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Mi DON ES TUYO (FanFic Mi Feliz Matrimonio) Capítulos 11~17

  • Foto del escritor: Anita Pizarro
    Anita Pizarro
  • 20 ago 2025
  • 33 min de lectura

Actualizado: 21 ago 2025



Capítulo 11: No volví por ustedes. Volví por mí.

La alerta llegó al amanecer. Un grupo de vigía reportó actividad espiritual anómala en el valle de Yakusei, una zona remota que servía de ruta entre escuadrones. No era el primer brote, pero este no se parecía a los anteriores. Había movimiento. Ruido. Oscilaciones de energía inestable. Y por primera vez… no solo aparecían criaturas.Había presencia humana… controlando. Guiando.

La misión fue declarada de nivel medio-alto. Se eligió un grupo reducido.Entre ellos: Corwin, Zuhaki… y Kiyoka, al mando.

Any se presentó en la sala de mando sin previo aviso. Entró con su uniforme ajustado, cabello recogido, mirada decidida. El silencio fue inmediato. Corwin fue el primero en hablar.


—¿Vienes a entregar un mensaje?

—No.—Su voz fue firme, sin grietas. —Vengo a ser parte del escuadrón.


Un par de superiores intercambiaron miradas incómodas.


—No estás en rotación activa, señorita Any. No desde…

—Desde que creyeron que necesitaba ser protegida de mí misma —interrumpió ella—. Pero he entrenado. He leído. He esperado. Y hoy, no pienso quedarme al margen.


Zuhaki abrió la boca, sorprendido. Corwin… sonrió con una ceja alzada. Y Kiyoka…Kiyoka la miró con una mezcla de orgullo silencioso y miedo feroz. Miedo de que ahora… ella ya no lo necesitara para brillar. El comandante asintió lentamente.


—Queda bajo el mando de Kudou. Decida usted si la integra… o no.


Kiyoka tragó en seco. La miró. Y supo que si la negaba, no la vería volver nunca más.


—Bien —dijo—. Se unirá al grupo central.


El bosque del valle de Yakusei era más espeso de lo que recordaban. La neblina se enroscaba entre las ramas como hilos vivos. Todo estaba cargado. Incluso la tierra bajo los pies. Any marchaba en el centro, con su energía bien contenida, los ojos atentos. Corwin caminaba a su lado, con expresión relajada.


—¿Estás nerviosa? —susurró.

—No —respondió—. Estoy lista.

—¿Y Kudou? ¿Lo estás haciendo por él?


Ella lo miró de reojo.


—No volví por ustedes. Volví por mí.


Entonces sucedió. Desde el norte, una fisura espiritual se abrió sin previo aviso. Una criatura de energía oscura —retorcida, rápida, violenta— emergió como una sombra viva. Era más veloz que las anteriores. Más inteligente. Y no atacaba al azar… iba directo a los canales mágicos del escuadrón.

Kiyoka gritó:


—¡Formación uno! ¡Corwin, cubre el flanco! ¡Zuhaki, conmigo!


Pero antes de que pudieran reagruparse, una ráfaga de la criatura impactó cerca del canal de contención. Any no dudó. Saltó fuera de la línea. Activó el sello de su brazo —un conjuro que llevaba meses practicando en secreto— y lo liberó en pleno centro de la criatura. El campo de contención estalló en un destello azul. La criatura gritó. Se desestabilizó. Corwin la selló. Zuhaki la inmovilizó. Todo en menos de siete segundos. Cuando el silencio volvió, todos estaban de pie. Salvos. Y en el centro, con el cabello revuelto, el sello aún brillando en su brazo… estaba Any.


Kiyoka la miró. Sin palabras. Sin poder moverse. Ella lo miró también. No con desafío.Ni con ternura. Sino con plena conciencia de quién era. Una mujer que ya no necesitaba demostrarle nada a nadie.

Esa noche, en el informe, el comandante leyó en voz alta:


—“El desequilibrio fue neutralizado gracias al uso no registrado del sellado Kan’nou. Activado por la agente Any M. Tiempo de reacción: 3.2 segundos. Sin bajas. Sin heridos.” —Hizo una pausa, luego miró al grupo reunido. —Felicidades. Todos cumplieron. Pero hoy…alguien volvió a nacer en el campo.


Después, en el pasillo, Kiyoka la alcanzó. No con autoridad. No como su superior.

—Any…


Ella se detuvo.


—Lo hiciste increíble —murmuró.

—Lo hice porque tenía que hacerlo.

—Lo sé.


Ella se quedó callada un momento.


—Gracias por dejarme entrar —añadió.


Él negó con la cabeza.


—No te dejé entrar, Any. Volviste sola.


Ella sonrió apenas. Y siguió caminando. Y Kiyoka… la vio alejarse como nunca antes. No como la joven que había salvado. Sino como la mujer que ahora sabía salvarse sola.


La lluvia había vuelto esa noche. No en forma de tormenta, sino como un susurro suave sobre los techos, como si el cielo quisiera lavar algo sin hacer ruido. Any caminaba sola por el pasillo de los jardines interiores, su capa liviana empapándose poco a poco. No le importaba. La humedad en la tela era menos incómoda que el silencio entre ella y él. Sabía que la estaba siguiendo. No porque escuchara sus pasos, sino porque sentía su respiración, contenida, como siempre que no sabía qué decir. Se detuvo junto a uno de los faroles de piedra.


—Si vas a hablar, que sea ahora —dijo sin girarse.


Kiyoka se detuvo también, a tres pasos de ella. No más cerca.


—¿Puedo?

—Ya preguntaste. Habla.


Hubo un silencio largo. La lluvia acompañaba. La noche no apretaba. Solo dejaba espacio.


—Cuando activaste el sello… —comenzó él— no pensé en órdenes, ni en reglas, ni en consecuencias. Solo pensé en cómo me sentí cuando vi que podías protegernos a todos. Incluyéndome. Any sonrió apenas. No por orgullo, sino porque sabía que le había costado decir eso.


—Por fin me viste.

—No —corrigió él—. Te vi siempre. Solo que no supe verte bien.


Ella se giró.


—¿Y ahora?


Kiyoka tragó saliva.


—Ahora… ya no sé si tengo lugar a tu lado.


Any lo observó en silencio. Sus ojos ya no estaban llenos de rabia, ni de dolor, ni siquiera de ternura. Eran claros. Serenos.


—No te voy a dar el mismo lugar, Kiyoka —dijo con firmeza—. Porque no quiero lo de antes. Quiero lo que viene después.

Él asintió. No pidió explicaciones. Ella dio un paso más cerca. No lo tocó.

—Estoy dispuesta a hablar. A ver si podemos construir algo con lo que aún quede en pié. Pero no corro más detrás de ti. Ni cargo más con tus silencios. Si quieres quedarte, aprende a estar.


Kiyoka no respondió de inmediato. Solo dijo lo único que tenía valor:


—¿Puedo empezar desde cero?


Ella lo miró. Y por primera vez en mucho tiempo, no le cerró la puerta en la cara.


—Empieza. Si sabes esperar, verás si aún estoy al final del camino.


Mientras tanto, en la sala de Los altos mandos de la milicia discutían sin necesidad de ocultarse.


—¿Cómo se llama la joven?

—Anastasia.

—¿Tiene antecedentes familiares útiles?

—Ella viene de una familia influyente y con dones espirituales, pero siempre fue vista como “la desviada”, la no deseada, la distinta…  Pero… tiene control de nivel intermedio sobre sellos superiores. Y ejecutó uno en combate con éxito total. ¿Vieron el expediente de su entrenamiento? Es…

—¿Recomendada por Kudou?

