Mi DON ES TUYO (FanFic Mi Feliz Matrimonio) Capítulos 1~10
- Anita Pizarro
- 19 ago 2025
- 64 min de lectura
Actualizado: 18 sept 2025

Historia paralela: "Antes de Miyo"
Contexto temporal:
La serie "Mi Feliz Matrimonio" (Watashi no Shiawase na Kekkon) está ambientada en una era Meiji ficticia de Japón, específicamente durante la Restauración Meiji en el siglo XIX. Aunque se inspira en la historia real de Japón, la serie incorpora elementos de fantasía y romance, creando un mundo único. Este Fan Fic ocurre 7 años antes de la historia Original, Kiyoka Kudou tiene 20 años y ya forma parte de la Unidad Antigrotescos. Todavía es un joven frío, temido por su poder y reservado emocionalmente, pero no aún el hombre comprometido con Miyo Saimori.
Personaje original: Any
Nombre completo: Anastasia "Any" Wetherby.
Británica, proveniente de una de las pocas familias nobles con dones en el Reino Unido, Los Wetherby sometieron a un estricto entrenamiento a Any desde que sus Dones florecieron en la niñez.
Es enviada por una alianza militar mágica entre Japón e Inglaterra para apoyar en la contención de los grotescos, que están mutando y traspasando límites territoriales, pero siempre con un ojo critico sobre ella, por su historial rebelde.
Es extrovertida, idealista, tiene un carácter fuerte, y le cuesta mucho adaptarse a la rigidez del mundo japonés. Además, su acento y aspecto la hacen destacar demasiado, su piel es pálida, tiene suaves pecas en las mejillas, brillantes ojos verdes y un largo lacio cabello pelirrojo.
Kiyoka la ve como un estorbo al principio. Ella lo encuentra arrogante y antipático. Pero sus primeros combates juntos revelan que hay una sincronía extraña en sus poderes: la luz de él guía el fuego de ella. Él empieza a admirarla en silencio; ella, a enamorarse en los intersticios de sus silencios. Pasan por múltiples misiones juntos, noches donde el dolor compartido abre caminos a la ternura, entrenamientos, peleas intensas, y momentos de conexión que jamás se nombran, pero se sienten en la piel.
¿Y lo más bello? Nada de esto contradice la historia posterior que tendrá junto a Miyo 7 años después. Solo la profundiza, porque Kiyoka aprende muchas cosas gracias a Any. Y aunque nunca vuelva a verla, algo en él se transforma desde entonces.

CAPÍTULO 1: EL PRIMER DÍA EN JAPÓN
Las ruedas del carruaje crujían bajo el peso de la tarde. Any observaba el paisaje desde la rendija de la cortina de lino, sin saber si le sorprendía más la quietud de los campos japoneses o la forma en que el cielo se teñía de colores tan distintos a los de su tierra natal.
Era su primera vez en Japón. Y también su primera vez tan lejos de todo lo que conocía. El calor era pegajoso, pero no se quejaba. Había crecido entre comodidades, sí, pero la vida le había enseñado que los dones venían con responsabilidades. Su familia —una de las pocas casas mágicas aún en pie en Europa— había sido convocada por el alto mando japonés para establecer un tratado de colaboración mágica. Y ella, como la portadora de un don ardiente y singular, fue enviada como representante.
Pero en el fondo lo sabía: no la habían enviado por su talento. La habían enviado porque era prescindible. Porque, de todas las hijas Wetherby, era la que más rompía las reglas. Y Japón… Japón era un castigo disfrazado de misión.
Cuando bajó del carruaje frente a la sede militar de la Unidad Antigrotescos, los soldados que hacían guardia apenas disimularon su sorpresa. Una extranjera. Una mujer Pelirroja, alta, de ojos verdes brillantes. Casi una aparición.
ZUHAKI: (Su tono de voz debe ser seria y diciplinada) Señorita Wetherby, El comandante Kudou la espera.
ANASTASIA: (Tono de voz orgulloso) Gracias, No hace falta anunciarme.
Los pasillos interiores eran sobrios. Madera oscura, pantallas de papel, olor a incienso y desinfectante. Un contraste abismal con la exuberancia británica a la que estaba acostumbrada. Caminaba con la cabeza en alto, sus botas resonando en la madera, mientras los ojos la seguían como cuchillas afiladas. Y entonces, lo vio.
Estaba de espaldas, frente a una ventana. Uniforme impecable, el cabello claro atado en una coleta baja que caía con firmeza sobre su espalda. Recto, inmóvil. El aura que lo rodeaba era como una muralla de hielo. Apenas giró el rostro cuando ella entró.
KIYOKA: (Con voz seria, entre decepcionado desinteresado) Kiyoka Kudou, Soy quien se supone debe coordinar contigo.
ANASTASIA: (Con cortesía pero seria) No “se supone”, Es un hecho.
Hubo un segundo de silencio. Entonces él se giró del todo. Sus ojos azules, fríos como un amanecer de invierno, se posaron en los suyos.
KIYOKA: No pedí que vinieras.
ANASTASIA: Y yo no pedí quedarme. Aquí estamos.
La tensión podía cortarse con una hoja de papel. Pero Any no retrocedió. Su postura era perfecta. Su tono, firme. Si él esperaba que se disculpara por existir, tendría que esperar toda la eternidad.
KIYOKA: (Con voz amenazante) No interfieras, No necesito una compañera.
ANASTASIA: Entonces quédate en tu rincón, Kudou (Con voz burlesca) Yo me encargaré de los grotescos que tú no puedas controlar.
Kiyoka no respondió. Pero hubo algo, apenas perceptible, en la forma en que su mirada se oscureció. Un reconocimiento silencioso. Un comienzo. Ella se giró sin esperar permiso para retirarse, con el corazón latiéndole tan rápido como sus pasos. Afuera, el cielo se había vuelto violeta. Y aunque sabía que su estadía en ese país sería difícil, por primera vez sintió una chispa de algo más. Un presentimiento. O tal vez… Una promesa oculta.
La mañana siguiente comenzó con el sonido seco de una campana lejana. Any se había despertado antes que el sol, no por deber, sino por costumbre. En su país, los entrenamientos de la familia Wetherby comenzaban con el amanecer, cuando el aire aún tenía el filo del invierno en los huesos, incluso en primavera.
Ahora, en Japón, todo era distinto. El silencio era más denso. Las paredes no crujían con viento sino con memorias antiguas.
Se colocó un conjunto de práctica —oscuro, sobrio— Y aunque era un Kimono, se sintió cómodo en el ya que era de su color favorito, negro, y recogió su cabello en una trenza que dejó caer por delante del hombro y luego lo volvió a soltar, no sabía porque quería verse bien en aquel atuendo. Salió en silencio, sin saber del todo adónde ir, siguiendo solo el instinto que la había mantenido viva durante todos estos años. Fue así como llegó al patio interno del cuartel. El suelo era de piedra clara, delimitado por árboles de hojas rojizas, y en el centro, una figura ya se movía con precisión implacable.
Kiyoka Kudou. Con el uniforme completo, impecable, ejecutaba una secuencia de movimientos con tal exactitud que parecía esculpir el aire con cada gesto. No usaba magia, pero su energía flotaba como una niebla helada a su alrededor. Era disciplina pura.
Any se quedó inmóvil en los márgenes del lugar, pero él la había notado.
KIYOKA: (Con voz un poco hastiado) ¿No dormiste bien?
ANASTASIA: Dormí suficiente. Pero la cama tenía olor a tatami mojado ella.
KIYOKA: (Irónico) No estás en un hotel.
ANASTASIA: Ya lo había notado.
Hubo una pausa. Kiyoka se detuvo, giró apenas el rostro, lo suficiente para mirarla de lado.
KIYOKA: (Con voz burlesca) Si estás aquí para observar, no molestes.
ANASTASIA: Si estuviera aquí para molestar, ya te habría lanzado una bola de fuego al kimono.
KIYOKA: (Confundido) No uso kimono.
ANASTASIA: (Burlesca) Lástima… El dramatismo sería mejor con uno.
Entonces, lo inesperado, una leve curva en la comisura de los labios de Kiyoka. No una
sonrisa. Apenas un parpadeo de expresión, pero en él cabía una tregua entera.
KIYOKA: (Algo más relajado) ¿Quieres entrenar?
ANASTASIA: ¿Tú entrenas con extranjeras irreverentes?
KIYOKA: No. Pero hago excepciones cuando no me dejan en paz.
Any avanzó hasta el centro del patio. Se paró frente a él con el mentón alto. Su magia, aunque dormida en la superficie, hervía muy por debajo. Siempre lo hacía. El fuego no era un don de paz.
ANASTASIA: (Voz desafiante) No voy a contenerme solo porque seas el hijo perfecto de la casa Kudou.
KIYOKA: (Respondiendo con el mismo tono de voz) Y yo no voy a contenerme solo porque seas una invitada diplomática.
ANASTASIA: Bien.
Y entonces comenzaron. No fue un entrenamiento en el sentido clásico. No hubo instrucciones ni correcciones. Solo movimiento. Desplazamientos calculados, bloqueos con la palma, giros elegantes y tensos. Él probaba su equilibrio; ella, su paciencia. Él contenía su energía; ella, dejaba escapar un destello de fuego cada vez que se acercaba demasiado. Las chispas no estaban solo en la magia. Estaban en sus ojos. En la forma en que los cuerpos se aproximaban sin tocarse, como si entre ellos hubiera algo más que aire. Como si pelear fuera una forma antigua de reconocer al otro.

Al final, ambos respiraban con intensidad. El sudor le brillaba en la frente a Any. Kiyoka tenía el cabello suelto, la cinta que lo ataba había caído sin que ninguno lo notara.
KIYOKA: (Con voz agitada) Eres rápida
ANASTASIA: (también agitada) Y tú más terco de lo que imaginaba.
KIYOKA: (Recuperando el aliento) Eso dicen.
Any lo miró por un largo momento.
ANASTASIA: (Con voz en susurro) No somos tan distintos.
Kiyoka no respondió. Solo la miró con esos ojos helados que por un segundo… parecían estar derritiéndose. Y fue ahí, en ese instante suspendido en el tiempo, donde algo se plantó en la tierra entre ellos. No un amor, aún. Pero sí su raíz.
Capítulo 2: Sombras que no duermen
La noche cayó sin ceremonias. En Japón, la oscuridad parecía más densa, como si el cielo se tragara la luz en un solo bocado. Las lámparas encendidas en el cuartel no lograban del todo despejar las sombras que se arrastraban entre los corredores. Parecían vivas.
Any apenas había terminado de ajustar el cinturón de su abrigo cuando un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos.
ZUHAKI: (Con voz acelerada y demandante) ¡Orden de salida! Hay un grotesco activo en el sector oeste del bosque. La unidad está lista.
ANASTASIA: ¿Quién lidera la operación?
ZUHAKI: El comandante Kudou.
Por dentro, algo le vibró en el pecho, como si su corazón reconociera el nombre antes que su mente. Tomó su vara de canalización, un bastón delgado de metal encantado con símbolos de su linaje, y salió sin responder. La unidad esperaba en el patio, todos con la rigidez militar propia del estilo japonés. Any se sintió fuera de lugar, como siempre. No encajaba en sus filas perfectas, en sus rostros estoicos ni en sus órdenes sin cuestionamientos. Kiyoka se giró apenas cuando la vio llegar. No la saludó. Solo asintió con la cabeza.
KIYOKA: (Con voz de mando) Formación de contención. Yo iré al frente. La señorita Wetherby, en el flanco derecho. No usen ataques de área sin mi orden. Este grotesco no es común.
ANASTASIA: ¿Qué lo hace diferente?
KIYOKA: (SIN EMOCION ALGUNA) Ya lo verás.
El trayecto fue silencioso. La criatura había sido vista en una zona boscosa, a la orilla de un lago contaminado por energía residual. Al llegar, un hedor a hierro y carne podrida lo impregnaba todo. Y entonces lo sintieron, no lo vieron. Una presión en el aire. Un zumbido en los huesos. Los grotescos eran criaturas nacidas de magia corrupta, restos de maldiciones antiguas que cobraban forma. Algunos eran como animales deformes. Otros, como humanos olvidados por el tiempo. Este era diferente. Emergió desde el lago con un rugido profundo. Tenía forma vagamente humana, pero con brazos alargados, piel traslúcida y un rostro cubierto por lo que parecía una máscara de raíces secas. Sus ojos brillaban en rojo.
Any no esperó la orden. Su fuego emergió de inmediato, envolviendo su bastón, lanzando una llamarada precisa hacia la criatura. Pero el grotesco absorbió la energía como si la estuviera esperando.
KIYOKA: (Con voz potente ESTÁ CREANDO UN ESCUDO DE ENERGÍA) ¡Retrocede!
ANATASIA: (Con voz sorprendida) ¿Cómo absorbe magia? ¡Eso no es normal!
KIYOKA: (Con voz tranquila) No es magia. Es un sello de transmutación fallido. Este grotesco fue... creado. No nacido.
El combate fue brutal. Kiyoka y Any se cubrían las espaldas sin necesidad de hablar. Sus ataques parecían ensayados. La luz de él neutralizaba los contragolpes de energía del grotesco. El fuego de ella rompía las raíces que lo mantenían regenerándose. Pero en un descuido, uno de los tentáculos de sombra alcanzó a Any, golpeándola contra un tronco con violencia. Cayó de rodillas, el aliento escapando de su cuerpo. Kiyoka se volvió con furia. Por primera vez, perdió el control.

Un anillo de energía lo rodeó, expandiéndose como un halo celestial. Su espada apareció en su mano como si la luz misma se la ofreciera. Con un grito seco, se lanzó contra el grotesco, atravesándolo con un corte tan preciso que rompió el silencio de la noche. Cuando todo terminó, solo quedaba el crujido de las ramas y el eco de sus respiraciones. Kiyoka corrió hacia Any. Se arrodilló junto a ella, sin decir una palabra, solo apoyó su mano en su espalda, tocándola con cuidado.
ANASTASIA: (Con voz despreocupada aunque sorprendida) Estoy bien, Solo fue el impacto.
KIYOKA: (reprochándole, aunque había preocupación en su voz) No debiste adelantarte
ANASTASIA: (Su voz se escucha un poco juguetona) Y tú no debiste mirarme así cuando creíste que estaba herida.
