lo sabría decir. Se quedó allí, en ese altar ennegrecido, con el cuerpo frío de Any en sus brazos, como si el tiempo ya no pudiera alcanzarlos.

Cuando Corwin, Zuhaki y los refuerzos llegaron, era tarde. Muy tarde.

Él no alzó la voz. Ni lloró. Ni tembló. Solo levantó la mirada, y lo que vieron en sus ojos no era dolor. Era nada, vacío. Un hueco que ni el fuego ni el hielo podían llenar.

Zuhaki bajó la cabeza. Corwin apretó los dientes y cayó al suelo desconsolado al ver a Any. Varios oficiales empalidecieron. Era como mirar a un monstruo que acababa de perder su razón para no destruir el mundo.


El cuerpo fue trasladado con un silencio que pesaba más que los sellos. No hubo flores, ni plegarias religiosas. Y nadie en el cuartel sabía cómo se despedía a un alma que amó tanto… y dolió tanto.

Corwin se encargó de todo. Organizó la ceremonia. Limpió su uniforme. Escribió unas palabras. Kiyoka no asistió. No por desprecio. Sino porque su despedida ya había ocurrido, allí, entre sus brazos.


En el crematorio del cementerio reservado para quienes poseían dones, el último protocolo se llevó a cabo: su cuerpo, por ley, debía ser incinerado. Demasiado poder espiritual residía aún en su carne.

Y entonces, lo impensado ocurrió. Kiyoka, como comandante y vínculo íntimo, debía realizar la ignición ceremonial. Todos esperaban que hiciera un sello de hielo. Pero no. Extendió la mano. Y de sus dedos… brotó una llama blanca. Su fuego. El de Any, cerró los ojos con fuerzas y corrieron las últimas lágrimas antes de cerrar su corazón.


Hubo murmullos. Corwin, con lágrimas, solo asintió, Sagara con muletas y un rostro lleno de tristeza y llanto, se dejaba sostener por un desconsolado Zahuki.

La llama envolvió el cuerpo. Y por un instante… el humo dibujó su silueta. Ella. Sonriendo. Por última vez.



El cielo de la capital estaba despejado, Era un día sin sobresaltos, sin alarmas. Uno de esos pocos momentos que el calendario espiritual permitía como “días libres”. Y, sin embargo, Kiyoka no recordaba sentirse más cansado en su vida.

Caminaba solo por el sendero empedrado que conducía a su nueva residencia. El aire olía a madera fresca y a hojas otoñales. Las cajas ya habían sido entregadas. La gran casona de estilo tradicional, a las afueras de la ciudad, esperaba en silencio su llegada. Su nuevo hogar. Un refugio cuidadosamente elegido… cuando todavía soñaba con compartirlo con ella.


Zahuki había quedado a cargo del cuartel durante esos días. Sagara, aunque aún con muletas, ya se movía por los pasillos con decisión. Kiyoka había intentado mantenerse ocupado, pero no había forma de ignorar lo inevitable: todos se estaban yendo. Fue Zahuki el primero en hablar.

—¿Ya te vas? —le preguntó a Sagara cuando lo vio cruzar la entrada del cuartel, con una carta de renuncia en la mano.


Sagara asintió con pesar. Su uniforme estaba impecable, pero sus ojos mostraban un cansancio que no venía de las heridas.


—No puedo seguir aquí… fingiendo que todo está bien. Todo me recuerda a ella. A lo que no hice. A lo que no pude evitar. —Extendió la carta—. No me voy con rencor. Pero no puedo quedarme.

Zahuki tomó la carta en silencio. La sostuvo un instante antes de guardarla en el bolsillo de su abrigo.

—Te entiendo más de lo que imaginas. —Suspiró—. De hecho, yo también he tomado una decisión.


Sagara lo miró, sorprendido.


—Después de todo lo que pasó… decidí casarme. He dejado esperando demasiado tiempo a la mujer que amo. Y aunque me parte dejar el cuartel, no puedo seguir postergando mi vida. No después de lo que perdimos.


Ambos hombres guardaron un silencio solemne.


—¿Y Kudou? —preguntó Sagara al fin—. ¿Quién quedará a su lado?


Zahuki sonrió levemente.


—He dejado todo en manos del teniente Godou. Tiene una manera particular de animar a todos. Quizás sea lo que él necesita ahora: alguien que no lo mire con lástima, sino con vida. Justo en ese momento, la puerta del cuartel se abrió de golpe.


Corwin entró con paso firme, elegante como siempre, pero con un dejo de reproche en el rostro.


—Así que… ¿todos ustedes decidieron huir? —dijo con tono seco, mirándolos uno a uno.

—No es huir —respondió Zahuki—. Es seguir adelante.