—Negativo. Actuó por cuenta propia.

—Interesante.


Una carpeta fue cerrada. Un nombre fue marcado. Y así, por primera vez, Any ya no era la sombra de Kiyoka. Era un nombre propio entre los informes. Corwin recibió la noticia como quien escucha que un pez ha aprendido a volar. Desde la distancia, vio cómo Kiyoka hablaba con ella bajo la lluvia. No como antes. No con autoridad. Sino con esa torpeza honesta que él nunca había necesitado usar. Y eso lo irritaba más de lo que esperaba.


—Así que vuelve a hablarle… —susurró para sí mismo—.Después de todo lo que fue.


No tenía celos. Tenía miedo. Porque por primera vez, ella podía elegir.Y no necesitaba elegirlo a él.

Esa noche, Any no lloró. No por amor. No por rabia. No por nada. Solo durmió. Porque al fin… sentía que el peso del mundo ya no le colgaba de los hombros sola.

 


Capítulo 12: No somos los mismos. Y eso… también duele.

El clima en el cuartel había cambiado. No solo en el cielo, que anunciaba tormenta. También en el aire, en las conversaciones en voz baja, en los ojos que evitaban el contacto.

Desde hacía días, los sensores espirituales captaban señales intermitentes al norte: pulsos de energía vieja, distorsionada, como si alguien intentara manipular portales ya sellados. Pero aún no había órdenes. Solo tensión.

Mientras tanto, en una esquina menos vigilada del jardín, Any practicaba movimientos de sello lento. La manga de su uniforme arremangada. El brazo izquierdo expuesto. La cicatriz seguía allí, fina y blanca. Pero ahora, ya no era una vergüenza. Era una parte de ella que no necesitaba ocultar. Kiyoka se acercó en silencio, no para interrumpir. Solo para mirar. Ella notó su presencia, pero no se detuvo. Trazó un círculo. Abrió los dedos. Canalizó. El sello brilló. Controlado. Bello.


—Lo has pulido —murmuró él.

—No por ti —respondió ella, sin dureza—. Por mí.


Él asintió, sin pedir más.


—¿Te molesta si practico aquí?

—No —dijo ella, finalmente mirándolo—. Si vienes como compañero. No como sombra. No como deuda. 


Kiyoka desenrolló su cinta de energía con manos lentas. Y juntos… practicaron. No hablaron más. Pero el silencio ya no pesaba. Construía. 


En la sala de estrategia, mientras tanto, los altos mandos analizaban informes.

—Pulsos irregulares cerca de la región de Kuromatsu —dijo Zuhaki—. Patrullas de reconocimiento están siendo desviadas. Y más de una unidad ha fallado en reportarse a tiempo.

—¿Puede tratarse de interferencia?

—No. Es deliberado. Y alguien está saboteando desde dentro.


Un nombre surgió entre murmullos. Corwin.


—Demasiado conocimiento sobre rutas selladas. Acceso privilegiado a registros antiguos.Y últimamente… demasiado aislado. 

Pero aún no había pruebas. Solo sospechas Y Corwin… sabía que lo estaban observando.

Esa noche, mientras Any organizaba sus informes en la pequeña sala de archivos, Corwin apareció en la puerta. No pidió permiso, Solo apoyó el hombro en el marco y habló.


—Te estás acercando a él otra vez.


Any no respondió. Guardó un pergamino y Luego otro.


—Y no me molesta por celos —continuó él—. Me molesta porque no puedo competir con alguien que ya te rompió… y aún así tiene tu atención.

—¿Eso es lo que crees? —dijo ella, alzando la vista—. Que esto es una competencia.

—Tú no —respondió—. Pero él sí. Kiyoka no sabe amar sin ganar.


Any apretó la mandíbula.


—Tú no sabes amar sin esconderte detrás de tu sarcasmo.


Silencio.


—¿Por qué estás aquí, Corwin?

—Porque ya no quiero quedarme mirando desde lejos. Porque si algo va a romperse otra vez… quiero estar en medio. No después.


Ella bajó la mirada. El peso de sus palabras no era violento. Era honesto Y eso… la confundía más.



Días después, llegó el mensaje oficial:

“Actividad espiritual confirmada en el perímetro norte. Misión de intercepción autorizada. Comandante a cargo: Kudou. Asistentes: Corwin, Zuhaki, Anastasia W..”

El triángulo volvía al campo.

Pero ahora… todos llevaban algo que antes no tenían.

  • Kiyoka, la humildad de quien quiere reparar.

  • Any, la fuerza de quien ya no es víctima.

  • Y Corwin… la sombra de un secreto que aún no ha dicho del todo.

Y entre ellos, al fondo del mapa… una amenaza que aún no tiene rostro. Pero que los va a poner a prueba. A todos.


El bosque de Kuromatsu era un lugar maldito. No por superstición, sino por experiencia. En ese bosque se habían sellado fuerzas antiguas, rituales prohibidos, y restos de prácticas que el Imperio había querido enterrar. Pero la magia… nunca se olvida, solo espera.

La unidad se movía en silencio entre los árboles. Zuhaki a la vanguardia. Corwin por el flanco izquierdo. Kiyoka al centro. Any… al final de la línea. Observando. La tensión se sentía en los cuerpos. En las manos crispadas sobre los sellos. En las miradas que evitaban tocarse. Porque esta vez, lo que estaba en juego no era solo una victoria militar. Era ver si el otro aún estaba allí… cuando todo se quebrara.

El ataque no fue repentino, fue exacto. Una ráfaga espiritual de origen desconocido rompió el silencio y atravesó el escudo de vanguardia sin previo aviso. Zuhaki gritó:

—¡Retaguardia, compacten línea!

Pero era tarde. Una figura emergió entre la niebla. No era una criatura, era humana o había sido. Vestía un kimono antiguo, los ojos cubiertos, y en sus brazos, una corona de sellos tatuados que brillaban con una energía corrompida.


—¿Quién activa sellos sin permiso imperial? —rugió Kiyoka, desenvainando—. ¡Identifíquese!


La figura solo sonrió Y atacó. El impacto fue devastador. Sellos distorsionados fueron lanzados como cuchillas invisibles. Any apenas alcanzó a trazar un escudo antes de ser empujada contra un árbol. Corwin bloqueó un segundo ataque con su sable espiritual. Zuhaki cayó de rodillas, sangrando Y Kiyoka… Kiyoka se lanzó de frente. 

La batalla fue rápida y sucia. El atacante no usaba lógica, solo poder bruto, viejo, inestable. Y en medio del caos, cuando el enemigo lanzó un sello negro directamente hacia Kiyoka, Any se interpuso.

—¡No! —gritó él. 

Pero era tarde.  La energía la envolvió Y por un segundo, todo se volvió luz. Cuando el destello cesó, Any estaba de pie. Rodeada de una barrera de energía que no era suya, era ancestral. Familiar. Sus ojos brillaban, no de miedo de verdad.



—Es un sello de mi linaje —dijo, mirando al enemigo—. Solo uno de sangre directa puede activarlo.


Kiyoka la miró, atónito.


—¿Tú…?

—Vengo de una familia con más poder del que quise cargar. Pero hoy… lo tomo.


Ella levantó las manos. Trazó un círculo y selló al enemigo en un campo de contención absoluto. Fue como cerrar una puerta que llevaba siglos entreabierta. Silencio. Caída. Oscuridad. Y luego… respirar. 