Kiyoka se quedó en silencio. No supo qué responder. En sus ojos, la frialdad se había quebrado. Any lo miró con una mezcla de dolor y ternura.
ANASTASIA: La próxima vez, confía en que puedo soportarlo.
KIYOKA: (Suspira y tima aire para ponerse serio) Y tú, en que haré todo para que no tengas que hacerlo sola.
La lluvia comenzó a caer unas horas después del combate. Era una de esas lluvias finas, constantes, que no buscan arrasar con nada, pero logran colarse por cada grieta. El cuartel estaba casi en silencio, salvo por el goteo de los aleros y los pasos de los médicos que iban y venían con vendajes, pociones curativas y palabras de aliento que nadie pedía. Any se sentaba en una de las salas laterales, junto a una ventana de papel translúcido que temblaba con el viento. Su brazo derecho estaba vendado hasta el codo, y su uniforme aún húmedo por el contacto con el suelo del bosque. Las cenizas de su fuego todavía parecían flotar en el aire, como si su cuerpo no supiera cómo apagarse del todo. La puerta se abrió con un leve chirrido. No necesitó mirar para saber quién era.
Kiyoka entró en silencio. Su cabello, aún recogido, tenía mechones sueltos que colgaban desordenadamente. Traía consigo una taza humeante.
KIYOKA: Té de raíz de yamabuki, Para el dolor muscular… y los sustos.
Ella lo aceptó sin palabras. Por un momento, ninguno habló. El único sonido era la lluvia. La tensión que habitualmente vibraba entre ellos hoy se sentía más… humana. Más vulnerable.
ANASTASIA: ¿Has enfrentado grotescos así antes?
KIYOKA: No.
ANASTASIA: ¿Crees que vendrán más?
KIYOKA: Sí.
La respuesta era simple. Pero dentro de esa palabra se contenía el peso de un mundo que se derrumbaba.
ANASTASIA: (Con voz apenumbrada) Cuando me golpeó… creí que iba a morir. Pero más que miedo sentí... tristeza (Susurrando) Tristeza de que no ibas a saber lo que pensaba.
Kiyoka levantó la mirada. Sus ojos estaban cargados, pero no temblaban. La sinceridad de Any era algo a lo que le costaba seguirle el ritmo, pero lo intentó.
KIYOKA: (Voz seria) ¿Y qué pensabas?
ANASTASIA: Que si moría… me habría gustado que supieras que no me disgustas, es como que en realidad, por alguna razón que aún debo descubrir… me importas.
Hubo Silencio, no de incomodidad. De verdad contenida. Él se acercó. Se sentó frente a ella, con las rodillas apenas tocando las suyas. No le tomó la mano. No la abrazó. Solo… la miró.
KIYOKA: (Honesto con su voz seria de siempre, pero con pesar) No sé qué hacer con eso
ANASTASIA: (Sonriendo) No espero que hagas nada, Solo quería decírtelo antes de que otra raíz podrida intente matarme.
Él esbozó algo que casi, casi fue una sonrisa.
KIYOKA: Prometo matar a todas las raíces por ti.
ANASTASIA: (Algo burlesca) Eso es muy romántico, comandante Kudou.
KIYOKA: (Su voz suena algo más relajada e irónica) No digas “romántico”. Me da alergia.
Any rió. De verdad. Por primera vez desde que había llegado a ese país, se sintió ligera. Kiyoka la observó como quien mira algo que no entiende, pero que no puede dejar de mirar.
ANASTASIA: Gracias por venir a verme.
KIYOKA: No vine a verte, Vine a asegurarme de que no hayas prendido fuego a la enfermería.
Pero cuando se levantó para irse, su mano se detuvo un segundo sobre el marco de la puerta. Y sin girarse, dijo:
KIYOKA: Me importas tú también.
Y luego desapareció por el pasillo. Dejándola allí, con el corazón encendido como su don.
Capítulo 3: La herida Invisible
Al día siguiente, la lluvia había cesado. Pero el cielo seguía gris, como si el mundo mismo hubiera entrado en duelo silencioso por los cuerpos que no volvieron del bosque. La batalla contra el grotesco había dejado secuelas, más allá de las visibles.
Any se despertó con una extraña inquietud. Había soñado con fuego, pero no el suyo. Fuego apagado. Fuego que no ardía. Se vistió con rapidez y caminó por el cuartel como si siguiera un hilo invisible. Sus botas apenas hacían ruido. Algo en su pecho latía con un propósito: Kiyoka no estaba en su habitación.
La puerta de la sala de entrenamiento estaba entreabierta. Al entrar, lo encontró allí. Solo.
De pie en el centro del dojo, en silencio. Sin espada. Sin uniforme superior. Con las vendas sueltas por el costado de su abdomen, manchadas de rojo. El corte que había recibido durante el combate —uno que se había negado a atender a fondo— estaba peor de lo que quiso admitir.
ANASTASIA: (Sorprendida y preocupada) ¿Qué estás haciendo? Vas a desangrarte solo por orgullo.
KIYOKA: (SERIO Y SIN INMUTARSE COMO SIEMPRE) Es solo una herida.
ANASTASIA: (Irónica) No lo es. Pero si fuera solo eso, ¿por qué estás escondido aquí?
KIYOKA: (Su voz suena apenumbrada y triste) Perdí hombres… compañeros, no soy digno de sentir lastima o dolor por mi mismo en estos momentos.
Kiyoka apretó los dientes. La venda resbaló un poco más, y Any la atrapó justo antes de que cayera. Se acercó sin pedir permiso, como si cruzar esa corta distancia fuera algo que ya no podía evitar.
ANASTASIA: (Voz más suave) Déjame ayudarte
KIYOKA: (Voz seria y terca) No necesito...
ANASTASIA: (Ya hastiada) ¡No te estoy preguntando.!
Él la miró, al fin. Y lo que Any vio no fue arrogancia, ni frialdad. Fue agotamiento. Un cansancio profundo, el tipo que no duerme con una noche de descanso. Fue a su cuarto en busca de algo y se arrodilló frente a él. Abrió su pequeño botiquín personal —uno que guardaba con esmero desde su llegada— y preparó una mezcla con polvo de belladona y savia mágica, una fórmula antigua de su familia.
Sus dedos tocaron la piel de Kiyoka con cuidado. El músculo bajo su costado se tensó al instante.
ANASTASIA: Relájate… No te voy a romper.
KIYOKA: (Casi en un murmullo) No es eso… Es que nadie me toca desde… Se interrumpió.
ANASTASIA: Desde hace cuánto, Kudou.
KIYOKA: (Respiró hondo) Desde antes de que supiera lo que era el dolor real.
Ella se quedó en silencio. Siguió limpiando con suavidad, como si sus manos supieran hablar otro idioma. Y cuando terminó de vendarlo de nuevo, colocó su palma sobre la herida, canalizando una pequeña pulsación de calor controlado.
ANASTASIA: Ahí.
KIYOKA: (Confundido y algo curioso) ¿Qué es eso?
ANASTASIA: (Con la voz más fraternal que de costumbre) Calor que cura. En mi tierra, decimos que a veces el cuerpo necesita sentir que no está solo para empezar a sanar.
Kiyoka no respondió. Pero no se apartó.
ANASTASIA: No tienes que ser fuerte conmigo todo el tiempo (Bajando la voz) Puedes dejar que alguien más mire tus ruinas.
Él la miró como si acabara de decir algo imposible. Y tal vez, para él, lo era. Pero esa mañana, bajo un cielo plomizo, con los vendajes aún húmedos y las emociones expuestas, Kiyoka no se fue. No huyó de su herida. Y tampoco de ella.
Comenzaba un nuevo día, Kiyoka la vió a la distancia. El sonido de los bastones de práctica resonaba en el patio del cuartel. La bruma matinal aún no se disipaba del todo, y el sol iluminaba los bordes de los cuerpos en movimiento con un resplandor cálido, casi dorado. Allí, en el centro de la arena, Any giraba con una elegancia tan precisa que parecía coreografía.
Pero no era una danza. Era combate puro. Su cabello pelirrojo, recogido con firmeza, dejaba ver la concentración de su rostro. Estaba enfrentando a un instructor de artes marciales del batallón externo, un hombre mayor, fornido y con fama de inquebrantable. Any lo desarmó en el tercer asalto.
Kiyoka frunció el ceño. No porque lo desaprobara. Sino porque no lo sabía.No sabía que ella era así de buena. Y, aunque jamás lo habría admitido, tampoco le gustaba que otros lo supieran antes que él.
TENIENTE: (Con voz sorprendida que se va tornando a prendado) Impresionante, ¿eh? Nunca había visto a una extranjera moverse así. Tiene algo… feroz. Y dulce. (Su voz se vuelve más libidinosa) Y esos ojos, cuando fija la mirada… uff. Me desarma más que la espada.KIYOKA: (Firme y enojado) ¡Silencio!
El otro se puso tenso de hombros y se alejó, pero no sin lanzarle una última frase:
TENIENTE: (Con voz de reproche) ¿No que era una simple enviada diplomática? Ya veo que no era lo único que venía a ofrecer…
Kiyoka cerró los ojos por un instante. No por rabia. Por algo peor.Celos.
La imagen de ella riendo con los demás soldados, sin tensión, sin esa barrera que aún conservaba con él, lo incomodó. No porque no pudiera compartir su luz.Sino porque él mismo aún no había aprendido a acercarse a ella sin quemarse.
Más tarde, al cruzarse con ella en los pasillos, intentó recuperar algo de compostura.
KIYOKA: (Caminando alcanzándola a su lado) No me mencionaste tus habilidades con la espada ANASTASIA: (Sonriendo) ¿Y tú me preguntaste? KIYOKA: (Voz seria como de costumbre) Podría haber sido útil saberlo antes del combate.
ANASTASIA: (Con voz irónica) Ah… ¿esto es por el grotesco, o por la forma en que me miraban esta mañana?
Kiyoka se detuvo. Ella se giró, los brazos cruzados, el cabello aún húmedo por la práctica.
ANASTASIA: No estoy acostumbrada a ocultar lo que soy (poniéndose seria) Si te incomoda que otros lo noten, deberías decirlo.
KIYOKA: (Negando toscamente) No me incomoda.
ANASTASIA: (Ya un poco hastiada) ¿No? Porque tus silencios cada vez son más largos. Y más filosos.
Kiyoka la miró sin poder responder. Porque era verdad. Porque algo en él se movía, se tensaba, cuando la veía con otros. Algo que no era justo. Ni lógico.Pero estaba ahí.
ANASTASIA: (Con voz más tranquila) En mi país, las mujeres que no sonríen todo el tiempo son “poco elegantes”. Las que entrenan, “masculinas”. Las que cocinan bien, “casables”. Y las que no se casan, “desperdiciadas”.
KIYOKA: (Con real curiosidad) ¿Y tú qué eres, entonces?
ANASTASIA: (Con voz triste) Un problema para todos los anteriores.
KIYOKA: (Respondió con entusiasmo y sin pensar) ¡No para mí!
Any parpadeó. Él también. Como si se sorprendiera de haberlo dicho.
ANASTASIA: ¿No?KIYOKA: (Con voz nerviosa, poco usual) No. Solo… no sé qué hacer contigo.
Ella lo miró largo rato. Luego sonrió.
ANASTASIA: (Con voz entusiasmada) Puedes empezar por venir a cenar.
KIYOKA: (Sorprendido) ¿Qué?
ANASTASIA: Esta noche. En la cocina auxiliar. Cocinaré algo… británico. Para asustarte un poco.
KIYOKA: (Serio como siempre) Eso no me asusta.
ANASTASIA: (Con voz coqueta) ¿Ah, no?
KIYOKA: (Con seria pero honesta) Lo que me asusta es… que me guste demasiado.
Ella se sonrojó. Él también, aunque más disimuladamente.
Y esa noche, mientras el aroma de pan horneado y carne especiada llenaba la cocina auxiliar, Kiyoka Kudou se encontró sentado frente a una mujer que no se parecía a nadie. Y cuando la probó —la comida, claro— lo supo:
Estaba empezando a asociar el sabor del hogar con su presencia.
Cuando la cocina auxiliar del cuartel estaba casi vacía cuando Any entró, envuelta en un delantal y una blusa blanca que hacía resaltar aún más el tono rojizo de su cabello, atado ahora en una mitad de su cabello que caía sobre el hombro. Había reunido los ingredientes durante el día con la discreción de quien planea una travesura: papas, mantequilla, cebolla morada, carne curada y una receta escrita a mano por su abuela en tinta corrida.
Encendió la estufa a leña, revisó el calor, y se puso a trabajar sin esperar. No porque no creyera que Kiyoka vendría… Sino porque algo en su pecho ya no dependía de su presencia para sentirse completo. Aunque, por supuesto, lo deseaba ahí.
Afuera, el cielo había comenzado a teñirse con los colores densos del anochecer. El aroma de mantequilla derretida y especias comenzó a inundar el pasillo, y fue entonces —justo cuando comenzó a preparar el gravy— que escuchó los pasos. Lentos. Firmes. Él.
Kiyoka apareció en el umbral sin hacer ruido, vestido con ropa más informal —una camisa de lino clara, sin capa ni insignias—. Sus ojos hicieron un rápido recorrido por la escena: la olla humeante, la mesa aún vacía, y Any inclinada sobre una sartén, concentrada, con una cuchara de madera en mano.
KIYOKA: (Con un tono bromista) Pensé que los británicos cenaban té con leche y pan duro.
ANASTASIA: (fingiendo indignación) ¿Insultando la gastronomía de mi nación antes de probarla? No esperaba menos de ti.
KIYOKA: (Aún con su tono bromista) No es insulto. Es preocupación. No quiero morir esta noche.
ANASTASIA: Entonces siéntate y come como si fuera la última.
Él obedeció. Lo hizo en silencio, como quien entra en terreno desconocido.Ella sirvió dos platos con cuidado: pastel de carne con puré cremoso, gravy caliente y un toque de romero. Al ver su expresión al primer bocado, ella alzó una ceja.
ANASTASIA: (Curiosa) ¿Y bien?
KIYOKA: (Tratando de hablar con la boca llena) No está mal.
ANASTASIA: (Feliz) Eso suena como un “está delicioso” en tu idioma emocional.
KIYOKA: Podrías trabajar para la división de catering militar.