Corwin soltó una risa irónica y luego negó con la cabeza.


—Supongo que yo también estoy huyendo entonces. He presentado mi renuncia formal a la embajada. Me marcho de Japón. Ya no tiene sentido quedarme… no sin ella aquí. Pero a diferencia de ustedes, no me iré a formar una familia ni a olvidar lo vivido. Me dedicaré a reconstruir el sistema de entrenamiento militar en mi país. Uno donde la lealtad no se vea pisoteada por linajes o nombres poderosos.


Nadie dijo nada. Por primera vez, los tres hombres quedaron en silencio. Pensando en ella. En su risa. En su fuego. En lo que había dejado en cada uno de ellos.

Desde el otro extremo del cuartel, Kiyoka observaba sin acercarse. Ya sabía que se irían. Que todos lo harían. Y no los culpaba. Horas más tarde, Kiyoka llegó solo a su casa nueva. La estructura era hermosa: ventanales grandes, escaleras amplias, jardines donde el viento jugaba con las hojas. Pero el eco de sus pasos lo hizo sentir como un huésped en un lugar ajeno.

Dejó su abrigo sobre una silla, caminó por la sala vacía y se detuvo frente a una habitación donde alguna vez pensó poner una biblioteca. Allí se detuvo, respirando hondo. Apoyó la frente contra el marco de la puerta.


—¿Hubieras amado este lugar… Any? —susurró.


El silencio respondió. Y fue en esa calma, en ese vacío, donde Kiyoka se transformó. Donde se endureció. Donde dejó morir al joven que una vez soñó con una vida a su lado. En los años que siguieron, las candidatas propuestas por sus padres apenas duraban unas horas. Algunas, un día. Ninguna pasaba la prueba invisible de los ojos que ya no estaban para mirar.

Y así, siete años después, cuando sus padres volvieron a insistir con fuerza, Kiyoka Kudou accedió a conocer a una nueva candidata.


—Es la primogénita de los Saimori —le dijeron—. Miyo.


Él aceptó, sin entusiasmo. Una más. Pero cuando la vió… cuando sus ojos se cruzaron por primera vez… esos ojos oscuros, heridos, llenos de historia… algo en su pecho vibró. No fue amor, no fue deseo, fué instinto, fué reconocimiento. Fue el deseo de proteger.


EPILOGO

Las estaciones pasaron como hojas arrastradas por el viento. En algún rincón del tiempo, Any Wetherby vivió, luchó, amó… y ardió como solo arden quienes nacen para cambiarlo todo. Su existencia no fue larga, pero fue intensa, inmensa, inolvidable.

Y en el corazón de Kiyoka Kudou, su nombre nunca fue un susurro. Fue un eco. Un rugido silencioso que habitó cada decisión, cada negación, cada noche en vela en la casona de los recuerdos.

Durante años, nadie lo entendió. Lo vieron volverse frío, exigente, temido.

"Un comandante imposible", decían.

"Un hombre que no se compromete con nadie."

"Todas sus candidatas huyen al tercer día."

Pero nadie sabía lo que él esperaba en cada rostro. Nadie imaginaba que buscaba una mirada que encendiera el alma. Una voz que desarmara la muralla. Un gesto simple… que le hiciera creer que, por un instante, no estaba solo.

Pasaron siete años. Y un día como cualquier otro, con el mismo cansancio antiguo, Kiyoka aceptó reunirse con la nueva propuesta de compromiso. No por ilusión, no por esperanza. Por deber, por resignación.

Miyo Saimori llegó sin levantar la mirada, caminaba como si no mereciera el suelo que pisaba, frágil. Silenciosa. Quebrada por dentro, pero al levantar los ojos… Kiyoka lo sintió. Ese temblor sutil en el pecho, esa voz muda que le gritaba desde lo profundo:

"Protégela."

Porque, por un segundo, le pareció ver a Any. No en el rostro, no en el cuerpo. En el dolor contenido. En la dignidad herida y algo en él, que creyó muerto, despertó.

No era reemplazo, no era olvido. Era un nuevo comienzo, un puente entre lo que fue… y lo que podía ser.

Any nunca sería borrada. Ella fue el incendio. Pero Miyo… Miyo sería la brasa que quedaba. Y en esa llama suave, distinta, Kiyoka se permitió volver a ser hombre. Volver a sentir, volver a construir, no sobre cenizas. Sino sobre memoria, porque cuando un amor verdadero se va, no muere. Cambia de forma. Se transforma en impulso. En guía, en fuerza. Y allá, en el viento, cada vez que Kiyoka avanzaba con Miyo a su lado, una voz suave lo acompañaba: "No apagues esto todavía."

 
 
 

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Los Diarios de la Boticaria

 

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