Kiyoka corrió hacia ella. Corwin lo siguió. Ambos se detuvieron frente a ella, temblando, sucios, heridos… pero vivos. 


—¿Estás bien? —dijo Kiyoka, acercándose con el alma en los ojos.

—Sí.

—Any… ese sello… nadie sabía que…

—Porque nunca quise que lo usaran contra mí —interrumpió ella—. Pero tampoco quiero esconderme más. Corwin apretó los labios.

—Eres… otra persona.

—No —dijo ella—. Siempre fui esta. Solo que ahora no me disculpo por serlo.


Esa noche, el informe fue silencioso. Zuhaki con el brazo vendado. Kiyoka y Corwin cubiertos de lodo seco. Any… intacta. Y esta vez, en boca de todos, su nombre no era un susurro. Era un faro. Una nueva fuerza. No por quién la entrenó. Sino por quién decidió ser.

 


Capítulo 13: Cuando todo se rompe afuera… lo cotidiano se vuelve sagrado.

Los días que siguieron al sellado de Kuromatsu no fueron de descanso. Los altos mandos enviaron informes secretos al Ministerio Espiritual. Los sensores de todo el país fueron reajustados. Y, en medio de eso, una carta llegó. No a Kiyoka. No al cuartel. A ella. Con el emblema de su familia impreso en tinta negra. Any la leyó sola, en su cuarto. La caligrafía era impecable. Las palabras, frías.


“Nos honra saber que el sello fue despertado con éxito. La línea de sangre ha sido reconocida oficialmente. Estás convocada a presentarte en la Residencia Principal el próximo ciclo lunar.  Abstente de usar el sello sin aprobación superior.Firmado: El Consejo Familiar Wetherby”


No había una sola palabra de afecto. Ni una felicitación. Solo orden y derecho. Como si ella fuera una herramienta que habían recordado poseer. Cerró la carta. Y la dejó sobre la mesa, como quien deja una herida abierta sin vendar. No lloró. Pero se sintió más huérfana que nunca.

Ese mismo día, Corwin la encontró sentada en los escalones traseros del dojo, sola, con el sello oculto bajo la manga otra vez. Se sentó a su lado, sin pedir permiso.


—¿Quieres que me vaya?

—Si te fueras cada vez que quiero estar sola, te habrías ido hace meses —dijo ella con una sonrisa apagada.


Corwin no sonrió.


—Solo quiero que sepas algo.


Ella lo miró.


—No te amo porque seas fuerte. Te amo porque vi cómo luchabas antes de saber siquiera cómo defenderte.


El silencio cayó como una hoja.


—Corwin…

—No quiero respuesta. No estoy declarando nada. Solo… dejándome en paz.


Ella lo miró con ternura. Y por primera vez, sin culpa.


—Gracias —dijo—. Por no ponerme una deuda emocional encima.


Él se encogió de hombros.


—No soy tan noble. Solo… ya no tengo fuerza para seguir callando.


Se levantó. Y se fue. Any se quedó en los escalones. Y pensó en cuántas formas hay de amar… y cuán pocas de quedarse. Al caer la tarde, fue Zuhaki quien la buscó.


—Kiyoka está en los invernaderos —dijo con tono casual—. Dice que van a marchitarse las plantas si nadie vuelve a regarlas.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?


Zuhaki sonrió.


—Dijo que tú eras buena con lo frágil.


El invernadero estaba tibio, húmedo, con el aire lleno del olor dulce de tierra y hojas. Kiyoka estaba agachado, limpiando las hojas de una planta de té blanco con movimientos lentos y cuidadosos. Cuando ella entró, él no la miró. Pero la reconoció con el cuerpo entero.


—Llegaste tarde. Ya regué las de la derecha.

—Siempre regabas solo. No sé por qué esperabas ayuda ahora.

—No esperaba. Solo… no me molestó la idea de compartirlo.


Any se arrodilló junto a otra planta.


—¿Qué es esto?

—Loto azul. Solo florece una vez al año. Y no soporta el ruido.


Ambos trabajaron en silencio. Codo a codo. Sin tensión. Kiyoka se movía como quien quiere cuidar algo que se rompió antes. Ella… como quien empieza a confiar en que no todos los silencios son abandono.



—¿Qué harás con la carta? —preguntó él, suave.

—No lo sé.

—¿Qué quieres hacer?


Ella lo miró. Los ojos brillando.


—Quiero… poder quedarme donde no tengo que pedir permiso para ser yo.


Kiyoka dejó la regadera. La miró con una mezcla de respeto y melancolía.


—Aquí, no tienes que pedir nada.


Un suspiro se quedó atrapado en su garganta.


—¿Y si un día ya no sé quién soy?

—Entonces te lo recordaré —dijo él, bajito—. Aunque no me mires. Aunque no me ames.


Y por primera vez desde todo lo que los rompió, ella apoyó su cabeza en su hombro. Solo eso. Sin promesa. Sin declaración. Y él… no se movió. Porque eso, para él, fue todo.

Esa noche, en la sala de mando, llegaron nuevos informes. Otro sello había sido activado. Pero esta vez… por alguien no autorizado. Y en la zona sur… una grieta dimensional había comenzado a abrirse. La guerra espiritual que tanto habían querido evitar… ya había comenzado.

El informe llegó al anochecer. Urgente. Crudo. Sin adornos.

“Actividad espiritual creciente en el flanco sur.  Sellos antiguos quebrados por fuerzas externas. Grieta dimensional en expansión. Confirmada interferencia humana.”

Nadie se sorprendió. Solo asintieron. Como quien ya sabía que algo viejo y oscuro se había despertado… y no tenía intención de volver a dormir. 


—Nos vamos en dos horas —dijo Kiyoka con la voz baja, pero firme—. Misión de contención. No de enfrentamiento. No buscamos héroes. Solo cerrar lo que alguien abrió.


Miró a Any, luego a Corwin. Ambos asintieron. El silencio entre ellos ya no era de tensión. Era como una cuerda estirada. Tensa, sí… pero aún entera. El terreno era seco, abierto, sin árboles. Demasiado distinto de los bosques del norte. Y al fondo, como una herida viva en la tierra, la grieta. No era grande, Pero palpitaba y lo que salía de ella… no era solo magia. Era memoria. Fragmentos de imágenes pasaban flotando en el aire como espejismos: Rostros. Voces. Cosas que no debían estar ahí.


—No es una fisura común —murmuró Any, acercándose—. Es emocional. Es una grieta anclada al alma de quien la abrió.

—¿Eso es posible? —preguntó Zuhaki, desde la retaguardia.

—Sí —respondió Corwin, esta vez sin ironía—. Pero para abrir algo así… tienes que estar quebrado por dentro.


El ritual comenzó. Any tomó el centro. Kiyoka cubría el flanco izquierdo. Corwin, el derecho. Zuhaki, atrás, sosteniendo el escudo general. El suelo vibraba. Las memorias flotantes se volvían más intensas. Any vio una imagen suya. De niña. Llorando, sola en un salón familiar.

Kiyoka vio a su padre. Corwin… vio una silueta que ninguno reconoció. Y se quedó en silencio.


—¡Concéntrense! —gritó Zuhaki—. ¡El pulso está aumentando!


La grieta tembló. Y se abrió más. Una explosión de energía los separó. Any cayó de rodillas, el sello en su brazo brillando sin control. Kiyoka rodó por el suelo, con sangre en la frente. Corwin alzó un muro de contención justo a tiempo para protegerlos a ambos.


—¡Esto es más que una grieta! —gritó—. ¡Esto es un vínculo espiritual activo! ¡¡Alguien está al otro lado!!