ANASTASIA: (Divertida) Podrías dejar de hablar con la boca llena.
Ambos sonrieron y el silencio que siguió no fue incómodo. Fue cálido. Un espacio compartido sin necesidad de explicaciones. Mientras comían, Any lo observaba de reojo: la forma en que se tomaba un momento para masticar con calma, el modo casi reverente en que sostenía el cuchillo, la tensión que ya no parecía dominarle los hombros.
ANASTASIA: (Sirviéndole más) ¿Siempre comes tan rápido con los demás? KIYOKA: (Voz seria) Nunca como con los demás.
ANASTASIA: Entonces este es un privilegio.
KIYOKA: (Con voz suave y tranquila) Uno que espero se repita.
Any se detuvo. Sus ojos lo buscaron, y en los de él encontró algo nuevo. No urgencia. No deseo contenido. Sino una apertura.
ANASTASIA: (Con tono nostálgico) Cuando era niña, cocinaba con mi abuela. Decía que la comida que haces con tus manos no alimenta solo el estómago. También enseña a esperar. A cuidar. A estar presente.
KIYOKA: (curioso con voz tranquilo) ¿Eso me estás enseñando?
ANASTASIA: (Con voz dulce) Estoy enseñándome a no tener miedo de compartir lo que soy. Incluso si es solo un pastel de carne.
KIYOKA: (Dejó los cubiertos sobre el plato vacío) Entonces permíteme corresponder.
ANASTASIA: (Con una sonrisa) ¿Vas a cocinar?
KIYOKA: (Con voz más seria) Peor. Voy a hablar de mí.
Ella rió. Él no. Y eso la hizo guardar silencio. Porque entendió que hablaba en serio.
KIYOKA: (Con nostálgica) Tenía un perro. Cuando era niño. Lo llamé Kazám. Vivió tres años antes de ser envenenado por un criado de la casa. Fue la primera vez que lloré en secreto. La última también.
ANASTASIA: ¿Por qué me cuentas esto?
KIYOKA: (Con voz firme pero amable) Porque si tú estás aprendiendo a compartir, yo también.
Any no dijo nada. Se levantó, caminó lentamente hasta su lado de la mesa… y sin pedir permiso, puso su mano junto a la de él, no encima, sino que entró suavemente bajo la de él, casi como mostrándole que él estaba sobre su propia coraza de modo simbólico, ella no supo si el captó su sentimiento, pero el presionó su mano sobre la de ella.
ANASTASIA: (En un tono más serio) No vamos a curar el pasado hoy, Kiyoka.
KIYOKA: Lo sé.
ANASTASIA: (Con voz dulce) Pero este lugar, esta cocina, esta noche… pueden ser el comienzo de algo que no duela.
Y por primera vez, él no apartó la mano.
Capítulo 4: Un lugar para los secretos
Las noches en la casa auxiliar tenían un silencio distinto al resto del cuartel. No era un silencio marcial ni vigilante, como el que se respiraba en los dormitorios principales. Era un silencio más antiguo, más íntimo, como si los muros de esa construcción apartada hubieran aprendido a guardar las historias de quienes necesitaban refugio.
Any despertó entre sueños.
Había dejado la ventana abierta, y la brisa nocturna se colaba con una suavidad engañosa. Se sentó en la futón, el cabello suelto cayendo en mechones desordenados por sus hombros, y sintió un escalofrío que no tenía que ver con el clima. Había soñado con fuego y nuevamente no con el suyo. Era otro tipo de calor. Uno que dolía.Uno que recordaba.
Se puso un kimono ligero sobre la ropa de dormir, y salió al pasillo de madera, descalza. La luz de la luna bañaba el corredor con un resplandor blanco. Sus pasos eran casi inaudibles. Estaba acostumbrada a moverse así: como si su cuerpo no quisiera interrumpir al mundo.
No esperaba encontrar a Kiyoka despierto. Pero allí estaba. Sentado en el extremo opuesto del corredor, con las piernas cruzadas, mirando el jardín interior. El reflejo del agua en el estanque le iluminaba el rostro de forma irregular. Su espada descansaba a un lado, sin desenvainar, pero presente. Como él.
ANASTASIA: (EN VOZ BAJA) ¿Te quité el sueño?
Kiyoka negó con la cabeza, sin mirarla.
KIYOKA: Lo pierdo solo. A veces más fácilmente cuando todo está tranquilo.
ANASTASIA: Es cuando más gritan los recuerdos (susurró)Cuando nadie más habla, lo hacen ellos.
Él la miró de reojo. Observando sus pies descalzos y juguetones.
ANASTASIA: ¿Tú también sueñas con lo que fue?
KIYOKA: A veces... A veces ni siquiera es sueño. Es como si mi cuerpo recordara antes que mi mente.
Silencio. El sonido de un pez rompiendo la superficie del agua fue lo único que los distrajo por unos segundos.
ANASTASIA: ¿Por qué nunca te permites descansar?
Kiyoka no respondió de inmediato. Su mirada permanecía fija en el estanque.
ANASTASIA: (Con voz suave) ¿Has perdido a alguien?
KIYOKA: (Con voz casi inaudible) Así es… (Continuó con voz triste) El general Godou era mi superior antes de que yo asumiera la unidad.
ANASTASIA: (Cómo recordando a alguien) ¿Godou? ¿Cómo el chico que está en el campo de entrenamiento?
KIYOKA: (Hablando con cariño) Sí, el es su hijo, es muy capaz y determinado aunque un poco atrevido con sus superiores, si sigue así, estoy pensando en darle un lugar en mi escuadrón… Su Padre, también fue mi comandante. Era como un segundo padre para mí. Me enseñó lo poco que valía el talento sin responsabilidad. (Volvió a poner su tono de voz más cabizbajo) Yo era joven, orgulloso. No tomaba en serio la milicia, creía que mi don me bastaba. Cuando ocurrió la emboscada, no estaba allí. Había ignorado la orden de acompañarlos, creyendo que era una misión simple. (Su voz se lleno de enfado e impotencia) Lo mataron. Si hubiera estado, podría haberlo protegido. Quizás habría sido diferente.
ANASTASIA: (Con un nudo en la garganta) ¿Y te culpas desde entonces?
KIYOKA: Me volví el comandante que soy… por culpa. No por virtud.
Any no dijo nada. Solo acercó su mano hasta tocar con suavidad la de él.
ANASTASIA: A veces el dolor nos entrena más que cualquier espada.KIYOKA: (Con voz de resignación) Y deja heridas que no se cierran.ANASTASIA: (Con voz tímida pero sincera) Entonces… aprendamos a curarlas juntos.
Él la miró por fin. Sus ojos seguían fríos, pero el hielo se había agrietado.Y por primera vez, sin orgullo ni reservas, Kiyoka inclinó la cabeza hasta apoyar su frente contra la de ella. No por debilidad, sino porque había encontrado a alguien con quien dejarse caer. Así permanecieron, en medio del pasillo, con la luna reapareciendo sobre ellos y el agua del jardín reflejando una noche que sería imposible de olvidar. Porque en ese instante, lo sabían. A partir de ahora, los secretos ya no serían cargas individuales.
El cielo sobre la base militar se había teñido de un gris espeso que no terminaba de romper en lluvia. Las nubes, como pensamientos densos, amenazaban desde la altura sin decidirse a caer. Era una tarde pesada, de esas donde incluso el aire parece sostener la respiración.
Any acababa de finalizar una sesión de entrenamiento avanzada con un grupo de soldados que poco a poco comenzaban a respetarla no solo como extranjera, sino como una igual. Llevaba el cabello trenzado alto, la chaqueta aún abierta por el calor, y marcas tenues de sudor en las sienes. Su cuerpo dolía, pero era el tipo de dolor que le recordaba que estaba viva.
Al llegar a la entrada del edificio principal, lo sintió. Una energía familiar. Pero mal colocada. No era de Kiyoka.
Era alguien que había compartido espacio con ella en Europa.Alguien que creía haber dejado atrás.
CORWIN: (Con voz seria y segura) ¿Anastasia Wetherby?
Ella se detuvo en seco. Frente a ella, vestido con ropas formales de la delegación diplomática europea, estaba Corwin Aldrich, un ex compañero del cuerpo de la milicia de inglaterra, uno de los protegidos de su padre, y alguien que la conocía demasiado bien. Alto, delgado, cabellos corto y castaño, de ojos grises y sonrisa contenida, se veía igual que antes: peligrosamente encantador.
ANASTASIA: (Sorprendida) ¿Qué estás haciendo aquí?
CORWIN: (Voz con seguridad y algo encantador) Representación diplomática… Pero extraoficialmente… he venido a evaluar el rendimiento de nuestros enviados.
ANASTASIA: (Con ironía) ¿Misiones o corazones?
CORWIN: (Su voz se escucha más entusiasmado) Ambos, supongo. Me quedaré todo el tiempo que sea necesario-
Ella no respondió. Corwin sonreía como si no hubiesen pasado tres años de silencio. Como si la última vez que la vio no hubiese sido la noche en que ella se cambió de grupo en el cuerpo militar europeo por diferencias éticas con el.
CORWIN: (Con voz persuasiva y coqueta) Necesito hablar contigo. En privado
ANASTASIA: (Firme) No tengo nada que hablar con el pasado.
CORWIN: (Con voz seria y demandante esta vez) ¿Y si el pasado viniera con órdenes?
Any sintió una punzada detrás de los ojos. Él no era solo un emisario.Venía con autoridad. Y tal vez con un propósito oculto.
ANASTASIA: (Hastiada) Te daré diez minutos, Y no más.
Lo llevó a una de las salas comunes, vacía a esa hora. No encendió la lámpara. La oscuridad les bastaba.
ANASTASIA: ¿Qué quieres?
COWIN: (Hablando en serio esta vez) Saber si te has olvidado de lo que somos.
ANASTASIA: No “somos” nada, Corwin. Hace años decidí que no formaría parte de una milicia que usara el dolor como método de control.
CORWIN: (Con tono duro) Y sin embargo… aquí estás, luchando otra guerra.
ANASTASIA: (Firme) Esta vez elijo a quién protejo.
Corwin la observó con algo parecido a ternura. Pero ella sabía leer entre líneas. Él no venía por nostalgia. Venía por algo más.
CORWIN: (Con voz seria) La alianza británica-japonesa está inestable. Algunos miembros del consejo creen que estás “demasiado integrada”. Hay rumores de que te has vinculado afectivamente con tu superior.
ANASTASIA: Eso no es de su incumbencia.
CORWIN: Lo es si creen que tu juicio está nublado.
ANASTASIA: (Sin miedo) ¿Viniste a evaluarme, o a amenazarme?
CORWIN: (Con voz desafiante) Ambas cosas, y estoy entrenado para ser de ayuda al escuadrón
En ese instante, la puerta se abrió con fuerza. Kiyoka. De pie, completamente sereno… por fuera. Pero en sus ojos, la tormenta ya se había desatado. Su presencia llenó la sala como un manto. Miró a Corwin con un leve gesto de reconocimiento, pero no reverencia.
KIYOKA: (Con voz grave e intimidante) ¿Interrumpo algo?
ANASTASIA: (Despreocupada) No. Él ya se iba.
CORWIN: (Con voz irónica) Veo que tu comandante no pierde el tiempo.
ANASTASIA: (A la defensiva) Y tú sí, como siempre (Soltando un suspiro de cansancio) Tienen que mostrarte tu cuarto. Ya que te vas quedar… Lárgate.
Corwin hizo una leve inclinación.
CORWIN: (Con voz seductora) Hasta pronto, Anastasia.
Salió. La tensión quedó en el aire como electricidad. Kiyoka no habló de inmediato. Caminó hacia la ventana, de espaldas a ella.
KIYOKA: (Muy serio) ¿Quién era?
ANASTASIA: (Tratando de no darle importancia) —Un recuerdo mal digerido.
KIYOKA: (Aún muy serio) ¿Tuyo?
ANASTASIA: Del sistema que me formó (Con voz firme) Nunca le permití tocar nada que no fuera mi expediente.
Kiyoka se volvió.
KIYOKA: (Con voz celosa y entre dientes) ¿Pero él quiso?
ANASTASIA: (Honesta) Sí. Y se negó a entender un “no”.
Kiyoka apretó los puños.
KIYOKA: (Enojado) ¿Debo pedir que lo retiren?
ANASTASIA: (Convencida) No. Yo puedo con él. Pero gracias.
Se acercó, esta vez más despacio. Y antes de que pudiera decir más, ella le tocó el brazo.
ANASTASIA: (Con voz preocupada) ¿Estás molesto?
KIYOKA: (Serio y confundido) Estoy… sorprendido de cuánto me afecta
ANASTASIA: (Segura y dulce) No tienes que demostrar nada. Ya te elegí, Kiyoka. Aunque no lo digamos en voz alta. Aunque no lo sepamos del todo.
Any lo miró a los ojos , él tomó su mano. La sostuvo como quien sostiene una decisión.
KIYOKA: (Con voz más dulce) A partir de hoy… cualquier cosa que venga por ti tendrá que pasar por mí primero.
ANASTASIA: Y cualquier cosa que venga por ti…
KIYOKA: (Con voz complaciente) ¿Pasará por tu fuego?
ANASTASIA: (Con seguridad) Con gusto.
Capítulo 5: La cicatriz
La noche había dejado de ser silenciosa. Era como si el cuartel entero respirara más despacio, como si incluso los muros, acostumbrados al deber y la disciplina, cedieran por unas horas al peso del cansancio. Solo el sonido del viento rozando los aleros, o el crujir ocasional de la madera antigua, recordaban que el mundo seguía girando.
Any no podía dormir. Daba vueltas sobre su futón una y otra vez. A ratos se sentaba, bebía agua, volvía a recostarse. Pero no era sed. Ni inquietud física.Era otra cosa. Kiyoka. Desde la llegada de Corwin, algo en su interior se había removido. No por celos. No por temor. Sino por un sentimiento más primitivo, más visceral: el deseo de que Kiyoka la viera… no solo como aliada, sino como mujer. Y esa idea la tenía ruborizada, despierta y nerviosa. Se sentía ridícula. Y sin embargo, no podía evitarlo. Se puso en pie, salió descalza al pasillo, y se dirigió a la casa de baños que a esa hora solía estar vacía, de todas maneras era la única chica en el escuadrón por lo que difícilmente se cruzara con alguna compañera desnuda. No buscaba relajo. Solo espacio. Silencio. Al entrar, se desvistió lentamente. El vapor tibio la envolvió como un manto. Se hizo su cabello para atrás y entró al agua con los hombros tensos, las mejillas aún encendidas.
