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"Gracias Iguro"

  • Foto del escritor: Anita Pizarro
    Anita Pizarro
  • 30 nov 2025
  • 4 min de lectura

FanFic de Kimetsu No Yaiba



La tarde caía suave sobre la Mansión del Patrón. El viento arrastraba una brisa tibia que movía apenas las hojas de los árboles, y el silencio sereno del jardín contrastaba con la figura solitaria que permanecía sentada en el borde de la terraza.

Mitsuri Kanroji tenía las piernas colgando hacia el patio, sus manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada perdida. Su cabello rosado y verde caía abatido sobre sus hombros, sin la energía vibrante que la caracterizaba. A su lado, una enorme bolsa de tela descansaba apoyada en la madera, tensa y pesada, no tanto por su contenido como por el significado que llevaba.

Los pasos suaves de alguien recorriendo el pasillo exterior se acercaron lentamente. Obanai Iguro dobló la esquina con su andar silencioso, y se detuvo en seco al verla.


—…Mitsuri —murmuró.


La joven levantó la vista apenas, con una sonrisa diminuta que no alcanzaba a iluminarle los ojos.


—Ah… Iguro… Hola —respondió, en voz baja.


Hubo un instante de silencio. Iguro dio un par de pasos más, acercándose.


—Tu… cara. ¿Estuviste llorando? —preguntó con una mezcla de inquietud y torpeza.

—¿Yo? No, no… solo estaba pensando un poquito —intentó evadir ella, bajando la mirada.


Él no se movió.


—Mitsuri —insistió, con una seriedad suave—. No tienes que mentirme.


Ella apretó sus manos y guardó silencio. Iguro notó entonces la enorme bolsa a su lado.


—¿Y eso? —preguntó, inclinándose un poco—. Esa bolsa es enorme. ¿Qué llevas ahí?


Mitsuri respiró hondo.


—Cosas mías… No sabía dónde dejarlas. Por eso vine aquí.


Obanai se acercó aún más, bajando un poco la voz, casi como si temiera romperla.


—Mitsuri. Dime qué pasó.


Ella tragó saliva, y su voz tembló apenas.


—No quiero molestar a nadie…

Entonces él se arrodilló a su lado.


—A mí no me molestas. Nunca. Solo dime qué hay en esa bolsa… y por qué estás sola aquí.


Mitsuri, después de un segundo de duda, respondió con sinceridad tímida:


—Comida. Hice un montón, Iguro. Mucha. Quería compartirla con todos…


Él parpadeó, sorprendido.


—¿Con los otros pilares?

—Mm… sí. Pensé que sería bonito. Apenas llevo tan poco tiempo como Pilar y… quería hacer algo para que no se olvidaran de mí —admitió ella, con un hilo de voz.


Iguro bajó la mirada, sintiendo una punzada incómoda en el pecho.


—¿Están todos fuera? —preguntó.

—Sí. Todos estaban en misión. Y yo llegué con la comida lista… pero no había nadie. Solo tú.


Él levantó el rostro, y su voz sonó más grave, casi protectora.


—Eso no te da derecho a ponerte triste.


Mitsuri negó con suavidad.


—No es eso… Es que… pensé que si les traía cosas ricas podría encajar más rápido. Ser útil. Hacerlos sonreír…


Iguro apretó ligeramente el puño, molesto consigo mismo, no con ella.


—Mitsuri. Eres una Pilar. Tu presencia basta.


Ella sonrió con pena.


—Sí… pero quería verlos felices. Y ahora tengo esta bolsa enorme llena de comida y ya se está enfriando…


Él respiró profundo, tomó una decisión y extendió la mano.


—Dámela.

—¿Eh?

—La bolsa. Dámela. No voy a dejar que te quedes aquí sola con algo que preparaste con tanto cariño.


Mitsuri lo miró sorprendida.


—¿Quieres… compartirla conmigo?


Él desvió la mirada, nervioso.


—S-sí. Y si sobra, Kaburamaru también puede ayudar.


La serpiente siseó suavemente, como aprobando. Los ojos de Mitsuri se llenaron de alivio y ternura.


—Iguro… Gracias. Sin importar lo agotado que estás, tú siempre te das un tiempo para mí.


Abrieron la bolsa juntos. El sonido de los platos de madera llenó la tranquila terraza.


—¡Aquí está! —dijo Mitsuri, recuperando un poco de brillo en los ojos—. Hice onigiris, tempura, y también unas bolitas dulces… Espero que te guste.

—Cualquier cosa que prepares tú… está bien —respondió él, intentando mantener la compostura.


Ambos se sentaron uno junto al otro. Iguro tomó el primer bocado y se quedó quieto.


—Esto está… —se aclaró la garganta, rojo— muy bueno.


Mitsuri se ruborizó encantada.


—Iguro… Si tú comes mi comida… solo tú… yo ya soy feliz.


Él se atragantó al instante.


—¿Mi— mh— cof cof— Mitsuri?!


Kaburamaru se agitó, sorprendido. Mitsuri se acercó alarmada.


—¡Iguro! ¡Ay no, lo siento! ¿Estás bien?

—Yo… estoy bien —logró decir él, completamente rojo—. Es solo que… dices esas cosas sin avisar.


Ella sonrió con dulzura.


—Lo digo porque es verdad…


Él respiró hondo y esta vez la miró más seriamente.


—Mitsuri… si tuviera que comer tu comida todos los días… el feliz sería yo.


Ella abrió los ojos, brillantes.


—¿De verdad?

—Sí —respondió él, aunque no se atrevió a mirarla directamente—. Me gusta verte inquieta y feliz. Y no voy a permitir que estés triste otra vez. Nunca.


Hubo un instante de silencio. Y luego, Mitsuri explotó en alegría.


—¡¡Iguroooo!! ¡¡Qué lindo!!


Le saltó encima con un abrazo enorme y desbordante.


—¡Mi— Mitsuri! ¡E-espera! ¡Yo—! —balbuceó él, totalmente rígido.


Kaburamaru también se puso rojo, siseando de vergüenza.


—¡Gracias, gracias, gracias! ¡Eres tan dulce, Iguro! —decía ella, apretándolo con fuerza.


Él suspiró rendido.


—Te lo ruego… avísame antes de hacer eso…


Y así, en la quietud cálida del atardecer, compartieron un momento que ambos guardarían en el corazón.


FIN

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