Any apretó los dientes. Se levantó.


—¡Tengo que sellarlo!

—No —dijo Kiyoka desde el suelo—. No sola.


Ella lo miró.


—No es la primera vez que me enfrento a algo que me rompe. No me detengas ahora.


Y entonces… entró en la grieta. Dentro… no había tierra. Ni cielo. Solo un espacio gris, flotante, cubierto de recuerdos. Y al centro… una figura. No tenía rostro. Solo una energía oscura que se retorcía. Pero hablaba.


“Tú abriste esto.”

—No —dijo Any, avanzando—. Tú lo hiciste. Yo solo vine a cerrarlo.

“¿Y qué haces con lo que aún te duele?”


Ella apretó los puños.


—Aprendo a vivir con ello. Y no dejo que defina lo que protejo.


“¿Y a quién proteges?”


Una pausa. Un latido.


—A mí. Y a los que me ven como soy. No como deberían.


La figura chilló. La grieta tembló. Y Any activó su sello. Un círculo de luz estalló desde sus pies. Y la grieta… se cerró. No con violencia. Con decisión. Cuando volvió a abrir los ojos, Kiyoka estaba sosteniéndola. Corwin detrás. Zuhaki, aliviado.


—¿Lo cerraste? —susurró Kiyoka.


Ella asintió. Y él la abrazó. No fuerte. No desesperado. Solo… suficiente.

Esa noche, nadie dijo demasiado. Pero todos sabían algo: el mundo se estaba partiendo. Y ellos… estaban en el centro. Y Any, al fin, ya no era solo un arma. Era el sello que evitaba que todo se cayera.

 


Capítulo 14: Ahora que me quieren… ya no me necesito.


La mañana después de sellar la grieta trajo más que silencio. Trajo un mensaje oficial, con el sello de tinta roja que Any no veía desde hacía años.

Una carta. Directa. Formal. Fría como su infancia.


“Has sobrepasado tu rol actual. Has expuesto públicamente una capacidad reservada a los descendientes directos. Has manchado la neutralidad familiar con decisiones autónomas. Se te exige presentarte en la Residencia en los próximos tres días. No como ciudadana. Como hija. Como recurso.”


Any dejó caer la carta sobre el escritorio. El papel crujió. El corazón, no. Ya no. Kiyoka la encontró en el jardín, sentada junto al cerezo seco, con la carta doblada entre las manos. Ella no lo miró cuando lo sintió llegar. No necesitaba verlo para saber que era él.


—¿Lo sabías? —preguntó ella, sin girarse.

—No —respondió, con la voz más baja de lo habitual—. Pero lo temía.

—Ahora me quieren de vuelta. Ahora que no me necesito.


Kiyoka se agachó a su lado.


—¿Vas a ir?

—No lo sé. Quieren que regrese como un poder. No como persona.

—¿Y tú? ¿Qué quieres? 


Ella lo miró. Y por fin… se quebró. No con lágrimas. Con verdad.


—Quiero no tener que elegir entre ser fuerte y ser querida.


Kiyoka no respondió enseguida. Solo sostuvo su mano. Con los dedos temblando.

Como quien por fin entendía lo que estaba sosteniendo.


—Tú me mostraste lo que significa el honor —murmuró él—. Pero yo… solo supe romperte.

—No fuiste tú solo —dijo ella, sin rencor—. Fui yo… creyendo que si me amaban, por fin tendría valor.


Kiyoka apretó los labios. La mirada baja. La culpa quemando.


—Any… si alguna vez decides irte… prometo no detenerte. Solo voy a recordarte lo que eres.No para que vuelvas. Sino para que no te olvides.


Ella cerró los ojos. Y en silencio… apoyó su frente en su hombro. Ese gesto, que había sido de abandono, hoy… era de consuelo. De equilibrio. De amor que no exige.

Esa misma tarde, Corwin pidió verla. Lo hizo a través de Zuhaki, sin dramatismo.


—Está en la sala de los sellos antiguos —le dijo—. Y no está de humor para juegos.

—No vine a jugar —respondió Corwin. 


Cuando entró, Any estaba de pie frente a los estantes. No lo miró.


—¿Vienes a decirme que me quede también?


—No —dijo él, con voz firme—. Vengo a darte esto.


Le tendió una caja pequeña, envuelta en seda gris.


—¿Qué es?

—Un fragmento de sello inerte. De mi familia. Nadie puede activarlo. Nadie… excepto alguien que ya cerró una grieta con su propio espíritu. Any lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué me das esto?

—Porque si vas a ir a ese lugar, no quiero que te olvides de que ya perteneces a otro sitio. Uno que te eligió por quién eres. No por lo que heredas. Ella abrió la caja. Dentro, un trozo tallado de piedra pálida. Grabado con una flor incompleta.

—No puedo devolverte nada —murmuró ella.

—No quiero nada de vuelta —respondió Corwin—. Solo… quería darte algo que no sea una carga.


Ella guardó la caja. Y por primera vez, lo abrazó. Corto. Sincero. Sin culpa. Sin deuda.


—Gracias —susurró.


Y él… se fue. Sin mirar atrás. Porque ahora, incluso él, sabía soltar sin romper. Esa noche, frente al altar del cuartel, Any se arrodilló sola. Encendió incienso. Cerró los ojos. Y decidió. No por miedo. Ni por deber. Sino por respeto a sí misma.


“Voy a ir.”


Pero no para obedecer. Ni para volver. Sino para cerrar lo que otros dejaron abierto. Y si tenía que hacerlo… no lo haría sola.



La Residencia Principal otorgada a su familia, estaba en la cima de una colina rodeada de niebla. Piedra gris, madera negra, tejados curvados con flores marchitas talladas a mano. Era hermosa. Y cruel. Hoy, por primera vez en años, Any cruzaba el umbral no como heredera olvidada… sino como mujer despierta.


—Se te dará un cuarto de visitas. No el del ala de la familia directa —dijo la criada al recibirla.

Any no respondió. Dejó su capa mojada con calma. Y subió los escalones, escalones que le recordaron a su fría residencia en Inglaterra, escaleras donde una vez fue arrastrada por castigo. El aire olía a incienso viejo, a humedad contenida. Como si su antiguo mundo se hubiera transportado a Japón o es que el aura de su poderosa familia lo transformaba todo. Como si nada hubiera cambiado. Excepto ella.


La reunión se convocó esa misma noche. Doce personas sentadas alrededor de un tatami circular. Hombres y mujeres con el rostro inalterado. Sangre de su sangre. Miradas de hielo. En el centro, un anciano con los ojos ciegos y la voz intacta, él era su abuelo, se sorprendió al no ver a su padre, el más fiel carnicero de su abuelo no sabía si eso era bueno o malo:


—Te llam0amos por lo que hiciste. Y por lo que ahora te pertenece.

—El sello —dijo ella sin rodeos.

—El linaje.

—La carga —añadió otro—. Y el deber.


Any alzó el mentón.


—No volví para ser parte. Volví para dejar claro que no necesito su permiso para usar lo que ya es mío.


Un murmullo cruzó la sala.


—No te corresponde hablar con esa libertad —dijo una mujer—. Has estado ausente.  Deshonraste el apellido. Manchaste nuestra neutralidad sirviendo a un cuerpo militar.

—Sirvo a quienes me aceptaron como soy —respondió Any—. Ustedes nunca lo hicieron.

—¿Y esperas que celebremos que uses el don como si fuera un arma vulgar?

—No —dijo, firme—. Espero que entiendan que ya no me importa si lo hacen.