La superficie del agua reflejaba su rostro distorsionado. Sus pensamientos iban y venían sin orden. ¿Qué pensará él cuando me mira? ¿Notará mis formas… mis silencios? ¿Pensará en mí cuando está solo? ¿Lo confundo? ¿Lo atraigo? ¿Lo molesto? Se cubrió la cara con las manos. Y en ese instante, la puerta se deslizó suavemente. Una figura alta, con pasos contenidos. La voz:
KIYOKA: (Muy sorprendido) ¿Anastasia…?
Ella se sobresaltó. Kiyoka estaba allí. ¿Por qué? Por supuesto el nombre de los cuartos de baño estaban con Kanjis, si bien podía hablar el japonés, su lectura en Kanjis no era la mejor, debió equivocarse. Debió simplemente ocupar la ducha de su cuarto como siempre.
Kiyoka Tenía el kimono de baño parcialmente suelto, el cabello más largo de lo habitual suelto por los hombros. Los ojos bajos al principio, con respeto. Pero aún así, se había atrevido a entrar y no retroceder.
KIYOKA: (Con voz tímida) Perdón… no pensé que alguien estuviera aquí, y si me encontrara a alguien… pues… debería ser un hombre
Kiyoka al mirar la expresión de Any comprendió que se había equivocado, Ella no respondió de inmediato. Solo lo miró. Ambos parecían congelados en ese instante. El vapor dibujaba contornos difusos, pero no ocultaba del todo. Y aunque ella se había sumergido hasta el pecho, una línea pálida quedó expuesta justo por encima del corazón. Una cicatriz, delgada, precisa y profunda. Kiyoka la vio. Sus ojos, más agudos que cualquier espada, descendieron lentamente hasta detenerse allí. No con morbo. No con lástima. Con dolor. Con asombro contenido. Any notó su mirada.
ANASTASIA: (Con voz baja) No la escondo. Pero tampoco la muestro.
Kiyoka se acercó, sin invadir. Se arrodilló junto al borde del agua, manteniendo una distancia prudente. Sus ojos ya no miraban la cicatriz. Miraban su rostro.
KIYOKA: (Con voz triste) ¿Qué… te pasó?
Ella inspiró lentamente. Sus dedos tocaron la superficie del agua, creando ondas que los separaban.
ANASTASIA: Nací con un defecto en el corazón. Uno severo. Me operaron cuando tenía quince. Tuvieron que abrirme el pecho… coserlo desde dentro y sellar con magia de mi familia. Estuve semanas sin caminar. Años con dolores. Y aún… aún hay días en que siento que no late bien.
Kiyoka no respondió enseguida. La miraba como si temiera quebrarla, y sin embargo… no podía alejarse. Entonces, sin decir palabra, llevó su mano a la faja de su bata. Any se sobresaltó.
ANASTASIA: (Asustada) ¿Qué haces?
KIYOKA: (Hablando tranquilamente) Tranquila. No voy a desvestirme. Solo… voy a entrar. Así.
ANASTASIA: (Nerviosa) ¿Con la bata?
KIYOKA: (Con voz decidido) Sí. Si no cruzo este límite, no te voy a entender.
ANASTASIA: (Nerviosa) ¿Y si cruzarlo te quiebra?
KIYOKA: (Firme en su respuesta) Entonces que así sea
El vapor envolvió sus piernas, luego su cintura, y la bata se pegó al cuerpo en cuestión de segundos. Pero él no pareció notarlo. Se arrodilló frente a ella, el agua subiéndole hasta la mitad del pecho, mientras mantenía una distancia prudente. El movimiento fue lento, respetuoso, cargado de algo mucho más fuerte que el deseo: un profundo cuidado. Any lo observaba en silencio, con los hombros rígidos, el rostro enrojecido y la respiración entrecortada. Él levantó la mano, tocó el borde de la cicatriz con la yema de sus dedos. El contacto fue apenas un roce, como si temiera quebrarla. Pero bastó para que ella contuviera el aliento.
KIYOKA: (murmuró casi como si lo dijera a sí mismo) Tu piel… es suave.
Ella desvió la mirada, sintiendo que el rubor le ardía en las mejillas. Su palma estaba en la línea delgada que aún vibraba bajo la piel húmeda. Fue un roce tembloroso, sin urgencia, como si lo único que importara fuera reconocer lo que ella había sobrevivido.
ANASTASIA: (tratando de hablar) No es común en mujeres de aquí, que nuestro cuerpo sea así… ¿verdad?
Kiyoka no respondió. Solo dejó que su mirada descendiera una vez más, lento, tembloroso, sobre la curva de sus hombros, la línea de su cuello, la insinuación de sus formas femeninas bajo el agua.
KIYOKA: (Con la voz más baja que nunca) No… No lo es.
Los ojos de Kiyoka no se apartaban de los suyos. Y en los de ella, por primera vez, no había solo dolor. Había necesidad de ser vista.
KIYOKA: (En susurro) Gracias por dejarme mirar
ANASTASIA: (También en susurro) Gracias por no huir.
Y continuó ese silencio nervioso… Hasta que alguien más entró.
CORWIN: (Con voz de sorpresa y despectiva) Oh… vaya.
La voz seca. Irritante. Corwin. Vestido con su ropa de civil, con una carpeta bajo el brazo, lo miraba todo desde el umbral. El vapor no ocultaba nada. Solo dejaba espacio para que la escena pareciera más íntima de lo que era.
CORWIN: (Con Tono Burlón) Lamento interrumpir… ¿O no tanto?
Any se giró bruscamente, cubriéndose el pecho con ambos brazos. Kiyoka se puso de pié al instante, el agua escurriendo de su bata pesada, que ahora colgaba marcada por su silueta. El vapor hacía que la tela de su bata se adhiriera completamente a su cuerpo. El tejido empapado dibujaba los contornos de su espalda, el marcado relieve de sus omóplatos, el estrechamiento de su cintura, y cómo se tensaban los músculos de sus brazos cuando se peinaba el cabello hacia atrás con una mano. Any lo vió. Y deseó no haberlo hecho. O tal vez… deseó haberlo visto antes, su corazón golpeaba con fuerza.
KIYOKA: (Con voz fría como el acero) ¿Qué haces aquí?
CORWIN: (Con voz despreocupada) Buscaba entregar estos informes. Debían ser ahora ya, así que me dijeron que estaba por acá, en el baño de (ENFASIS) “hombres” No esperaba encontrarme con… esto.
KIYOKA: No es tu asunto.
CORWIN: (Tratando de sornar agradable) Oh, comandante… me temo que cualquier vínculo afectivo entre representantes extranjeros sí es “mi asunto”.
Kiyoka no respondió. Solo dió un paso adelante. Corwin alzó las manos, retrocediendo.CORWIN: (Irónico fingiendo miedo) Tranquilo. Ya me voy, se lo dejo en su escritorio.
Y se fue. Dejando tras de sí una tensión espesa como el vapor que aún flotaba. Kiyoka se volvió hacia ella. Y ella solo pensaba que por primera vez… lo deseaba. No como compañero. No como salvador. Sino como hombre.
KIYOKA: (Con voz preocupada) ¿Estás bien?
ANASTASIA: (Con voz baja casi inaudible) sí… Lo siento (en voz temblorosa) Esto… no era lo que quería que vieras.
KIYOKA: (Con voz curiosa) ¿Qué querías que viera?
ANASTASIA: (Ella tragó saliva. Se cubrió más con el agua) Quería… quería que me vieras como mujer. No como paciente. Ni como soldado.
Él no dijo nada. Se acercó de nuevo. Y sin tocarla esta vez, solo susurró:
KIYOKA: (Con voz suave y honesta) Yo te veo, Anastasia. Te veo entera. Con todo lo que eres. Y no podría dejar de hacerlo, aunque quisiera.
Y ella, aún dentro del agua, se quedó temblando. No por el frío. Sino porque su mundo acababa de cambiar
El incidente en el baño había dejado una marca más profunda que la cicatriz que Kiyoka había rozado con los dedos. Desde entonces, la tensión entre ambos no se había desvanecido… al contrario, se había instalado como un murmullo constante, imposible de ignorar.
Esa mañana, a pesar del clima cálido, Kiyoka no había podido dormir bien. Su mente regresaba una y otra vez al instante en que su mano había tocado la piel herida de Any. No era solo la sorpresa de encontrar aquella cicatriz oculta, era la expresión en su rostro… una mezcla de vergüenza, fuerza y algo que a él le removía el pecho.
Ahora caminaban juntos entre los callejones del comercio, en misión de abastecimiento, vestidos de civiles. O al menos, ella lo estaba. Any iba con un vestido ligero, blanco, ceñido a la cintura, que dejaba sus brazos al descubierto y el cabello suelto, peinado con una trenza que nacía desde un costado. Sus curvas, tan diferentes a las mujeres japonesas, se acentuaban con naturalidad bajo la tela clara, y su piel, rosada y tersa, brillaba bajo la luz del sol. Había algo casi cinematográfico en su forma de andar: una joven occidental que caminaba entre un pueblo tradicional con la mirada firme, sin miedo a ser vista.
Kiyoka, en cambio, mantenía su yukata gris azulado, atado con discreción. Era como una sombra a su lado. Más callado de lo habitual. Más frío. Pero no por decisión, sino por no saber cómo manejar lo que sentía.
ANASTASIA: ¿No vas a decir nada desde que salimos del cuartel?
Preguntó Any, sin mirarlo, mientras tomaba una manzana de un puesto callejero y la sostenía contra su mejilla.
ANASTASIA: ¿Acaso me queda tan mal esta ropa?
Kiyoka apartó la mirada. Trató de responder con una negación rápida, pero su garganta se cerró.
KIYOKA: (Con pesar) No es eso…
ANASTASIA: (Cabreada) ¿Entonces?
Ella se giró para enfrentarlo. Había dolor en su mirada, pero también un dejo de picardía que intentaba suavizar el ambiente.
ANASTASIA: (Con voz suspicaz) ¿Te incomoda que me vean así? ¿O que te vean conmigo?
Kiyoka la miró con dureza, pero no enojo. Era otra cosa. Algo crudo. Algo que él mismo no terminaba de entender.
KIYOKA: (Con voz seria susurrando) Me incomoda no poder dejar de verte.
Los peatones los esquivaban, algunos los miraban de reojo, extrañados por la pareja tan dispareja: ella tan moderna, él tan tradicional. Any bajó la mirada y luego sonrió, nerviosa.
ANASTASIA: (Con voz divertida) ¿Eso es un halago… o una advertencia?
KIYOKA: (Con voz tensa) No lo sé. Pero no puedo concentrarme. No desde el baño.
Ella guardó silencio por un momento, su expresión se volvió más seria. El recuerdo de la noche en el agua volvía con fuerza: La cercanía, el calor de sus manos, el sobresalto de Corwin, la bata mojada…
ANASTASIA: (Con voz suave) No fué tu culpa... Te mostré esa cicatriz sin querer, pero no me arrepiento de que la hayas visto. Creo que, en el fondo, (Sonríe) necesitaba que lo hicieras.
Kiyoka apretó los puños. Un escalofrío le recorrió la espalda.
KIYOKA: (Con voz de confundido) ¿Por qué tú puedes soportar tanto y seguir sonriendo? Yo… yo soy el capitán de esta unidad y no puedo ni siquiera ordenar mis pensamientos.
ANASTASIA: (Con voz de resignación) Tal vez porque yo ya me rompí antes. Y tú recién estás empezando a abrirte.
Sus palabras lo atravesaron. No con dureza, sino con una verdad que no se podía negar. Siguieron caminando en silencio, pero esta vez más cerca, más sincronizados. Ella tomaba cosas de los puestos, él cargaba las bolsas. Nadie lo diría en voz alta, pero parecían una pareja que compartía algo mucho más profundo que una misión. Y aunque Kiyoka aún se sentía incómodo con la manera en que otros hombres la miraban —esa belleza extranjera que no pasaba desapercibida—, había algo en él que empezaba a florecer. Una necesidad de protegerla, sí… pero también una necesidad de comprenderla, de descubrir cada rincón de su alma. Tal vez, esa cicatriz que él había tocado, no era una barrera… sino una puerta.
La luz de la tarde comenzaba a teñir los tejados con reflejos dorados cuando Kiyoka y Any regresaron al cuartel. Habían caminado durante horas, pero apenas habían dicho palabra. La bolsa con víveres colgaba del brazo de él, pero el peso más incómodo seguía siendo el de los pensamientos que no lograba ordenar. Any rompió el silencio al llegar al pórtico del cuartel.
ANASTASIA: Gracias por acompañarme…
KIYOKA: (Serio como de costumbre) No tienes que agradecer, Es mi deber.
Ella frunció los labios, intentando ocultar el gesto herido que se formaba en ellos. Su vestido ya no era solo una prenda de civil: era una barrera, una prueba. A ojos de todos, era extranjera. A los de Kiyoka… ella ya no sabía qué era.
ANASTASIA: (Atreviéndose con temor) ¿Y si quiero que no sea solo por deber?
Kiyoka se tensó. El aire parecía más denso. Su corazón, atrapado entre lo que deseaba y lo que creía correcto.
KIYOKA: (con rostro serio) No deberías desear eso (Bajando la voz) No conmigo.
ANASTASIA: (Triste) ¿Por qué? ¿Porque soy distinta? ¿Porque los demás murmuran?
KIYOKA: (Contestando con decisión y voz firme) Porque si me permito mirarte como tú quieres, no voy a poder detenerme. Y no sé si puedo protegerte de lo que eso implica.
Kiyoka alzó los ojos, y en ellos ardía algo contenido desde hacía mucho. Ella avanzó un paso. Él retrocedió medio aliento.
ANASTASIA: Tal vez no necesito que me protejas, Kiyoka… (Susurrando) Solo que me mires sin huir.
Él bajó la cabeza, pero su mano tembló antes de cerrarse en puño. El vestido blanco, el aroma a fruta que traía del mercado, la trenza que enmarcaba su rostro como una obra de arte viva… todo en ella lo llamaba a cruzar esa línea.
KIYOKA: (Con voz tranquila) Te vi en el agua. Vi tu cicatriz, tu cuerpo temblando, y aún así te mantuviste de pie. No eres débil, Anastasia.
Ella tragó saliva. Era la primera vez que él pronunciaba su nombre sin título, sin distancia.
ANASTASIA: Tú tampoco lo eres… Solo tienes miedo.
KIYOKA: (Voz suave) No de ti… Sino de mí, cuando estoy contigo.
El silencio que se hizo entre ambos fue distinto. No era incómodo, era vulnerable. Y en ese instante, ambos lo supieron: lo que había entre ellos ya no era invisible.
Any se acercó con lentitud. Kiyoka no se movió. Colocó su mano sobre el pecho de él, justo donde sentía su corazón acelerado, y sin mirarlo directamente dijo:
ANASTASIA: No tienes que prometerme nada. Solo no apagues esto todavía.
Y se fue. Caminando despacio hacia los dormitorios, dejando a Kiyoka en la entrada, con el rostro en sombras… pero el alma, un poco más encendida.
Capítulo 6: Confesiones en voz baja, miradas que hieren
El día transcurría plácido, como si el sol y la brisa quisieran fingir que todo en ese cuartel funcionaba bajo una calma absoluta. Pero en el aire, escondido entre el aroma a papel viejo y madera encerada, algo comenzaba a hervir lentamente.
Any sostenía una carpeta repleta de informes mientras caminaba por el pasillo largo del ala administrativa. Su andar era seguro, pausado, con esa mezcla de determinación y gracia que la hacía destacar incluso sin quererlo. Llevaba un vestido sencillo bajo su abrigo civil, nada demasiado llamativo, pero aún así sus formas —marcadas con naturalidad por el ajuste en la cintura y la caída de la tela— captaban miradas a su paso, no tenía deberes militares pero ayudaba en cosas de oficina.
Junto a ella caminaba Sagara. Un soldado joven, no más de 22 años. Siempre amable, servicial, de modales dulces y ojos que brillaban como los de un niño al que se le permite acercarse al fuego por primera vez. Desde que había conocido a Any, algo en él se había encendido. No era solo admiración: era ternura, anhelo, ilusión.
Ella le sonrió con gentileza cuando llegaron a la sala de registros. Una sala pequeña, de luz cálida, repleta de archivadores de madera y carpetas perfectamente ordenadas.
ANASTASIA: (Buscando entre carpetas) Aquí están los archivos del escuadrón tres, Necesitabas revisar los reportes de las últimas rondas, ¿cierto?
SAGARA: Sí… gracias. (Se quedó en silencio unos segundos, Luego se aclaró la garganta, nervioso) Anastasia… ¿puedo preguntarte algo?
ANASTASIA: (Sin dejar de mover papeles) Claro.
SAGARA: (Con voz más seria) ¿Tú… confías en mí?
Ella se volvió hacia él, confundida por el tono de su voz. Sagara tenía las mejillas encendidas y la mirada algo temblorosa. No parecía el soldado disciplinado de siempre. Parecía… un muchacho, inseguro, pero valiente, mientras seguía a Any que debía ir a buscar algo a una oficina En el exterior del edificio.
ANASTASIA: (Con naturalidad) Confío en ti para este trabajo, sí. Eres atento, respetuoso, cumplidor…
Any lo dijo con sinceridad, aunque algo en su pecho se tensó sin entender por qué.
SAGARA: No hablo solo del trabajo.
El silencio que siguió fue breve, pero dolió. Ella bajó lentamente la carpeta que tenía entre las manos, la luz del exterior agudizaba sus bellos rasgos y Sagara la observaba hipnotizado.
ANASTASIA: (Con pesar) Sagara…
SAGARA: (Con voz un poco dolida) No tienes que decir nada (Hablando de manera más rápida y con sonrisas para esconder su dolor) Solo quería… que lo supieras. Que me gustas. No sé si tengo oportunidad alguna, pero… cada vez que hablo contigo, siento que todo tiene sentido. Y me bastaría con que me tuvieras en cuenta.
Los ojos de Any se suavizaron, y una sombra de tristeza empañó su expresión.
ANASTASIA: (Su voz continúa cabizbaja) Eres un buen hombre, Sagara. De verdad. Y esto no me molesta, al contrario… me honra. Pero…
SAGARA: (Tragó saliva) ¿Pero…?
ANASTASIA: (Con dulzura) Hay alguien más… No sé si debería sentir esto. No sé si está bien. Pero… no puedo pensar en otra persona.
SAGARA: (Con voz de resignación) ¿Es… Kudou?
Ella bajó la mirada, pero no dijo nada.
SAGARA: (Con amargura contenida, pero sin rencor) Lo imaginaba… (casi en un murmullo) Solo… no te alejes de mí por esto. Por favor.
ANASTASIA: (Tratando de sonar positiva) No lo haré. Tienes mi amistad. Eso no cambia, es más mis amigos me dicen Any, puedes decirme así también.
Y le ofreció una sonrisa cálida, de esas que no prometen amor, pero tampoco abandono. Una sonrisa real. Y aunque para Sagara no era suficiente, la recibió con la gratitud de quien aún tiene el corazón intacto.
Lo que ninguno de los dos sabía es que, desde el otro lado del pasillo, una sombra se había detenido. Corwin. Observador por naturaleza, curioso por defecto, y protector de Kiyoka por beneficio propio sin haberlo pedido.
Apoyado contra el marco de la puerta entreabierta, había visto todo. No escuchó cada palabra, pero el lenguaje corporal fue claro. El acercamiento. La intensidad en los ojos del chico. La expresión de ella. La falta de distancia entre ambos.
Y aunque no le correspondía… algo en su interior dijo: Kudou debería saber esto.
Y con pasos silenciosos y una sonrisa entre maliciosa y justiciera, se marchó.
El atardecer comenzaba a dibujar sombras largas sobre el patio de entrenamiento. Algunos soldados todavía practicaban en silencio, otros caminaban con pereza de vuelta a sus dormitorios. El aire tenía ese aroma a tierra tibia y madera que suele acompañar a los días que se sienten más intensos de lo que aparentan.
Kiyoka se encontraba junto a un poste de entrenamiento, solo, ajustando las cintas de su guante militar. Su ceño fruncido, como siempre, pero hoy no era concentración lo que cubría su rostro. Era algo más. Algo que lo rondaba desde la noche anterior.
Corwin lo encontró allí, como si el destino le hubiese preparado el escenario perfecto.
CORWIN: (Con voz burlona aunque elegante) Capitán Kudou…
Kiyoka no respondió. No era que no lo escuchara, simplemente no tenía deseos de compartir aire con nadie. Pero Corwin no era de los que se rendían ante un muro.
CORWIN: (Continuando con su tono burlón) ¿No me digas que no has notado lo encantadora que está tu protegida estos días?
Corwin comentó, dando vueltas a su alrededor como un gato. Kiyoka lo miró de reojo, tenso. No mordió el anzuelo. Corwin sonrió.
CORWIN: Ah, claro. Usted es de piedra. Imperturbable. Aunque… me pareció verla con un soldado esta tarde. Sagara, si no me equivoco. Muy bien acompañado estaban. Riendo. Compartiendo carpetas, miradas. Muy... cerca.
Kiyoka clavó los ojos en la madera del poste.
KIYOKA: (Con voz baja y grave) No es de mi incumbencia.
CORWIN: (Con voz irónica) ¿No? Entonces, ¿por qué la cuerda de tu guante está al borde de romperse?
Solo entonces Kiyoka se dio cuenta de que la estaba tensando con fuerza excesiva.
KIYOKA: (Con voz inmutable) Ella puede hacer lo que quiera.
CORWIN: (Con voz comprensiva) Oh, eso es evidente
Dijo Corwin, girando para irse, y lanzando su última daga.
CORWIN: Pero no todos tenemos el lujo de fingir tan bien que no nos importa.
Esa noche, después de una cena sin sabor, Kiyoka intentó despejar su mente leyendo informes atrasados. Pero las palabras no se fijaban en su cabeza. Todo volvía al mismo lugar.
La imagen de Any, sonriendo. Pero no con él. Con ese chico. Recordó cómo la había visto tiempo atrás, tensa, contenida, midiendo cada palabra en su presencia…Y ahora reía. Hablaba con soltura. Como si nada en ella tuviera que protegerse.Como si estuviera bien lejos de él.
Un pensamiento se filtró en su interior como una espina venenosa:
¿Será así con todos? ¿Será que yo no soy distinto? ¿Y si esto es… su forma?
La ira le ardió en las venas.
Se levantó sin saber qué buscaba. Caminó por los pasillos del cuartel, y entonces la vio. Ella y Sagara. Juntos.
En una pequeña sala de archivos. Sentados lado a lado, inclinados sobre un conjunto de carpetas. Las cabezas casi tocándose. Ella le señalaba algo con el dedo, él sonreía.La cercanía era insoportable. Kiyoka no escuchaba la conversación, pero no hacía falta. El corazón se le cerró como una puerta mal cerrada azotada por el viento. No lo pensó. No razonó. Solo se dio la vuelta y se fue.
Desde entonces, la evitó. No fue algo planeado, fue un instinto. Como un animal herido que se esconde para no mostrar su carne abierta. Any lo buscó una, dos, tres veces. Lo esperó a la salida de la sala de mando. Él tomó un pasillo distinto.Se acercó durante el almuerzo. Él se levantó justo cuando ella iba a hablarle.Lo esperó fuera de su dormitorio. Él no salió en toda la tarde.
¿Qué estoy haciendo?, se preguntaba, apretando los dientes con rabia.Pero su orgullo era más fuerte que su dolor. Y lo peor… es que no le dolía verla con Sagara. Le dolía no ser él quien la hiciera reír así. Le dolía no haber sido nunca capaz de relajarse a su lado. Le dolía no haberla abrazado, le dolía… quererla sin saber cómo decírselo. Pero en su interior, una parte mezquina murmuraba: Tal vez nunca fui distinto. Tal vez me mostró la cicatriz porque simplemente le gusta que la vean. Tal vez… soy uno más. Ese pensamiento lo consumía.
Y entonces, justo cuando la noche se espesaba y los faroles comenzaban a apagarse en los pasillos de los dormitorios… La escuchó.
Su voz.
“Kiyoka…”
Estaba parada ahí, esperándolo. Como si el universo no se hubiera quebrado entre ellos. Como si todavía fueran los mismos. Pero él ya no podía fingir que no le dolía. Y tampoco podía fingir que no se sentía traicionado por algo que jamás le había sido prometido. Y lo que vino después… dolería a los dos más que cualquier herida visible.
El pasillo frente a los dormitorios estaba vacío. El silencio lo envolvía todo, como si incluso el aire supiera que lo que estaba a punto de suceder no debía ser interrumpido. Kiyoka avanzaba con paso firme, el rostro duro, los labios apretados, como si llevara una armadura bajo la piel. Pero por dentro era un huracán. No había podido dejar de verla en su mente: Any, riendo con Sagara, inclinada sobre los informes, con esa naturalidad con la que nunca se mostraba con él. ¿Y si todo lo que creía especial entre ellos no era más que una ilusión?
ANASTASIA: (Ahora con tono de pregunta) ¿Kiyoka?
Su voz lo detuvo como un encantamiento. Era suave. Familiar. No tenía miedo. Solo ese tono honesto que siempre usaba con él.
Se giró. Ella estaba allí, con su bata de dormir blanca atada con un lazo, el cabello algo suelto y una expresión preocupada en los ojos. Había estado esperándolo. Kiyoka la miró de arriba abajo. Ese cuerpo que conocía más por accidente que por derecho. Esa piel que tocó una vez en la oscuridad del agua, esa cicatriz sobre su pecho…Y ahora ese recuerdo dolía. Porque no podía dejar de preguntarse si lo que creía exclusivo, íntimo, era realmente suyo o… compartido.
ANASTASIA: ¿Podemos hablar…?
KIYOKA: (Con voz fría y distante) ¿De qué quieres hablar?
Ella se detuvo, confundida por su tono.
ANASTASIA: (Con tono confundido) De nosotros… de lo que ha pasado. Me has estado evitando todo el día.
KIYOKA: (Serio y con ironía) Quizás es porque ya no soy el único que quiere pasar tiempo contigo.
ANASTASIA: (Sorprendida) ¿Perdón?
KIYOKA: (Su voz se volvió con tono de reproche) Vi cómo estabas con él… Tan relajada. Tan… cómoda.
ANASTASIA: (Dolida) Kiyoka, no tienes derecho a…
KIYOKA: (Su voz se volvió irónica y ofensiva) No sabía que esa cercanía era parte de tu repertorio… Debes hacer sentir especiales a muchos, ¿no?
ANASTASIA: (Sin soportar) ¡Basta! ¡Estás diciendo cosas horribles!
KIYOKA: (Su voz cada vez más enojada) ¿Ah, sí? ¿Y qué parte es mentira? ¿Que sonríes con él como nunca lo hiciste conmigo? ¿Que te inclinas tan cerca que parece que vas a…?
ANASTASIA: ¡Detente! Eso no es justo…
KIYOKA: No (Interrumpiendo cada vez más cruel y baja) Justo sería saber cuántos más has hecho sentir únicos antes de desecharlos.
Dos soldados que pasaban cerca se quedaron petrificados al escucharlos.
ANASTASIA: (Ya no daba crédito a lo que oía) ¿Qué…?
Kiyoka la tomó del brazo, sin violencia pero con firmeza, y la empujó suavemente hasta el interior de su cuarto. Cerró la puerta tras ellos.
ANASTASIA: (Enojada) ¿Qué estás haciendo?
KIYOKA: Estoy harto de que todos hablen de ti como si fueras un misterio encantador ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Qué pretendes?
ANASTASIA: (Desesperada) ¡No estoy pretendiendo nada! ¡Solo he sido yo misma! ¡Y contigo… contigo he sido diferente! ¡Eres el único al que le he confiado lo que soy, lo que siento!
Sus palabras no bastaron para apagar el veneno que lo consumía.
KIYOKA: (Con voz irónica y cruel) ¿Ah sí? ¿Y esa cicatriz? ¿También se la mostraste a él?
ANASTASIA: (Con voz quebrada) ¿Qué dijiste?