Silencio.

—Te creímos débil —murmuró el anciano—. Y te convertiste en algo que no entendemos. Eso nos asusta.

—Entonces aprendan a tener miedo. Yo lo hice. Y eso… fue todo.


No hubo reconciliación. No hubo exilio. Solo tensión. Y una grieta que empezaba a crecer dentro del Consejo familiar. 


Esa noche, en el patio interno, Any se sentó sola junto al estanque seco. Había luna, pero sin luz. El corazón tranquilo… pero sin reposo. Y entonces, escuchó pasos. No rápidos. No desesperados. Pasos contenidos.


—No pensé que vendrías —dijo ella, sin girarse.

—Y yo no pensé que me necesitarías —respondió Kiyoka.


Se sentó junto a ella. Sin contacto. Solo cerca.


—¿Cómo supiste que estaba aquí?, debería estar pasando la noche en la residencia de los Wetherby…

—No lo supe. Solo… seguí la sensación.


Ella rió suavemente. Y por primera vez en días… lloró. No de tristeza. De agotamiento. Kiyoka no dijo nada. Pero acercó su mano. Y la dejó cerca de la de ella. No la tocó. Y Any… eligió cubrirla con la suya.

Al día siguiente, Any volvió a ser convocada a la residencia y alguien más apareció. No en silencio. No con cuidado. Corwin. Entró por el portón como si siempre hubiera sido bienvenido. Y dejó su espada frente al guardia sin que se la pidieran.


—Vengo por voluntad propia —dijo al Consejo—. Y si piensan reclamarla… tendrán que decirlo frente a todos los que ella salvó.


Any lo vió desde lo alto de la escalera. Y por primera vez… se sintió protegida sin sentirse atrapada. Kiyoka también apareció en el lugar y lo observó también. Y por primera vez, no sintió celos. Sintió respeto. Porque cuando una mujer como Any elige su lugar… los hombres que valen se alinean, no compiten. Sabía que el tiempo en que podían controlarla había terminado.

El viaje de regreso no fue en silencio. Tampoco fue lleno de palabras. Fue ese tipo de trayecto donde la respiración del otro basta para no sentirse solo. Kiyoka cabalgaba al lado, atento, pero sin invadir. Corwin venía más atrás, más callado de lo habitual. No por desinterés… Sino por respeto. Any sostenía en el regazo una caja de madera tallada, entregada por el anciano líder del Consejo antes de partir. No con ternura. Con estrategia.

“Tu padre  llegará pronto. Japón ya no decide solo. Si no vas a obedecer… al menos, úsalos mejor que nosotros.”

Palabras que aún zumbaban en su mente.


—¿Qué hay en la caja? —preguntó Kiyoka, finalmente.

—Una reliquia familiar. Una herramienta de defensa espiritual… Y un símbolo de que esperan que me convierta en diplomacia con piernas.

—¿Y lo harás?

—Solo si puedo usarlo para proteger lo que ya es mío. No lo que quieren recuperar. 

Cuando llegaron al cuartel, el ambiente era distinto. Más riguroso. Más tenso. Los sellos en las puertas habían sido reforzados. Había más movimiento militar. Y una noticia esperaba sobre la mesa de la sala principal:

“El Consejo Espiritual del Reino Unido ha llegado a Japón. Delegación alojada en el Hotel Asanagi, en Osaka. Se sospecha que vienen a negociar el uso compartido de conocimiento espiritual sellado.”


—Están en territorio civil… por ahora —dijo Zuhaki—. Pero todos sabemos que cuando vienen en paz, traen preguntas… no acuerdos.


Any leyó el informe sin levantar la vista.


—¿Ya saben lo del sello?, ahora tengo a mi familia y al consejo espiritual tras de mí...

—Saben lo que vieron en Kuromatsu. Y alguien está hablando —añadió Corwin desde la puerta—. Hay espías en la frontera norte. Y probablemente… también en este cuartel.

Esa noche, Any no pudo dormir. Fue al jardín. Se sentó en las piedras frías, con la caja en las rodillas. Kiyoka la encontró allí.

—¿Abriste eso?

Ella asintió. Dentro había un medallón de obsidiana oscura con líneas que se movían como un líquido bajo el cristal.


—Este medallón representa una unión de líneas antiguas —dijo—. Una mezcla de dos clanes que jamás debieron fusionarse. Mi existencia es el error que los puso en jaque.

—¿Y qué vas a hacer con eso?

Any lo miró, cansada pero firme.

—Voy a usarlo. No para honrarlos. Para proteger a los que nunca me pidieron que cambiara. 

Al día siguiente, en una reunión confidencial, la Comandancia expuso una lista de nombres sospechosos. Espiritistas infiltrados. Intermediarios. Y entre ellos, una mujer vinculada al Consejo Británico… que había sido parte de la delegación japonesa hace dos décadas. Una mujer… que conocía el apellido de Any. Y que ahora pedía una reunión.

—¿La verás? —preguntó Corwin.

—Sí. Quiero escuchar qué historia contaron ellos sobre mí.


Esa noche, frente al altar, Kiyoka le ofreció té. Ella aceptó.


—¿Y si vuelven a usar tu nombre para controlar? —preguntó él.


Any sonrió.


—Entonces me encargaré de que aprendan a tenerle miedo.


Y por primera vez… Kiyoka no sintió la necesidad de protegerla. Solo la certeza de que, a su lado, estaba una mujer que ya no pedía permiso para cambiar el mundo.

 

Capítulo 15: No me toques como si me debieras algo… tócame como si por fin quisieras quedarte.


La noche había caído sin ruidos. Todo el cuartel dormía. Menos ellos. Kiyoka se detuvo frente a la puerta de Any sin saber si golpear, no sabía si nuevamente había rechazado el hospedaje en la residencia Wetherby o estaba allí. Pero antes de levantar la mano, ella ya lo había abierto. Sus ojos estaban cansados. Pero no evitaban su mirada.


—Quiero mostrarte algo —dijo ella en voz baja—. Pero no es fácil de ver.


Kiyoka asintió y entró sin hablar.

La lámpara estaba baja. El cuarto olía a té seco y papel. Ella se volvió de espaldas, soltó el lazo de su bata con cuidado… y la dejó deslizarse justo hasta los hombros.


—Los sellos… cuando los uso con frecuencia —murmuró—. Empiezan a dejar huellas.


Él vio. No solo las marcas. Vio la historia escrita en su piel. Trazos violetas, bordes oscuros sobre la espalda. Como si cada conjuro hubiese exigido un pedazo de su cuerpo. Kiyoka se acercó sin tocarla. Respiró cerca de su cuello. Y finalmente, con la yema de los dedos, rozó una de las marcas.


—Eres hermosa —susurró—. Así. Justo así.


Con cuidado, bajó un poco más la tela, revelando su espalda desnuda. No con deseo apresurado. Sino con reverencia. La abrazó por la espalda. Hundió el rostro en su cuello. Y cerró los ojos. 


La imagen de ella en el suelo, aquella vez que la hirió, lo golpeó con violencia. Sintió el nudo en el estómago. El ardor de la culpa en el pecho. Se separó. Dio un paso atrás. Y se volteó, mordiéndose el labio. Pero entonces… Any lo abrazó por detrás.


—No me dejes sola esta vez —le dijo al oído.


Sus manos subieron lentamente por sus fuertes hombros. Lo rodearon. Lo reclamaron sin exigencia. Ella le deslizó la bata con suavidad y beso su espalda. Kiyoka se giró. Y por primera vez, la besó sin miedo. Fue un beso contenido, profundo, lleno de todas las palabras que no sabía decir. Sus labios se encontraron como si buscaran perdón, y terminaran encontrando hogar.

Ella dejó caer su bata del todo. Su cuerpo temblaba. Pero no por miedo. Sino porque algo sagrado estaba por romperse. No ella. Sino las barreras que había construido para no sentirse vulnerable. Kiyoka bajó la mirada. Sus ojos recorrieron su piel como si estuviera ante una ofrenda.


—Aquí… —susurró él, inclinándose— Aquí guardaste todo lo que te dolía.


Y besó su cicatriz. No con piedad. Con una devoción muda. Como si el roce de sus labios pudiera revertir el pasado. Any cerró los ojos. Sintió el calor de su boca, y después, el olor de su cabello al inclinarse hacia ella: limpio, seco, con ese aroma tenue a incienso y té que siempre lo acompañaba. Sus manos fueron hacia su cintura. Rozaron los músculos de su espalda, fuertes y tensos. Y al sentirla tocarlo, él exhaló como si por fin soltara el aire de meses enteros.

Se deslizaron hasta el futón, aún besándose. Sin apuro. Sin urgencia. Solo presencia. Sólo ellos.

Kiyoka la miró como si fuera la primera vez. Y la tocó como si el mundo fuera a romperse si no la honraba.

Any sintió un escalofrío al sentirlo rozar su piel desnuda con los labios. Se estremeció con cada caricia lenta. Sus piernas comenzaron a buscar las de él. No con desesperación. Con ese anhelo suave que tienen las almas cansadas de esperar. Se entrelazaron apenas, como queriendo probar que era seguro hacerlo. Sus cuerpos se acercaron del todo.

Kiyoka besó su cuello, sus clavículas. Descendió por su pecho con besos lentos, tibios, movió su lengua suave por sus pezones, su cuerpo tenía un sabor celestial, le dió un pequeño mordisco que le nació del alma hacerlo y cuando la sintió estremecerse, levantó el rostro.

—¿Te duele?


Ella negó, con los ojos brillantes.


—Me asusta lo hermoso que se siente.


Él apoyó la frente contra la suya. La acarició por dentro de los muslos con la mano temblorosa, como si pidiera permiso en cada roce, Y luego… la llenó. Fue lento. Fue real. Fue nuevo. El cuerpo de Any se arqueó por el primer contacto, El dolor la tocó, pero no la dominó. Porque el amor la sostenía Y el deseo la envolvía al sentir el tibio cuerpo de Kiyoka sobre ella.

Kiyoka la miró todo el tiempo. Acarició su mejilla mientras se movía dentro de ella. El movimiento fue suave, íntimo y largo. Se buscaron con la mirada, con la piel, con el alma.

Y cuando la vio temblar, murmuró:


—No voy a irme. No voy a dejarte. No después de esto.


Las manos de Any se enredaron en su espalda. Su boca buscó la de él. El beso fue profundo, lento, ardiente. Sus pieles rozaban como seda tensa. Sus respiraciones se entrecortaban. Los dedos de ella se aferraban a sus hombros. Los de él, a su cintura. El calor los envolvía. Y el mundo… simplemente desapareció.


Cuando terminaron, no hablaron. Solo se quedaron abrazados. Él con su brazo bajo su nuca. Ella con la cabeza en su pecho, escuchando su corazón, como si ahora fuera el único sonido que necesitara. Durmieron así. Como quienes han perdido una guerra… y ganado un hogar.

El primer rayo de luz filtró la habitación sin pedir permiso. Trazó líneas cálidas sobre la madera del suelo, el futón extendido, y los cuerpos enredados bajo las sábanas blancas.

Any fue la primera en abrir los ojos. Y lo vió, a él. A Kiyoka, dormía con el rostro vuelto hacia ella. El cabello ligeramente revuelto, la respiración tranquila y las facciones relajadas, sin el peso del mando, del deber, del dolor.  Era hermoso. Pero no por la forma en que la luz tocaba su piel… Sino porque por primera vez, ella podía verlo sin miedo.

Solo ella lo había visto así. Desnudo de espinas. Desnudo de pasado. Un leve temblor de ternura le recorrió el cuerpo. Y justo entonces… Kiyoka abrió los ojos.

Ella se congeló. Él parpadeó una vez, la miró… Y ambos se sonrojaron al mismo tiempo. Any, con un pequeño jadeo nervioso, hundió la cabeza bajo las sábanas, cubriéndose hasta la coronilla. Kiyoka soltó una risa suave. Se talló el rostro con una mano.Y luego, la abrazó por encima de la sábana, acercándola contra su pecho. Ella no se movió al principio. Pero cuando sintió su brazo firme envolverla, su corazón estalló en un calor dulce.


—Buenos días… —murmuró él, con voz aún ronca por el sueño.

—No mires… —respondió ella desde abajo, ahogada entre tela y vergüenza.

—Creo que ya es muy tarde para eso.


Any soltó una risa sofocada. Kiyoka bajó la cabeza, apoyó los labios en lo alto de su coronilla, y respiró hondo.


—Esto… —susurró—. Esto fue real, ¿verdad?


Ella asintió bajo las mantas. Y luego emergió, apenas, con los ojos brillando.


—No fue perfecto… —dijo—. Pero fue nuestro. Y fue hermoso.


Kiyoka alzó la mano y le acarició la mejilla.


—Lo volvería a elegir. Cada vez.


Sus cuerpos comenzaron a acercarse otra vez. Las piernas se rozaron. Las manos se buscaron. Y los labios se encontraron una vez más. El beso fue más profundo esta vez. Más lento. Más íntimo. Sus cuerpos se enredaron, aún desnudos, con el calor volviendo a encenderse… hasta que—


¡BOOOOM!


Una explosión retumbó a lo lejos. Siguió un segundo sonido: la alarma general del cuartel.

Ambos se separaron como reflejo. Any se cubrió. Kiyoka se quedó mirando el techo, mordiéndose el labio.


—…No puede ser.

—¿Ahora?

—Justo ahora.


Any se levantó como pudo. Corrieron al baño, riendo bajo el apuro. Compartieron la ducha con torpeza y risas mal disimuladas, empujones suaves, miradas que aún ardían de la noche anterior. Y media hora después… Entraban juntos a la sala de estrategia. Recién bañados. Cabello húmedo. Uniformes puestos al revés (al menos al principio). Miradas al suelo para no estallar en risa.


Zuhaki los miró, alzó una ceja. Corwin bajó la mirada con una sonrisa sutil y resignada. Una soldado de inteligencia murmuró: “Ya era hora…”


Pero nadie dijo nada. Porque lo que vieron en sus rostros —pese al caos, pese al rubor— era paz.


Y cuando se sentaron uno al lado del otro, las manos rozándose debajo de la mesa,la tensión del día no desapareció… Pero ahora, sabían que juntos, podían sostenerla.



Capítulo 16: El amor me fortalece…

Horas después de la alarma, la sala de estrategia se convirtió en una cámara sellada.

El comandante colocó el proyector de sellos sobre la mesa y lo activó. Un mapa tridimensional del distrito de Osaka se alzó en el aire, temblando ligeramente por la interferencia espiritual.


—El Consejo Británico se aloja en el Hotel Asanagi. Planta 7. Seguridad espiritual moderada. Protección civil fuerte. No vinieron a descansar. Vinieron a observar…y quizá, a negociar con alguien que no somos nosotros.

Kiyoka cruzó los brazos.


—¿Con quién?