Any palideció. Kiyoka dio un paso hacia ella. En un impulso ciego, le tomó el lazo del kimono de dormir. Un tirón seco. El lazo se soltó. La prenda cayó con un susurro sordo al suelo. Any se quedó helada. Durante unos segundos, el mundo se detuvo. Su cuerpo tembló. Sus manos instintivamente subieron a su pecho mientras caía de rodillas, abrazándose a sí misma, ocultándose de él, del aire, del dolor.
ANASTASIA: (Con voz rota) ¿Por qué… hiciste eso…?
Kiyoka no respondió. Su rostro se endureció, pero algo en su mirada comenzó a quebrarse al ver la forma en que ella lloraba, abrazada a sí misma, rota.
ANASTASIA: Solo tú la habías visto (Llorando) Solo tú… y yo pensé… que no me mirarías con asco… Solo tú sabías lo que significaba. Y tú… tú la usaste para herirme.
KIYOKA: (Volviendo en sí) No… no fue eso… yo…
Dijo él, retrocediendo, abrumado por su propia reacción. Él la miró, y de pronto lo vió todo: el dolor, la confianza rota, la dignidad hecha trizas en el suelo.
ANASTASIA: (Distante) Vete.
Ella no gritó. No le rogó. Solo lo dijo con una voz tan vacía que dolía. Y Kiyoka… Salió del cuarto sin decir una palabra. Cerró la puerta tras de sí con manos temblorosas Como un cobarde.
Minutos después, Any salió gateando, con las piernas aún débiles, abrazando la bata contra su cuerpo, sus lágrimas cayendo sin fin. Cruzó el pasillo sin mirar a nadie. Llegó a su habitación, cerró la puerta. Y por primera vez desde que llegó al cuartel… deseó no haber confiado nunca en Kiyoka Kudou.
La noche había envuelto el cuartel en una calma espesa, como si el aire supiera que algo se había roto y que no debía tocarlo. Kiyoka caminaba con el cuerpo rígido, los pasos erráticos. No recordaba en qué momento sus pies lo llevaron de regreso hacia los dormitorios. No sabía si había pasado cinco minutos o una hora desde que salió huyendo del cuarto dejando a Any, pero cada segundo lejos de ella se sentía como una condena. En su pecho, una presión agónica. En sus manos, la sensación de su bata cayendo al suelo aún latía. En sus oídos, el eco de su llanto. Y en sus ojos… el temblor de ese cuerpo arrodillado. No podía borrarlo. ¿Qué he hecho?
Giró por el pasillo con la esperanza —o quizás el miedo— de verla de nuevo, de encontrarla fuera de su cuarto, de pedirle perdón sin palabras. Pero lo que vió fue otra cosa.
Una silueta masculina, alta y quieta, se encontraba frente a la puerta de Any, Sagara. Kiyoka se detuvo en seco. El impulso fue irse, esquivarlo, continuar su castigo en silencio. Pero cuando intentó rodearlo, el joven se giró y lo miró directamente a los ojos.
SAGARA: (Con voz firme) Capitán Kudou.
La voz era seria, pero no hostil. Había preocupación en sus ojos. Cansancio. Kiyoka no respondió.
SAGARA: ¿Sabe usted algo de Any?
El capitán bajó la mirada, el estómago apretado. El nombre de ella en boca de otro le ardía más ahora que nunca, además el la llamaba de una manera aún más informal “Any”.
KIYOKA: (Serio) ¿Por qué lo preguntas?
SAGARA: (Con voz de preocupación) Alguien… dijo que la vieron llorar. Corrí a verla, pero no abre la puerta. No responde.
Sagara lo miró, genuinamente preocupado.
SAGARA: ¿Usted la vió esta noche?
Kiyoka hizo un esfuerzo por mantener el rostro imperturbable.
KIYOKA: (Su voz sonó más seca de lo que pretendía ) Ella está bien.
SAGARA: (Dudoso) ¿Seguro?
KIYOKA: Se encerró a descansar. No quiere ver a nadie.
Sagara asintió, pero algo en su mirada no se convencía del todo. Aun así, no insistió.
SAGARA: (Con tristeza) Lamento molestar… Es solo que me preocupó mucho.
Kiyoka apretó los labios. Sagara vaciló, pero luego pareció reunir fuerzas para soltar algo que llevaba en el pecho.
SAGARA: ¿Sabe…? No creo que yo tenga ninguna oportunidad con ella.
KIYOKA: (Sin entender) ¿Qué…?
SAGARA: Le dije que me gustaba. (Suspiró) Pero ella fue honesta. Me habló con respeto. No me hizo sentir mal. Me dijo que ya había alguien que le gustaba… que su corazón estaba en otra parte.
Kiyoka lo miró fijamente, Su expresión cambio rotundamente.
KIYOKA: ¿Eso te dijo?
SAGARA: (Con una pequeña sonrisa resignada) Sí… Y me lo dijo tan dulce, que no pude ni estar triste. Me ofreció su amistad con tanta calidez que… aún quise quedarme cerca.
Kiyoka sintió que el suelo bajo sus pies se volvía de cristal.Las piezas del rompecabezas que él había distorsionado por sus propios celos, caían una por una.
SAGARA: Nunca me dió falsas esperanzas… Fue clara, fue gentil. Nunca jugó conmigo.
El silencio se hizo largo. Denso.
SAGARA: Y usted… (Bajando un poco la voz, sin intención de herir, pero con la verdad en la lengua) ¿Usted qué le dio, Kudou?
Kiyoka tragó en seco. No respondió, porque no podía. Sagara lo miró una última vez, inclinó la cabeza con respeto, y se marchó por el pasillo. Y Kiyoka Kudou, capitán de voz firme y semblante imperturbable… se quedó solo. Con la culpa comiéndole el alma.
El amanecer llegó sin gloria. Un cielo plomizo se extendía sobre el cuartel, opacando el brillo habitual de las mañanas de instrucción. La brisa traía un frío leve, ese que no se siente en la piel… pero sí en el pecho. Kiyoka no había dormido. Había pasado la noche en silencio, sentado en la oscuridad de su cuarto, con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Las palabras de Sagara retumbaban en su interior como campanas rotas: "Nunca jugó conmigo. Y usted… ¿qué le dio?" Y luego… la imagen.Any, arrodillada, Sollozando. Su cuerpo desnudo, no como un deseo, sino como una herida expuesta. Una herida que él mismo había provocado. “¿Cómo pudiste…?”Apenas recordaba cómo había salido del cuarto. Solo sabía que lo había hecho.Como un cobarde.
La sala de reuniones estaba lista desde temprano. Las sillas alineadas, los mapas desplegados, los documentos sobre la mesa.
Kiyoka entró con la misma compostura de siempre. O eso parecía. ZUHAKI su mano derecha lo saludó con una inclinación de cabeza.
ZUHAKI: Todos los escuadrones están presentes, señor
Él asintió, pero sus ojos se movieron de inmediato hacia la mesa lateral.Hacia ese asiento que desde hacía semanas ya no era solo “un lugar”.Era el lugar de ella. Vacío. Él intentó disimular su inquietud.
KIYOKA: ¿Y Anastasia?
Zuhaki pareció dudar un segundo.
ZUHAKI: Se reportó enferma esta mañana. Dolor de cabeza, fiebre leve. Pidió permanecer en su habitación.
Kiyoka apretó los labios. No dijo nada. Solo asintió y se sentó en su lugar. Pero todo a su alrededor comenzó a volverse borroso. Los soldados hablaban. Se discutía una misión. Se evaluaban rutas, protocolos. Y él no escuchaba nada, solo miraba ese asiento vacío, ese espacio que solía llenarse con su voz suave, sus manos cuidadosas tomando notas, su leve perfume flotando entre los papeles. Ahora no había nada. Y por primera vez desde que la conoció… sintió miedo. No a perderla físicamente. Sino a que ya no pudiera mirarlo nunca más de la misma forma. A que el daño fuera irreversible. A que la confianza que ella había depositado en él, esa que no le ofrecía a nadie más, ya no estuviera allí. Kiyoka cerró los ojos, y el silencio volvió a doler más que cualquier grito.
Y así terminó ese día: Con un informe incompleto. Una decisión sin alma. Un nombre que no se pronunció. Y un corazón lleno de cicatrices… que no se veían desde fuera.
Capítulo 7: Tarde para disculpas, temprano para olvido
Las primeras luces del nuevo día bañaban el cuartel con una calma impostora. Nada parecía fuera de lugar. Nada… excepto el silencio que dejaba Any al no estar donde siempre estaba. Kiyoka había intentado dormir. Fracasó. Había intentado escribir un informe, Fracasó. Había intentado olvidar lo que vió, lo que dijo, lo que le hizo, Fracasó. Su mente lo empujó finalmente hacia un acto inevitable.
Frente a la puerta de Any. Tocó, una vez. Esperó. Tocó de nuevo. Silencio.
KIYOKA: (Con voz arrepentida) Anastasia… (Dejar un silencio y hablar más bajo) Sé que estás allí. (dejar silencio) Sé que no tengo derecho a pedirlo. Pero… necesito hablar contigo. (dejar silencio) No quiero excusas. No quiero… justificarme. Solo… escúchame.
Una sombra se movió detrás del papel traslúcido de la puerta. Él contuvo el aliento. Pero no fue la puerta lo que se abrió. Fue su voz, amortiguada por la madera.
ANASTASIA: No, Kiyoka.
No gritó. No lloró. Solo dijo esas dos palabras como una espada en la garganta que hicieron tambalear el corazón de Kiyoka.
KIYOKA: (Con temor) ¿No… qué?
ANASTASIA: No quiero escucharte. No hoy.
KIYOKA: (En casi un susurro) Lo lamento, No sabes cuánto.
(Silencio de tensión)
ANASTASIA: (Con voz desanimada) No sé qué fue lo que hice… No sé en qué momento me convertí en el enemigo. Pero dolió. Duele.
KIYOKA: (tragó saliva) Lo sé…
ANASTASIA: No, no lo sabes.
Su voz se quebró apenas, pero no tanto como la vez anterior.No lloraba ya. No como antes. Y eso, en cierto modo, dolía más.
ANASTASIA: Kiyoka, no puedes decir que me cuidaste y luego arrancarme la ropa para castigarme con tus dudas.
Él cerró los ojos, una punzada en el pecho.
ANASTASIA: Tú eras el único lugar donde sentía que podía ser yo sin miedo (con voz cada vez más temblorosa) Y me quitaste eso. En segundos.
La puerta no se abrió. Sus pasos no se acercaron. Y él supo que ese era su castigo.
Durante el día, Any no salió de su cuarto. ZUHAKI le llevó comida que no tocó.Corwin pasó dos veces por el pasillo sin decir nada, solo miró la puerta cerrada.Sagara se detuvo frente a ella, dejó unas flores en un papel blanco y se fue sin esperar. Y Kiyoka… no se atrevió a volver.
Esa noche, al regresar a su cuarto, encontró algo que no esperaba. Un sobre. Sin nombre. Sin floritura. Sin perfume. Solo una letra que reconoció de inmediato. Firme. Clara. Precisa. De ella. Temblando, lo abrió. Dentro, solo una hoja. Escrito a mano. Sin adornos.
“A veces la confianza no se rompe con gritos. Se rompe con la mirada de quien ya no te cree. No quiero venganza. Solo distancia. No por rabia. Sino por respeto a lo que yo sentía. No me busques. No me expliques. Cuídame… desde lejos. A.”
Kiyoka dejó caer la carta. No por descuido. Sino porque sus manos ya no podían sostenerla sin quebrarse.
Habían pasado tres días desde la carta. Tres días sin verla en el comedor. Tres días sin escuchar su voz en los pasillos. Tres días en los que cada rincón del cuartel parecía más grande y más frío.
Kiyoka no volvió a golpear su puerta. No por indiferencia, sino porque cada vez que levantaba la mano, la oía de nuevo decir en su mente: “No. No hoy.”
Any solo salía por las noches, cuando el cuartel dormía. Caminaba por el jardín interior, cubriéndose con una capa ligera, sin maquillaje, con el cabello suelto. Ya no buscaba la sombra. Ahora era la sombra.
Una noche, mientras contemplaba los pétalos caídos de una flor de sakura seca, alguien habló detrás de ella.
CORWIN: (Con voz grave) Es curioso… ver a una flor admirando a otra.
Any giró con suavidad. Corwin estaba allí. De pie, con las manos en los bolsillos, la postura relajada y el tono suave. Pero sus ojos —claros, perspicaces— no ocultaban la intención de su visita.
CORWIN: No vine a espiar… Solo… me crucé contigo.
Ella no respondió. Solo se quedó mirándolo unos segundos. Corwin dió un par de pasos más cerca, con el andar de quien no busca asustar, sino envolver.
CORWIN: (Hablando suave y con sinceridad) ¿Te molesta si me quedo?
ANASTASIA: No…
CORWIN: (Tratando de sonar despreocupado) No es lo mismo sin ti (tratando de corregir lo que dijo) El cuartel, digo. Se siente… más cuadrado. Más triste.
ANASTASIA: ¿Y tú? ¿Tú te sientes triste?
CORWIN: (Sonriendo levemente) ¿Tú crees que yo tengo corazón?
Ella giró lentamente la cabeza para mirarlo.
ANASTASIA: Sí… Somos pocos los que salimos con corazón de esa fábrica que nos formó, supongo…
Corwin bajó la mirada por un segundo, y su sonrisa perdió su filo.
CORWIN: (Con voz suave y sincera) Entonces sí. Me siento triste.
Hubo un silencio largo. Pero no incómodo. Era… distinto.
ANASTASIA: ¿Qué quieres de mí, Corwin? —preguntó ella finalmente.
CORWIN: (Casi en un susurro) Nada… Solo estar donde él no supo quedarse.
Eso la golpeó más de lo que pensaba. No porque quisiera oírlo, sino porque alguien se lo había dicho en voz alta. Y no fue él. Ella tragó saliva, apartando la mirada.Corwin dió un paso más cerca, pero no la tocó.
CORWIN: No te estoy pidiendo nada… Ni tu perdón. Ni tu cariño. Ni tus secretos.Solo… si alguna noche no quieres estar sola, yo sabré callar.
Any sintió cómo sus ojos se nublaban. No de tristeza. Sino de agotamiento.
ANASTASIA: ¿Vas a decirle a Kiyoka que estuve aquí?
CORWIN: ¿Por qué iba a hacerlo?. No creo que él merezca saber nada de ti ahora mismo.