—Aún no lo sabemos —respondió Zuhaki—. Pero lo sabremos esta noche. Hay una reunión no oficial. Muy privada. Y nosotros estaremos ahí. Corwin, al otro lado de la mesa, alzó una ceja.

—¿Nos infiltramos?

—Nos infiltramos —confirmó el comandante—. Kudou, Corwin y Any. Los tres con autorización parcial de disfraz, sin escudos personales activos, para evitar disparar alarmas.

Any asintió sin dudar. No tenía miedo. Tenía una razón. Su nombre ya estaba en juego. Era hora de saber quién lo estaba usando.

La noche cayó sobre Osaka como una tinta negra con luces doradas. Las torres brillaban. El Hotel Asanagi emergía en el centro como una joya de cristal sellado. Any usaba un vestido oscuro, elegante, con una capa corta que cubría parte del medallón bajo su pecho. Kiyoka llevaba ropa civil, sobria, con un emblema falso bordado en el cuello. Corwin, con sonrisa relajada, lucía como si perteneciera allí por naturaleza. Parecían parte de la delegación. Y eso… era su mejor arma.

El interior del hotel era opulento: lámparas de cristal, alfombras gruesas, sellos de vigilancia ocultos tras obras de arte. Pero Any no miraba eso.

Ella observaba los ojos. Las expresiones. Las pausas en las conversaciones. Y entonces… la vió. La mujer del informe.

La misma que conoció a su familia. La que había estado vinculada al Consejo japonés dos décadas atrás. Ahora hablaba con dos hombres de trajes británicos, gesticulando con tensión. Corwin se inclinó discretamente:


—Ella tiene información. Pero no se siente segura.

—Yo haré que lo esté —dijo Any. Y se acercó.



La conversación fue breve. Precisa. Y peligrosa.

—No deberías estar aquí —susurró la mujer, al reconocerla.

—Tampoco usted —respondió Any, firme—.¿Qué vinieron a negociar?

—Poder —murmuró la mujer—. Pero no espiritual. Poder político. Quieren formar una red independiente… con descendientes como tú. Fuera del control imperial.


Any sintió que el corazón se le apretaba.


—¿Y usted?

—Yo… solo abrí la puerta. Pero ahora tengo miedo de lo que viene detrás. Hay personas que posee un poder maligno que no debería ser usado con propósitos personal y tu pa—


Antes de que pudiera decir más, una ráfaga espiritual barrida cruzó el salón. Kiyoka se colocó frente a Any de inmediato. Corwin se deslizó a su lado.

Un hombre con una túnica oscura en la espalda del salón los observaba. No sonreía. No atacaba. Solo los marcaba con la mirada.


—Nos vieron —susurró Corwin—. Hora de irnos.


Salieron sin correr, sin volverse. Como si nada hubiera pasado. Pero sabían que ya no había vuelta atrás. Esa noche, el enemigo los había sentido. Y pronto… los buscaría.


La noche había regresado con el mismo manto que la víspera. Pero ahora… el silencio pesaba distinto. La infiltración al Hotel Asanagi había sido un éxito a medias: Habían salido sin ser capturados, pero el Consejo ya sabía que alguien dentro de Japón estaba desobedeciendo. La amenaza ahora era real. Y el peligro, personal.

Any estaba en la terraza exterior del edificio anexo, envuelta en una manta, mirando el cielo negro. No había luna. Solo estrellas. Y aún así, su cuerpo aún temblaba con el eco de aquella mirada extraña en el hotel.

Sintió los pasos antes de oírlos. Y cuando Kiyoka llegó, no se volvió.Solo habló.


—No deberías estar caminando solo. Podrían seguirnos.

—Y si lo hacen —dijo él, acercándose— que al menos sepan que estoy donde quiero estar.


Se sentó a su lado, sin hablar más. Any mantuvo la vista al frente.Pero su cuerpo inclinó el peso, apenas, hacia el suyo.


—¿Crees que esto termine pronto?

—No.

—Yo tampoco.


Un silencio largo. Cálido. Kiyoka fue el primero en hablar otra vez.


—Esa mujer… ¿sabía quién eras?

—Sí. Y creo que sabía más de mi familia que yo misma y los planes que desean para mí.

—¿Quieres saberlo?

—Quiero elegirlo. No que me lo impongan.


Él asintió.


—¿Y si el mundo que quieren construir te pide que te vayas?


Any lo miró por fin. Sus ojos eran una mezcla de firmeza y tristeza.


—Entonces… quiero que tú me ayudes a no olvidarme de quién era antes de irme.


Kiyoka la miró. Y esta vez, no hubo deseo, ni necesidad. Solo amor. Puro. Silencioso. Firme.


—No sé si soy lo que necesitas —susurró él—. Pero si te vas… no quiero que lo hagas sin saber cuánto te he estado eligiendo. Cada día. Incluso cuando no supe cómo quedarme.


Any se acercó. Apoyó la cabeza en su hombro. Sintió su respiración cerca.El calor de su cuello. El olor a papel, a madera, a piel que ya reconocía como refugio.


—Te estoy eligiendo también. Solo que aún me da miedo hacerlo en voz alta.


Él no respondió. Solo deslizó su mano hasta la suya, y entrelazó los dedos. Lento.Seguro. Así se quedaron, sin decir nada más. Porque a veces no hay que construir certezas… solo quedarse donde uno ya sabe que quiere volver.



Todo comenzó con una carta sin firma. Colocada en la bandeja de informes estratégicos. Sin sello oficial. Solo una hoja doblada, con una tinta vieja y una frase escrita con calma venenosa:


“Una de los suyos pertenece también a los otros. No olviden que los sellos más antiguos nunca fueron solo nuestros.”


El Superior del comandante leyó en silencio. Y no dijo nada. Pero el mensaje corrió como pólvora entre pasillos invisibles. A media tarde, el Consejo de Seguridad convocó a Any a una reunión discreta. No fue una acusación. Fue una insinuación.


—Sabemos que estuviste cerca de la señora Elthorne —dijo uno de los altos—.Sabemos que tu linaje se cruza con registros internacionales.

—Y también sabemos que, en menos de dos meses, has roto tres sellos de alto nivel sin autorización previa —añadió otro.


Any los miró sin miedo.


—¿Qué están insinuando?

—Nada aún. Pero queremos que comprenda… que en tiempos de guerra, no podemos permitir lealtades divididas.


Ella se puso de pie. Su voz fue tan firme como la cicatriz que llevaba bajo el medallón.

—Yo no tengo lealtades divididas. Solo memorias completas.


Y salió de la sala sin esperar más preguntas. Horas después… llegaron los grotescos. Un brote repentino, cerca del acantilado de la frontera noroeste. Eran distintos esta vez, más grandes, más organizados.

Kiyoka no dudó.


—Escuadrón de respuesta inmediata. Corwin, Zuhaki, Any. Conmigo. No hay tiempo para rituales.


La batalla fue dura. Los grotescos surgían de grietas que parecían activadas por pulsos artificiales. No era solo magia… alguien los estaba guiando. Any luchó con todo.

El sello de su brazo ardía. La energía respondía con precisión, pero dejaba marcas profundas. En un momento, uno de los grotescos logró atrapar a Zuhaki. Y sin dudar, Any lo selló con su propio cuerpo entre ambos.

El impacto la lanzó varios metros hacia atrás. Kiyoka gritó su nombre. La alcanzó. La tomó entre sus brazos. Y por un segundo, el mundo volvió a ser el miedo de perderla. Pero ella abrió los ojos.


—Estoy bien… Aún no es mi turno de caer.


Esa noche… volvieron a estar juntos. Ninguno lo pidió, ninguno lo explicó. Solo fue lo que tenía que ser.


Kiyoka cerró la puerta de su cuarto. Y la miró. Ella tenía la piel marcada. Cicatrices nuevas.  Ojeras. Y aun así, nunca la había visto tan hermosa.


—Ven aquí —dijo él.


Ella caminó hacia él. Se abrazaron. Se besaron. Se desnudaron con cuidado, como si el cuerpo del otro fuera un templo recién reconstruido. Y se amaron. Más lento esta vez. Más hondo. Más callado. Kiyoka besó cada una de las nuevas marcas. Any deslizó sus dedos por su espalda, por su cuello, por su pecho. Y cuando él la sostuvo mientras se unían, ella cerró los ojos… y se permitió pensar:


“Si alguna vez tengo que morir, quiero hacerlo recordando esto. Su voz. Su calor.Este momento donde todo fue bueno.”


Pero al amanecer… algo cambió. Kiyoka dormía, abrazándola por detrás. La respiración tranquila. Any, en cambio, tenía los ojos abiertos. Y el corazón, inquieto. No por lo que había hecho. Sino por cuánto había sentido.


—Ya no puedo imaginar estar sin él —pensó.


Y esa idea… le dolió. Porque el amor la había reconstruido. Pero también… la estaba volviendo vulnerable otra vez.



Capítulo 17: El deber puede salvar la nación…


El mensaje llegó con un sello que no podía ser abierto por nadie más. Papel blanco de arroz. Tinta negra. Una sola línea:


“Kiyoka Kudou. Preséntese en la Casa Imperial al anochecer. El Emperador requiere su presencia. Y su fortaleza.”

No había firma. No hacía falta.

El camino a la Casa Imperial fue silencioso. Montañas rodeaban la estructura como guardianes antiguos. Los jardines no eran floridos: eran severos. Cada piedra estaba alineada con siglos de significado.

Lo escoltaron sin hablar. Ni un saludo. Ni una mirada. Solo al llegar al salón del espejo de agua, lo dejaron solo. El Emperador estaba allí. De pie. Frente a un estanque circular de agua quieta que reflejaba el cielo nocturno.


—Kudou —dijo con voz pausada—. No te he llamado por política. Te he llamado por verdad.

Kiyoka se inclinó profundamente.

—Estoy a su servicio, Majestad.


El Emperador no se volvió. Pero extendió la mano sobre el agua. Y allí…las visiones comenzaron a tomar forma.

No eran imágenes nítidas. Eran fragmentos. Como si el tiempo se hubiera roto en pedazos y solo quedaran los bordes afilados:

  • Una grieta en el cielo, como un rasguño de oscuridad.

  • Espíritus llorando sin cuerpo.

  • El cuartel en ruinas.

  • Una tumba sin nombre.

Y luego… Una figura femenina, de espaldas. El cabello rojo deshecho.La espalda cubierta de marcas. Sola, frente a un altar.

Kiyoka apretó los puños.

—¿Es ella…?


El Emperador cerró la mano. El agua volvió a calmarse.


—No puedo decirte a quién verás caer.  solo que para preservar el equilibrio, se pedirá un tesoro. Y a veces, el precio de ganar… es no volver con todo lo que amas.


Kiyoka tragó saliva.


—¿Puedo evitarlo?

—Tal vez. Pero no sin dolor.


Se giró por fin.


—Liderarás con el corazón. Eso será tu fuerza… y también tu peligro.


Kiyoka bajó la cabeza.


—Entonces… lucharé. Pero no para salvar la nación. Para no perderla a ella.


El Emperador asintió.


—Y cuando llegue el momento… deberás decidir si el deber es más grande que tu amor.


Kiyoka salió del palacio con el pecho tenso. La luna lo acompañaba. Pero ya no se sentía igual. Ya no era solo comandante. Era… un hombre que acababa de ver, sin ver del todo, lo que podría perder. Y su corazón temblaba con una certeza terrible:


“Ella no puede saberlo. No todavía.”


La noche la abrazaba, cálida, callada, y el agua era un espejo que apagaba todas las voces del día.

Any cerró los ojos, dejando que el calor envolviera su cuerpo adolorido. La superficie se ondulaba alrededor de su piel blanca, marcada, viva, pero aún hermosa en su vulnerabilidad.

Cantaba. Su voz flotaba, dulce, como si quisiera invocar algo que no se atrevía a nombrar. Y él llegó. Sin anunciarse. Sin decir palabra. Kiyoka se detuvo en el umbral,con los pies descalzos, el alma temblando y una certeza palpitando en el centro del pecho:ella lo sabía. Ella lo había llamado.


—Canté para que entraras —dijo ella, sin girarse.


Él la miró. Y por un instante, dejó de respirar. Su cabello flotaba en el agua como un hilo de fuego sumergido. Sus hombros, suaves. Su espalda, curvada con languidez.


El agua cubría apenas sus pechos, dibujando con luz y sombra esas formas que él ya había aprendido a adorar, pero que nunca había visto así… abiertas, desnudas, sagradas. Kiyoka dejó caer su bata al suelo, y entró al agua como quien cruza un límite antiguo. Cada paso era fuego líquido. Cada segundo, una promesa.

Se acercó. La tocó apenas. Y entonces… besó su cuello. Any cerró los ojos con fuerza. No por vergüenza. Sino porque el contacto era demasiado real. Los labios de él siguieron bajando, por el borde del hombro, hasta el hueco del pecho. Y allí se detuvo. Besó con devoción. Como quien agradece. Como quien se arrodilla sin agacharse.

El cuerpo de Any tembló. Un suspiro se le escapó. Su piel vibraba bajo la suya. Su garganta se abrió para un gemido que no era casto, pero tampoco vulgar. Era un sonido de entrega. De certeza. Kiyoka bajó suavemente sus manos desde sus senos marcados con sus anteriores besos. Y la tomó de la cintura, la guió con lentitud hasta la orilla de la alberca. La sentó con suavidad. Y cuando abrió sus muslos, lo hizo con una ternura devastadora. Como si separarlos fuera un acto de amor… no solo de deseo, Kiyoka besó el interior de sus muslos y permaneció allí.

Any tembló. El pudor encendía sus mejillas. Pero no dijo que no. No lo detuvo. Solo bajó las manos a su cabello, acariciándolo con dedos torpes, mientras él la besaba allí, en su zona más íntima, donde nadie jamás la había tocado ni explorado antes, solo él.

Su lengua se movía con una paciencia única, un estudio sagrado. Cada trazo era un poema. Cada roce, una devoción. El cuerpo de Any se arqueó hacia atrás,el agua chasqueaba suave contra sus piernas. Sus caderas se estremecían, mientras su voz escapaba de ella como un canto sin palabras. Y cuando el placer la alcanzó,lo hizo como una ola caliente y hermosa. No como algo que la rompía… sino como algo que la liberaba.

Él la sostuvo todo el tiempo. Nunca apartó la boca. Nunca dejó de amarla con esa quietud de quien no tiene prisa, porque ya lo tiene todo entre sus manos.

Después, rieron. Volvieron al agua. Jugaron como niños. Se persiguieron con manos, con miradas, hasta que el cuerpo volvió a ser descanso. Y cuando se acostaron, más tarde, ella apoyó la cabeza en su pecho, su lugar favorito en el mundo y él besó su frente. No había palabras. No había promesas. Solo ese fuego dulce y profundo… que sigue ardiendo cuando ya nadie lo mira.



 
 
 

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