ANASTASIA: Entonces… quédate.
Y por primera vez desde que comenzó todo, Corwin se sentó junto a ella. No la tocó. No le preguntó nada. No la miró de más. Solo… la acompañó.
Mientras tanto, en su cuarto, Kiyoka miraba fijamente la flor seca que había dejado Sagara días atrás. Seguía intacta sobre su escritorio. No tenía color.No tenía aroma. Pero seguía ahí. Como ella. Como el eco de lo que él mismo había destruido. Y aunque no lo sabía… en ese momento, Any ya no pensaba en él. Pensaba en el silencio.
En la calidez discreta de alguien que no juzgaba. Y en lo frágil que se volvía el corazón cuando empezaba a dejar de doler.
Capítulo 8: Lo que se entrena, lo que se contiene
La madera del dojo crujía bajo cada paso. Era una tarde tranquila, como muchas otras. Las persianas filtraban la luz del sol en líneas doradas que cruzaban el suelo de tatami, y el aire olía a incienso tenue, a polvo limpio, a historia.
Kiyoka había ido allí para vaciar su mente. Llevaba días sin hablar con Any. Días en los que todo se había vuelto una rutina hueca. Y lo peor… era que no sabía si ella pensaba en él. O si ya lo había apartado por completo de su alma. Cerró los ojos y se inclinó frente al altar del dojo. Respiró profundo. Sintió el calor del suelo bajo sus rodillas. Y justo cuando se preparaba para levantarse…
CORWIN: (Con tono despreocupado y algo burlón) no creí que me encontraría con usted aquí, capitán.
La voz. Serena, con una pizca de burla elegante. Kiyoka abrió los ojos lentamente. Frente a él, en el extremo opuesto del dojo, Corwin ya estaba descalzo, con el uniforme de práctica puesto, sosteniendo un shinai de bambú con una postura impecable. Pero no estaba solo. Any estaba sentada en la esquina, al costado de las armas de entrenamiento, con una libreta de notas en las manos, observando en silencio. Su expresión era neutra… pero sus ojos evitaban mirar a Kiyoka directamente. Y ese simple gesto… lo rompió por dentro. No apartó los ojos de Corwin.
KIYOKA: (Con tono seco) Vine a entrenar
CORWIN: Vaya coincidencia. Yo también. Y pensé que quizás la señorita Anastasia querría tomar nota de nuestras rutinas de práctica para el archivo de combates. Ya que no está autorizada para pelear, al menos puede observar.
Any apenas asintió, sin decir palabra. Sus ojos fijos en la hoja. Kiyoka apretó los dientes.
KIYOKA: No me interesa un combate público. Vine a entrenar en silencio.
CORWIN: (Caminando al centro) Ah, no será público. Solo somos tú, yo… y alguien que ya no llora por ti.
El shinai en las manos de Kiyoka crujió apenas.
KIYOKA: (Hastiado) ¿Quieres algo, Corwin?
CORWIN: (Con una sonrisa) ¿No es obvio? Quiero que entiendas que no eres el único que puede fallar. Ni el único que puede ser reemplazado.
Kiyoka dió un paso al centro. Ambos se inclinaron de forma formal. Ambos sabían que el saludo era un ritual. Pero lo que vendría después… no tendría nada de ritual. Any levantó la vista justo cuando los shinai chocaron. El primer golpe fue limpio. El segundo, más tenso. El tercero, con rabia.
Kiyoka atacaba con precisión contenida. Corwin respondía con agilidad, pero también con intención. Ninguno hablaba. Pero Any veía. Y entendía. No era solo práctica.Era una declaración. Un golpe cruzado rompió el ritmo. Kiyoka lo desvió con fuerza. Corwin trastabilló un segundo. Se estabilizó, pero bajó su shinai.
CORWIN: (Con voz agitada) Te estás enfadando, Kudou.
KIYOKA: (También agitado) No estoy enfadado
CORWIN: (Con tono malicioso) Entonces no te importará si la acompaño esta noche en el jardín otra vez ¿Verdad?
Kiyoka lanzó el shinai al suelo con fuerza. El sonido retumbó en el dojo como un trueno seco. Any se levantó con sobresalto. Corwin se mantuvo impávido.
CORWIN: (Sonido de agacharse para recoger el arma del suelo) Eso pensé…
Kiyoka lo miró con furia, pero no dijo nada más. Se giró hacia Any.
KIYOKA: (Enojado) ¿Esto es lo que quieres ahora?
Any lo miró. Directa. Sin temblor. Pero con los ojos apagados.
ANASTASIA: (Firme) Quiero que dejes de actuar como si tu dolor fuera más importante que el mío.
Kiyoka tragó saliva. Y por segunda vez en su vida… se sintió derrotado. No en combate. Sino en amor.
Más tarde, cuando el sol comenzaba a caer, Corwin pasó por el jardín. Any estaba sentada en el mismo banco de piedra.
CORWIN: ¿Puedo?
Ella no respondió. Solo corrió un poco su capa para que él se sentara junto a ella.
CORWIN: (Casi en un murmullo) No quise hacerlo tan obvio
ANASTASIA: (Despreocupada) No fue obvio… Fue necesario.
Corwin asintió. No por arrogancia. Sino porque había comprendido algo. A veces el campo de batalla no es la guerra… Es el corazón de quien ya no te espera.
La luna estaba alta. Todo el cuartel dormía. Excepto él. Kiyoka caminaba en silencio por el pasillo que conducía a los cuartos privados. Tenía las manos frías, la respiración contenida, y el corazón… agrietado.
Se detuvo frente a la puerta de Any. Respiró hondo. Golpeó suavemente. Nada.
KIYOKA: Anastasia… (Con voz baja) Any… Soy yo. Sé que estás allí. (Silencio) No… no vengo a pedirte que me perdones. Solo quiero… decirte lo que no supe decir antes.
La puerta permanecía cerrada. Pero desde dentro, una sombra se movía. Lo escuchaba. Y eso bastaba para dolerle más.
KIYOKA: Yo no sabía cómo se veía el amor hasta que tú llegaste. Y cuando lo reconocí… no supe cómo tratarlo. Te herí porque me hería no poder tocarte sin destruirte. (Apoyó la frente sobre la puerta) Esta noche, te soñé sonriendo. No por mí, no conmigo. Y me desperté con miedo de no volver a ser parte de eso jamás.
Un leve crujido. La puerta no se abrió… pero una voz suave se filtró desde adentro.
ANASTASIA: (Voz detrás de la puerta, Con infinito pesar) ¿Por qué ahora, Kiyoka? ¿Por qué cuando ya tengo que protegerme de ti?
KIYOKA: Porque ahora entiendo. Y antes… solo sentía.
Adentro, Any se abrazaba las piernas, sentada junto a la puerta. Su cabello caía sobre su hombro. Estaba descalza. Vulnerable. Pero no rota.
ANASTASIA: (Voz detrás de la puerta. En un susurro) No sé si quiero escucharte aún
KIYOKA: Lo sé.
ANASTASIA: (Voz detrás de la puerta) ¿Y aún así…?
KIYOKA: Aquí estaré. No para tocarte. Solo para que sepas que aún respiro por ti.
Ella no respondió. Pero no se levantó. Y tampoco lloró.
Unos metros más atrás, entre las sombras del pasillo, Corwin se detuvo. No hizo ruido. No interrumpió. Solo observó. Y por primera vez… no sonrió. Porque incluso él, el que nunca quiso competir, ahora se preguntaba: ¿Y si ella aún lo ama… más de lo que duele?
Capítulo 9: Desde este lado de la puerta
Narrado desde la perspectiva de Any.
Había noches en que el silencio pesaba más que los recuerdos. Y otras… como esta, en que el silencio era el único refugio que le quedaba. Any estaba sentada en el suelo de su habitación, con la espalda apoyada en la puerta, envuelta en una manta ligera que cubría sus piernas. La tela de su bata de dormir estaba arrugada, su cabello desordenado caía como una cortina sobre sus hombros, y sus ojos, aunque secos, estaban marcados por días de insomnio.
No lloraba. No porque no pudiera. Sino porque estaba demasiado rota para romperse más.
Había intentado seguir adelante. Volver a ser la chica tranquila, que pasaba desapercibida. La que se dedicaba a su trabajo, que era educada, que sonreía con moderación, que hablaba lo justo. Pero después de todo lo que había compartido con él, volver atrás era como intentar ponerse una piel que ya no le pertenecía.
El amor —ese que nunca dijo en voz alta— se le había filtrado por dentro como tinta en agua clara. Y ahora, incluso desde la distancia, Kiyoka seguía presente en cada rincón.
Cada vez que pasaba frente al dojo. Cada vez que veía una taza de té mal servida.Cada vez que alguien decía su nombre en voz baja. Cada vez que Corwin la miraba, esperando algo que ella no podía dar aún. Y sin embargo… ella había elegido el silencio. No para castigarlo. Sino para protegerse.
El sonido fue tan suave que pensó que lo había imaginado.
(Golpe. Golpe de puerta)
Se quedó inmóvil.
KIYOKA: (Voz detrás de la puerta) Anastasia… Any… Soy yo
Su voz. Seca, grave, pero esta vez… frágil. Como si hablara desde el centro de su herida, además la llamó Any, había soñado escucharlo decirle así. Ella no se movió. No respondió. Solo se abrazó más fuerte las piernas.
KIYOKA: (Voz detrás de la puerta) Sé que estás allí.
ANASTASIA: (Voz en off en sus pensamientos) Por supuesto que estoy, pensó ella. Siempre estuve.
KIYOKA: (Voz detrás de la puerta) No vengo a pedirte que me perdones. Solo… decirte lo que no supe decir antes.
La rabia, por un segundo, quiso emerger. ¿Ahora? ¿Después de haberla despojado de lo único que jamás había compartido con nadie? ¿Después de haber dudado de su alma, de su cuerpo, de su historia? Pero esa rabia… era un velo. Y lo que había debajo era peor. Era miedo. Miedo de escuchar algo que volviera a ablandarla. Miedo de abrir la puerta y que sus manos, traidoras, quisieran tocarlo de nuevo. Miedo de su propia necesidad de perdonarlo. Por eso no habló. Hasta que él siguió.
KIYOKA: (Voz detrás de la puerta) …Yo no sabía cómo se veía el amor hasta que tú llegaste.
Any cerró los ojos. Las palabras eran cuchillas. Lentas. Dolorosas. Sinceras.
KIYOKA: (Voz detrás de la puerta) …Y cuando lo reconocí… no supe cómo tratarlo. Te herí porque me hería no poder tocarte sin destruirte.
Sus labios se apretaron. Una lágrima le quemó la mejilla antes de caer. Solo una.
KIYOKA: (Voz detrás de la puerta) …Esta noche, te soñé sonriendo. No por mí, no conmigo… Y me desperté con miedo de no volver a ser parte de eso jamás.
Ella sintió que su corazón latía tan fuerte que no sabía si dolía o revivía. Se giró despacio, hasta quedar sentada de lado, con la mejilla apoyada contra la puerta. Podía sentirlo allí. Su calor. Su culpa. Su espera. Y entonces… habló.
ANASTASIA: (En susurro) ¿Por qué ahora, Kiyoka? ¿Por qué cuando ya tengo que protegerme de ti?
KIYOKA: Porque ahora entiendo… Y antes… solo sentía.
Any apoyó una mano sobre la puerta. No para abrir. Sino para sostenerse.
ANASTASIA: (En susurro) No sé si quiero escucharte aún.
KIYOKA: (Voz detrás de la puerta) Lo sé.
ANASTASIA: ¿Y aún así…?
KIYOKA: (Voz detrás de la puerta) Aquí estaré. No para tocarte. Solo para que sepas que aún respiro por ti.
Y con eso… se fue. No oyó pasos. No oyó un adiós. Pero supo que ya no estaba allí. Y sin embargo… el peso de su presencia permaneció. Ella se quedó en el suelo un largo rato. Pensando. No en la herida. Sino en lo que venía después. Porque perdonar no era olvidar.Y amar… no era aceptar todo. Pero a veces, cuando el alma ya sangró, lo que queda es la elección de sanar. Y Any aún no sabía si quería que él fuera parte de eso.
Desde su ventana, pudo ver el jardín. Corwin estaba allí, paseando en círculos, como si no pudiera dormir. Como si también supiera que la noche se estaba partiendo en dos. Y ella, por primera vez en días, no se sintió culpable por no abrir la puerta. Porque esta vez…había elegido abrirse a sí misma primero.
Capítulo 10: Gracias por quedarte, pero no te confundas
La lluvia había empezado a caer esa tarde. Fina. Suave. Constante.El tipo de lluvia que no arrastra nada, pero lava lo que ya estaba suelto.
Any se había quedado en la biblioteca auxiliar del cuartel. Era una sala olvidada, casi nunca usada, con anaqueles polvorientos y ventanas que daban al jardín. Le gustaba ese rincón porque nadie la buscaba allí. Nadie… excepto uno.
CORWIN: Sabía que te encontraría aquí.
La voz de Corwin se filtró desde la entrada, con esa mezcla de confianza y melancolía que ya no intentaba ocultar. Any no se giró. Estaba sentada en el alfeizar de la ventana, las piernas recogidas, un libro cerrado sobre las rodillas.
ANASTASIA: No estoy escondida.
CORWIN: Lo sé. Pero aún así… te escondes.
Se acercó con paso firme, sin ruidos innecesarios, y se quedó a medio metro de ella. No demasiado cerca. No tan lejos como antes.
ANASTASIA: Quería agradecerte… Por el otro día… en el jardín. Y por no preguntar más de la cuenta.
Corwin asintió, cruzando los brazos.
CORWIN: No siempre es necesario saber los detalles para entender que alguien está rota.
ANASTASIA: No estoy rota.
CORWIN: Entonces está… ¿doliendo?
ANASTASIA: (Con una sonrisa cansada) Estoy remendándome… Como quien cose una tela fina después de un desgarro.
Él la observó en silencio. Había en su mirada una mezcla de respeto, ternura… y una pregunta que no se atrevía a hacer. Pero ella la sintió.
ANASTASIA: (Con voz baja) Necesito que entiendas algo. (Con calma) No tengo miedo de ti, No me incomodas. No me usas. Y eso… en estos días, es un alivio.
Corwin esperó. Aún en calma. Aún sin romper la atmósfera.
ANASTASIA: Pero no estoy lista para que alguien más se me acerque con otras intenciones.
El silencio que siguió fue largo. Doloroso, quizás. Pero justo. Corwin respiró hondo y apunto el pecho de Any.
CORWIN: ¿Kudou aún vive ahí?
ANASTASIA: No sé si vive… (susurrando) Pero todavía duele como si estuviera allí.
Corwin asintió lentamente. Sin sonrisa. Sin ironía.
CORWIN: Entonces eso es suficiente respuesta.
Dio un paso atrás. No como quien se aleja por despecho, sino como quien entiende su lugar.
CORWIN: (Con sinceridad) Nunca quise aprovecharme, Anastasia. Solo… vi que te estabas ahogando. Y me senté a tu lado. Nada más.
ANASTASIA: (Conmovida) Y por eso… te agradezco más que a nadie.
Se acercó, despacio, y apoyó su frente en el hombro de él por unos segundos. Solo eso. Sin promesas. Sin mentiras.
Corwin no se movió. No la rodeó. No buscó más. Cuando ella se apartó, él bajó la mirada, tocó su muñeca apenas con los dedos —como si se despidiera—, y se fue.
Any se quedó sola. La lluvia seguía cayendo. Y en su pecho, por primera vez desde hacía semanas, el dolor no era un nudo. Era una costura nueva, firme, sensible… pero suya. Aún no sabía si volvería a abrir la puerta para Kiyoka. Aún no sabía si alguna vez podría amar a Corwin. Pero por fin, sabía lo que valía su propia paz. Y eso… era el primer paso hacia cualquier cosa.
El amanecer no trajo luz. Solo un cielo grisáceo, cubierto de nubes bajas, cargadas de una humedad pegajosa que no se sentía en la piel, pero sí en los huesos.
Kiyoka se encontraba frente al mapa extendido sobre la mesa de campaña, en silencio. No porque no tuviera órdenes… sino porque su mente no estaba allí.
Desde hacía días, Any no lo miraba como antes. No evitaba su presencia. No lo confrontaba. Simplemente… se le despegó del alma. Como una flor que se cae sola, sin viento. Y lo peor era que él lo entendía. No podía culparla. Ella no le debía nada más. Pero su ausencia lo desgastaba más que cualquier combate.
ZUHAKI: (Firme y dispuesto como siempre) Capitán Kudou, Patrulla lista. El escuadrón tres saldrá al flanco este como se ordenó.
Kiyoka asintió, casi por reflejo. Sus ojos se alzaron apenas al ver a Sagara entre los hombres formados. El joven mantenía la postura firme, el rostro serio. Pero había algo distinto en su mirada. Una tristeza serena. Como quien ya no espera ser elegido, pero aún se presenta con dignidad.
Kiyoka desvió la vista.
“Nunca me dio falsas esperanzas… y aún así no supe cómo dejar de esperarla.”
Las palabras que Sagara le había dicho días atrás no lo abandonaban. Y hoy… tenían otro eco.
El operativo era simple en papel. Reconocimiento del terreno al este del bosque de Shirama. Unos kilómetros más allá, se habían reportado movimientos inusuales de actividad espiritual. Algo más fuerte que las criaturas comunes. Una distorsión, no era combate. Solo vigilancia. Pero Kiyoka conocía la ironía del campo, nada es solo lo que parece.
Los equipos se separaron. Kiyoka iba con su unidad por el flanco sur, mientras Sagara lideraba la vanguardia de un grupo de apoyo por el costado derecho.
Todo estuvo en calma por un buen rato… hasta que la tierra tembló brevemente, y un rugido bajo surgió desde el bosque más denso.
ZUHAKI: (Desde la retaguardia) ¡¡Kudou!! ¡¡Escuadrón tres ha perdido contacto!!
Kiyoka giró al instante.
KIYOKA: (En un grito eufórico y acelerado) ¡Corwin! ¡ZUHAKI! Conmigo. ¡¡Ya!!.
Corrieron mientras ramas crujían bajo sus pasos. El aire olía a tierra húmeda y ozono, como antes de una tormenta mágica. Lo encontraron al borde de un claro, donde los árboles parecían haber sido arrancados con violencia. Sagara estaba tirado en el suelo, su pierna izquierda sangrando profusamente, la rodilla torcida en un ángulo antinatural. Un halo de energía oscura se desvanecía como humo a su alrededor.
ZUHAKI: (arrodillándose a su lado, con voz agitada) ¡Sagara!
El joven abría y cerraba los ojos con dificultad, posó sus ojos sobre Kiyoka
SAGARA: (Con mucha dificultad al hablar) … capitán…
KIYOKA: (Preocupado y también con voz cansada) No hables. (Evaluando la herida) mmm… Vamos a sacarte de aquí.
Corwin se apresuró en activar un sello protector en el suelo.
CORWIN: (Con voz agitada) Listo… ¿Dónde están los otros?
ZUHAKI: (Con voz menos agitada pero aún preocupado) Por lo que logro entender aquí… Hubo una retirada hacia el punto de reunión. Él intentó alejarlos del epicentro solo… es así como quedó atrapado.
Sagara asintió con dificultad y Kiyoka no dijo nada. Pero dentro de él, algo se retorció. Sagara. Ese chico que había soportado un “no” con entereza. Ese chico que había respetado a Any como ella merecía. Ese chico… que él había despreciado por orgullo. Y ahora estaba allí. Sangrando. Defendiendo a su escuadrón.
“¿Y tú qué le diste, Kudou?”
La pregunta volvió con fuerza.
Horas después, en el cuartel médico, el silencio era peor que el ruido. Sagara estaba sedado. La pierna había sido estabilizada, pero los médicos no sabían si volvería a caminar con normalidad. Una decisión pendiente. Una vida interrumpida. Kiyoka estaba afuera. Solo. De pie junto al marco de la puerta. El olor a alcohol y hierbas lo mareaba.Pero lo que dolía no era el olor. Era la voz que venía por el pasillo.
ANASTASIA: (Con urgencia) ¿Dónde está?
Kiyoka se volvió. Ella llegó jadeando, con los ojos enrojecidos.Llevaba su ropa de civil, su cabello atado con apuro. Lo miró, lo ignoró.Entró a la sala. Kiyoka la observó desde fuera. Vio cómo se sentó junto a la camilla, cómo tomó la mano de Sagara. Vio cómo lloró en silencio, sin escándalo, sin vergüenza. Y por primera vez en mucho tiempo… Kiyoka sintió celos sin rabia. Solo celos… y dolor. Porque ella no lloró así por él. Porque ella… ya no lo necesitaba para sostenerse.
Cuando salió de la enfermería, ella no lo miró. Pasó a su lado como una corriente de aire tibio, con los ojos clavados en el suelo y el corazón en otra parte. Y él…no la detuvo. Porque sabía que en este nuevo mundo que él mismo había roto…ya no tenía derecho a tocarla.
El ala médica del cuartel olía a hojas hervidas y vendajes limpios. Las cortinas estaban apenas abiertas, dejando entrar la luz filtrada del jardín. El día transcurría como si no supiera que un joven soldado había dejado parte de sí mismo tirado en el bosque.
Sagara dormía. Su pierna vendada, elevada. La hinchazón bajaba lento, pero su cuerpo aún temblaba en los momentos de fiebre. A su lado, sentada en silencio, estaba Any.Vestida con ropa sencilla, con un pañuelo blanco atado al cuello y los ojos cansados. Llevaba más de siete horas allí. No como enfermera, no como amante, no como prisionera de la culpa. Estaba allí porque no se le ocurrió otra forma de ser justa.
ASISTENTE MÉDICA: Ya le dije que puede ir a descansar, señorita
ANASTASIA: (En un susurro casi) No… Él estuvo ahí para todos. Al menos puedo estar ahora yo aquí por él.
No lo dijo con dramatismo. Lo dijo con la calma de quien ha aprendido a mantenerse en pie después de que el mundo le arde bajo los pies.
Kiyoka la había visto llegar esa mañana. La vió entrar con una manta doblada en los brazos, un cuaderno para leer, y un pequeño ramo de flores que recogió del jardín. La vio inclinarse ante Sagara antes de sentarse. La vio sonreír con los labios apenas curvados cuando él despertó por un momento y murmuró “gracias”. La vio… sin él. Y no pudo evitar sentirse como un extraño en su propio mundo.
Más tarde, durante el informe general, los superiores debatían si transferir a Sagara a otra unidad médica para que se recupere fuera del cuartel. Un movimiento habitual. Frío, administrativo. Kiyoka escuchaba con los brazos cruzados, el ceño fruncido.
SUPERIOR DEL EJERCITO: (Con voz firme) El joven cumplió su rol. Pero ya no puede ser operativo en combate. Le convendría estar en un centro especializado, con menos presión. Esto no es personal.
KIYOKA: (Levantó la voz) ¡¡Pero sí debería serlo!! ¡Él defendió a su escuadrón con una decisión que yo mismo habría tomado! No huyó. No dudó. ¡Y esta unidad no olvida a los que pelean con honor!
SUPERIOR DEL EJERCITO: Kudou… Esto no es un juicio moral.
KIYOKA: Para mí sí.
(Silencio, y luego sonido de silla corriéndose)
KIYOKA: (Con firmeza) Mientras yo sea el responsable de este escuadrón, Sagara tendrá un lugar aquí. Tal vez no como soldado de campo. Pero su fuerza no depende solo de sus piernas.
Las palabras corrieron rápido. Y para cuando Any salió de la enfermería a tomar aire, ya lo sabía. Lo encontró de pie bajo el porche de la entrada, con los brazos cruzados, observando el cielo encapotado. Se acercó. Despacio.
ANASTASIA: (Casi en un susurro) Gracias.
Él se giró. Ella lo miró. Directo, por primera vez en días.
ANASTASIA: (Con tono de explicación) No por mí… Por él.
Kiyoka asintió, sin decir palabra.
ANASTASIA: (Con dudas) ¿Lo hiciste porque te sentiste culpable?
KIYOKA: (Voz tranquila) Lo hice porque lo merecía.
ANASTASIA: (Con voz suave) Bien… Entonces esta vez… lo hiciste por la razón correcta.
El silencio entre ellos ya no era violento. Era una tregua silenciosa. Any no volvió a hablar. Solo se fue, volvió a la sala. Volvió a su lugar junto a otro hombre. Uno que no la había amado. Pero que nunca la había hecho llorar. Kiyoka la vió alejarse. No con rabia. Ni con celos. Sino con algo nuevo, Humildad. Porque por fin entendía que el amor no se trata de ser elegido. Se trata de ser digno de elección. Y él… recién estaba empezando a intentarlo.
La luz de la tarde entraba rasgada por la cortina blanca del ala médica. Todo olía a paños tibios, a calma, a hojas secas de té. Una quietud suave envolvía el cuarto, apenas rota por el sonido del lápiz de Any moviéndose sobre el papel. Estaba sentada junto a la camilla, escribiendo. No un informe. No una carta. Solo… pensamientos sueltos. Pedazos de ella misma que necesitaban volver a su sitio.
Sagara dormía con la cabeza ligeramente ladeada, el rostro menos pálido que el día anterior. Tenía las mejillas apenas sonrosadas. Una expresión que no era de dolor. Ni de sueño. Solo… de paz.
Cuando abrió los ojos, lo hizo con lentitud. Sin sorpresa.
SAGARA: (Susurrando) Estás aquí…
ANASTASIA: (Sonrió, cerrando su cuaderno) No me he movido mucho. Los doctores están empezando a sospechar que me mudé oficialmente.
Sagara rió apenas. Su voz aún era baja, pero su tono había recuperado cierta alegría.
SAGARA: (Sonriendo) Supongo que me haces ver más importante de lo que soy.
ANASTASIA: (Ella negó con la cabeza) Lo eres. Para tu escuadrón. Para este cuartel. Y… para mí.
No era una declaración. Era una verdad. Sagara bajó la mirada, con humildad.
SAGARA: (Murmuró) Gracias… Por no desaparecer. Incluso cuando sabías que no te debía pedir nada.
ANASTASIA: (Sonriendo) No me debes nada. Solo acepté tu compañía cuando la ofreciste.
SAGARA: Y lo volvería a hacer.
Silencio. Pero esta vez… era distinto, Any lo miró con ternura.
ANASTASIA: ¿Quieres algo de té? El tuyo está tibio.
SAGARA: Sí… pero antes… necesito decirte algo.
Ella se detuvo. Sagara la miró con una calma profunda, sin carga.Como quien no pretende abrir heridas, sino solo ofrecer claridad.
SAGARA: Te vi… Cuando hablaste con Kudou en la entrada. No escuché… pero ví desde esta pequeña ventana la entrada del frontis, ví cómo lo mirabas. Y cómo luego volviste aquí, conmigo, con los hombros aún tensos.
ANASTASIA: (Seria) ¿Y?
SAGARA: Y creo que estás esperando a que a él le deje de doler para hablarle. Pero Any… eso no va a pasar. No va a dejar de doler. Lo que él te haya hecho, lo que tú sentiste, lo que no pudiste decir.
ANASTASIA: (Ella respiró profundo)…
SAGARA: (Con esa voz baja, cálida, sin juicio) Solo te pido una cosa, no calles lo que necesitas decir por miedo a abrir una grieta nueva.
ANASTASIA: No sé qué necesito decirle.
SAGARA: Sí lo sabes. Solo no quieres ser la primera en hablar. Pero Any… ¿y si no se trata de él? ¿Y si se trata de ti, de tu paz?
ANASTASIA: (Sonido de sorpresa, corte en la respiración)
SAGARA: No tienes que volver con él. Ni perdonarlo todavía. Pero mereces quedarte vacía de palabras no dichas.
Los ojos de Any brillaron. No por llanto. Por una verdad que le dolía porque era justa. Sagara extendió una mano. Ella la tomó.
SAGARA: Hablar con él no es volver a sufrir. Es dejar de cargar el dolor sola.
Esa noche, cuando dejó su cuaderno en la mesa de la enfermería y caminó por el pasillo, el corazón le latía como un tambor contenido. No sabía si iba a encontrarlo.No sabía si él querría escucharla. Pero por primera vez desde aquella noche cruel… no lo hacía por él. Lo hacía por ella. Y eso… era el comienzo de algo nuevo.


Comentarios